• Caracas (Venezuela)

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Sergio Dahbar

Figueroa lleva 15 años en el poder

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En el año 2000 yo vivía en un edificio caraqueño que tenía un portero particular. Figueroa era su nombre. Todo un tipo. Uno de esos hombres que controlan el espacio que habitan todos los días. Se convierten en parte del paisaje. Y cómo.

Figueroa había querido ser militar, pero la mala conducta jugó en su contra y lo despidieron temprano. Por eso derivó hacia un cuerpo policial, sin demasiada suerte, y terminó en un edificio, como el nuestro, de portero.

De su breve pasantía por la fuerza militar le quedó la costumbre de usar franelas blancas, pulir la hebilla dorada de la correa y sacarles brillo a unos zapatos negros y acharolados. Era un hombre de mediana estatura, de tez aceituna, delgado.

En el edificio era imposible no reparar en su presencia. Como todo vivo criollo, era rápido con las respuestas más ocurrentes. Estaba pendiente de todos los detalles del edificio, y reportaba en un cuaderno aquellas novedades que consideraba pertinentes. En apariencia, era el alma del edificio en el que todos confiaban su seguridad.

Claro, era un hombre que tenía sus mañas. Por ejemplo, un día uno de los propietarios del edificio advirtió que Figueroa le había alquilado un puesto del estacionamiento a un vecino de otro edificio, que se había ganado un automóvil en un concurso millonario y no tenía dónde resguardarlo en las noches. Por este curioso favor, Figueroa obtenía una remuneración que lo ayudaba a redondear sus ingresos solidarios.

De noche, algunas visitas habían referido la presencia de mujeres dentro de la garita de seguridad. Algún vecino, de esos que pasea sus perros en las noches, aseguraba que esas mujeres pasaban la noche con Figueroa, protegidos ambos por los vidrios oscuros.

Nadie había confirmado estas versiones. Y en verdad la gente tenía que trabajar todos los días de sol a sol como para detenerse a verificar las habladurías recurrentes sobre las noches locas de Figueroa en la garita.

Otros aspectos de la personalidad de Figueroa preocupaban más a los vecinos. Él se encargaba de cancelar los servicios de la empresa que mantenía los ascensores en funcionamiento. Cierto día, un empleado de esta empresa reclamó que una deuda del pasado no había sido abonada a tiempo. Presentó las pruebas de su reclamo.

Se rastreó el cheque con el que el condominio canceló el servicio y se descubrió que fue cobrado en una sucursal de un banco cercano. Después de varios días de pesquisas y mucha angustia, la junta de condominio ratificó que quien había cobrado el cheque era Figueroa, con la ayuda de un empleado del banco.

Ya era hora de que se produjera una reunión excepcional del condominio del edificio para repasar las características peculiares que convertían a Figueroa en el problema más agudo de la convivencia. La comprobación del cobro del cheque era un asunto grave.

Lo curioso es que nadie tenía dudas de que Figueroa era un psicópata de cuidado. Pero ningún propietario quería verse involucrado en la denuncia que se debía asentar en la comisaría más cercana, para reclamar lo que era un vulgar robo.

La gente había comenzado a tener miedo. Desconfiaba de su sombra, de las amenazas de invasiones y expropiaciones, de las resoluciones que amenazaban con cambiar la educación de los niños, de los proyectos extravagantes para mejorar la economía del país, como los gallineros verticales y los huertos hidropónicos.

Cierto día corrió la noticia de boca en boca de que habían encontrado a Figueroa en el sótano revisando la basura. Para ciertos vecinos era una prueba contundente de que teníamos un espía en el edificio, quien husmeaba la basura tras la pista de documentos que incriminaran a los propietarios del edificio en una actividad antichavista.

Como se podrá entender, la figura de Figueroa crecía en el imaginario de los vecinos del edificio como si se hubieran trasladado a una trama policial de las que ocurrían detrás del Muro de Berlín en los años del comunismo.

En mi caso personal, escribí una crónica sobre aquellos años, que me sirvió de catarsis para conjurar al demonio que distraía la paz de mi vida cotidiana. Figueroa alargó por algún tiempo la malandrería que ejercía en nuestro edificio, amparado en el terror que se desparramaba en Venezuela como el agua de una bañera desbordada. Hasta que un día recibió una oferta de trabajo ideal: ser el portero de un nuevo rico.

Lo que sentí en aquel momento, y lo que siento ahora, quince años después, es que Figueroa no fue un accidente en el edificio donde yo vivía. Figueroa era un síntoma. Es más, Figueroa nos gobierna desde 1999. Del pasado militar, queda la franela blanca, la hebilla pulida y los zapatos impecables. De la psicopatía, cada quien puede tener una historia por contar.