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Gisela Kozak

Fieles a nosotros mismos

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Esclavizados por nuestra corta memoria, por el olvido de todo lo que nos ha hecho gente, estamos condenados a convertirnos en sobrevivientes sin que nuestros logros colectivos nos provean del anclaje necesario para transformar una realidad mezquina y acuciante hundida en la mentira como ejercicio cotidiano. Es preciso ser fieles a nosotros mismos, a nuestros valores, norte y principios, y nada mejor que el arte para devolvernos la dimensión creadora y liberadora que subyace en todo individuo que asume la verdad como el principio mismo de la emancipación frente a todos los yugos.

Dos obras de teatro actualmente en cartelera nos recuerdan el valor ético y político del individuo frente al adocenamiento de la conveniencia y de bajar la cabeza ante el poder: El enemigo del pueblo, montaje del Grupo Teatral Skena dirigido por Armando Álvarez, y Fresa y chocolate, montaje del Grupo Actoral 80 dirigido por Héctor Manrique.

El enemigo del pueblo es una obra del dramaturgo noruego Henrik Ibsen (autor también de la muy conocida Casa de muñecas), versionada en esta oportunidad por Ugo Ulive y protagonizada por Jorge Palacios, estelar en su actuación como el Señor Gobernador, y por Basilio Álvarez, un Doctor Tomás Stockman conmovedor y desgarrador en grado sumo. Destaca también el trabajo de Juan Carlos Ogando, Israel Moreno, Beatriz Mayz, Alejandro Díaz, Gerardo Ramírez, Luis Ernesto Rodríguez, Patrizia Aymerich, Valentina Ortiz, Daniel Colmenares e integrantes del taller de adultos del Grupo Teatral Skena.

Stockman, director del sanatorio de aguas curativas, fuente principal de la prosperidad local, hace público un estudio que muestra, sin lugar a dudas, que esas aguas están contaminadas debido a desechos de carácter industrial, y que seguir con el balneario abierto pone en peligro a los posibles pacientes. El señor gobernador, hermano del médico Stockman por demás, le exige que se retracte dadas las pérdidas económicas y, por consiguiente, de popularidad política que su gobierno tendría que enfrentar; lo acompañan el periódico de la localidad en esta exigencia y, desde luego, la mayoría de los habitantes. Stockman paga con desprecios, pérdida del trabajo y agresiones a su familia su voluntad expresa de decir la verdad frente a lo resortes del poder económico y político y frente a una mayoría popular dispuesta a todo con tal de satisfacer sus intereses inmediatos. La verdad de la ciencia se opone, pues, al sentido común y a las necesidades del pueblo: la mayoría no tiene la razón, simplemente no la tiene aunque se imponga por el voto.

Cualquier verdadero demócrata interesado en vivir en una república y no en una tiranía sabe que un gobierno se mide por su trato a las minorías. Al igual que el doctor Stockman, Diego –interpretado cabalmente por Juan Vicente Pérez y protagonista de Fresa y chocolate, adaptación del relato “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, del narrador cubano Senel Paz–, es un enemigo del pueblo por ser homosexual, demócrata y católico en el contexto de la revolución cubana. El otro protagonista, David, joven universitario militante de la juventud comunista actuado magistralmente por Daniel Rodríguez, decide espiar a Diego por encargo de un camarada del partido y comienza a frecuentar su casa. La amistad entre los dos hombres supera la desconfianza, la trampa y las mentiras y se convierte en intercambio franco y fluido basado en el arte, la música y la literatura y la libertad. Aunque el sistema obliga a Diego a irse de Cuba, David sabe muy bien que semejante crueldad no abona el terreno de una verdadera transformación de la sociedad.

También en Fresa y chocolate la dignidad humana, la dignidad de cada individuo, se sobrepone frente al estado convertido en religión. En Stockman y Diego, enemigos del pueblo, se materializan las aspiraciones, sueños, miedos y pesadillas de los hombres y mujeres como tantos de nosotros pertenecientes a una o varias minorías. Skena y el Grupo Actoral 80 siguen trabajando contra viento y marea por un sentido trascendente del teatro como lugar de encuentro con nosotros mismos y nuestros dilemas en la vida colectiva, más allá de todos los inconvenientes que enfrenta la actividad cultural independiente.  La importancia de su actividad destaca más allá de su limitada incidencia en un momento en que las políticas culturales, educativas y comunicacionales del Estado dejan poco espacio para la voz de las minorías, de los millones que somos minoría, en lugar de responder a la diversidad real de la ciudadanía. No dejen de verlas, busquemos en el cine, el teatro y la literatura armas para ser fieles a nosotros mismos.

@giselakozak