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Miguel Ángel Cardozo

De Filippo más que de Gabo

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Escribo este artículo a un día de la partida de Filippo y a dos de la de Mayra Alejandra, Cheo y Gabo, y no lo hago desde la tristeza o la añoranza, sino desde el grato recuerdo de mis no muy lejanos 11 años; edad de grandes descubrimientos e impresiones indelebles.

A mis 11 años ingresé al Mas Luz para cursar precoz el primer año del bachillerato y a esa misma edad leí por vez primera Cien años de soledad, obra que desplegó ante los ojos de mi ávida imaginación impúber, un universo de arte, de ciencia y de magia que, sin ser tales, influyeron enormemente en mis vocaciones.

A mis 11 años también pronuncié por primera vez –al modo en que me enseñó un entrañable amigo– aquellas palabras que millones antes y después de mí recitaron como una urgente pero alegre plegaria al dios interior de las humanas necesidades: “Filippo, dame uno con todo”.

Sí, Filippo Saglimbeni no es para mí una efímera anécdota en las redes sociales, sino uno de los tantos referentes que coadyuvaron a forjar mi carácter en una Venezuela “pequeña”; la Venezuela en la que los caminos de todos se cruzaban para bien individual y común.

Un venezolano importado; ese era Filippo. Un venezolano, más que muchos nacidos y criados aquí. Un venezolano que no sabía de colores sino de solidaridad. Un venezolano que no se jactaba de indefinidas obras sino que enseñaba a través de su ejemplo; ejemplo de esfuerzo y constancia; ejemplo de la Venezuela del trabajo honesto por y para los hijos; la Venezuela en la que Mayra Alejandra pudo ser una estrella amada por todos y en la que Cheo y Gabo pudieron crear lazos de hermandad eterna.

¿La Venezuela perdida? No lo creo, porque contra todo pronóstico esa Venezuela resurge ahora más cristalina de la mano de millones de jóvenes; jóvenes –no todos en edad, por cierto– que después de tantas generaciones finalmente estamos dando a luz –aunque con grandes dolores– a una patria en la que no predominarán la mendicidad, la mediocridad, la adulación y la “viveza criolla”, sino el trabajo, el espíritu de excelencia, el mérito y la honradez.

Esa es la Venezuela en la que seguramente creía Filippo y es la Venezuela en la que un Jacinto Convit, un Simón Díaz, una Blanca Rosa Mármol de León, una Milagros Socorro, un César Miguel Rondón, una Maite Delgado o un Omar Vizquel –por mencionar solo a algunos destacados compatriotas, buenos patriotas–, no serán una minoría sino el común denominador de una sociedad felizmente insatisfecha con sus muchos logros, en la que resplandecerán las Mayra Alejandra y en la que serán bien acogidos los Cheo y los Gabo.

Esa es la Venezuela a la paradójicamente representa Filippo –un venezolano importado, buen patriota–; una Venezuela que intentó ser en el pasado pero que ahora sí tiene la oportunidad de brillar plena para admiración de los demás pueblos de la Tierra.

Es por ello que hoy, recordando mis 11 años a un día de la partida de Filippo y a dos de la de Mayra Alejandra, Cheo y Gabo, rescato de este último su maravillosa obra, pero sobre todo rescato de Filippo el ejemplo de una mejor Venezuela; de la “pequeña” gran Venezuela.