• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Semtei

Fin del maratón

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Una larga carrera hacia el abismo. 5.110 días. 14 años. Qué largo tiempo. Qué agonía. Qué atraso. Somos testigos presenciales de un gobierno que pasará al olvido. Será recordado, en todo caso, como una muestra indigna. Las cosas que se dijeron. Las cosas que se hicieron. Pasan por mi mente fugaces frases y afirmaciones que nunca serán citadas por nadie, o quizás por cómicos ambulantes, a menos que se reedite, con nuevos capítulos, la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges.

La moneda comunal. Se imaginan. Regresar 3.000 años en la historia. Las primeras monedas metálicas, dice el viejo Herodoto, un historiador griego, aparecieron en el siglo VIII antes de Cristo. Y el señor Chávez empeñado en retrotraernos a un estadio previo. Al trueque. Quiso convertirnos en un pueblo campurucho y obediente. En una manada de seguidores. Se erigía a sí mismo como un guía, y no pasó nunca de encarnar una mezcla de pastor brasileño, tipo “Pare de sufrir”, el mismísimo Edir Macedo, jefe de tan útil y provechosa congregación, y de charlatán al mejor estilo cantinflérico.

En sus primeros años eran divertidas sus ocurrencias, que imaginábamos como esguinces pasajeros de un nuevo estilo de gobierno, pues, no señor, estábamos equivocados. Sus actuaciones, bailes, cantos, zapateaos, chistes y chismes eran exactamente reflejo de su alma. En tales oficios solía brillar hasta que la gente se cansó.

Ahora aparece lastimosamente en afiches donde trata de ocultar su enfermedad física y su mitomanía. Lo fotografían montando motos, tocando guitarra eléctrica, corriendo en patineta. A veces siento lástima. Una pena ajena me invade. Un arrepentimiento. Yo estuve allí. Nunca fui su amigo. Ni tampoco de Mario “Talco Menen” Silva. Ni de Diosdado. Ni de Ameliach. Al igual que millones de venezolanos, tuve la esperanza de un futuro mejor. Qué desengaño. Su entrega a Fidel Castro. Una adoración enfermiza costosa para Venezuela. Miles y miles de millones de dólares. Le entregó los puertos, que se han convertido, por cierto, en pistas de despegue para drogas y contrabando. Le entregó los aeropuertos que, igual, siguen el mismo patrón. Las notarías y registros públicos. Los organismos de seguridad. El programa de viviendas. Los programas de salud. Nunca, pero nunca, pudieron Fidel Castro ni el Che Guevara, en los años más difíciles de la guerrilla latinoamericana del siglo pasado, imponer sus criterios. El PCV y el MIR siempre fueron movimientos autónomos, libres del autoritarismo de los Castro. Ahora asistimos asombrados a un concierto donde nuestro Presidente aplaude, como un adolescente imberbe, cualquier frase del cubano.

Fue un largo maratón. Falta poco. El remate final. El 7 de octubre comienza otra carrera. Hacia el futuro. Hacia el progreso. El triunfo de Capriles es la victoria de todos. Fin de la exclusión. Fin del sectarismo. Fin de la persecución. Las interminables cadenas. La morrocoya. La abuelita. La venta de empanadas. Dios, qué cansados estamos todos los venezolanos. Cierre de emisoras de radio. De canales de televisión. Amenazas. Condenas. Vulgaridades. Un triunfo de mierda. Yanquis pal’ carajo. Desgraciado. Majunche. Vaya ejemplo. Vaya imagen. Sus invitadas de honor. Su séquito. Sus anteriores allegadas en ministerios, embajadas y magistraturas. Un silencio cómplice de los ministros. Esos que fueron mis amigos y se destacaron como irreverentes, iconoclastas, terminaron engordando las filas de los pillos. Tuvo la habilidad de pervertir. De deformar. De contaminar. Polvo eres y en polvo te convertirás, más polvo envenenado. No resurgirás jamás. Ni que se congele el infierno adonde seguramente regresarás.