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Valentín Arenas Amigó

El Fidel que yo conocí

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Durante diez años compartimos el mismo salón de estudio con Fidel Castro. Primero durante el bachillerato en el Colegio San Ignacio de La Habana (Colegio de Belén) y después en la universidad, Escuela de Derecho. Conservamos fotos. Pensamos que puede ser interesante para los lectores de esta página el revelar esta anécdota inédita del jefe del Estado cubano del que tanto se copió Hugo.

Pero antes nos parece importante aclarar que no pertenecemos a los cubanos exiliados en Miami. En el año 1961 mi familia fue recibida con los brazos y el corazón abiertos en Venezuela, y pronto nos sentimos identificados con ella. El exilio en Venezuela nos dió una perspectiva diferente del problema cubano. Nuestra formación cristiana, que también recibió, por cierto, Fidel de los padres jesuitas, nos proveía de unos lentes muy potentes para analizar objetivamente la tragedia, aún sin terminar, de la sociedad hermana. Con esto queremos decir que no somos antifidelistas histéricos, como tampoco somos, no podemos serlo y ser honestos, un defensor de la llamada Revolución cubana porque ni fue una revolución constructiva, ni fue de inspiración cubana. Fue un engaño colosal ejecutado con mucho odio.

Pretendemos dar a conocer aspectos ignorados de Castro. Eso es todo.

Estamos en el año 1948, en tercer año de Derecho, clase de Legislación Obrera. Todos los alumnos salíamos del salón a conversar mientras llegaba el nuevo profesor. Fidel se quedó en el salón leyendo un libro. Estaba como “transportado” a otro mundo. Me le acerco y veo que está leyendo Mi lucha de Adolfo Hitler. Sorprendido le pregunto, pues además de compañeros éramos buenos amigos, qué hacía leyéndose ese libro. Me parecía tan despreciable el libro como el autor. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando me contestó: “¿Por qué no voy a leerme este libro? Tengo mucho que aprender de él. Me gusta. Este fue uno de los hombres más grandes de la historia”. Nunca pude entender por qué admiraba al fundador del nacionalsocialismo alemán. En ese momento no le di mayor importancia. Cosas de Fidel, dije, quien siempre buscaba llamar la atención de alguna manera. Después, en el juicio en el que se defendía del asalto al Cuartel Moncada, repitió las mismas palabras de Hitler: “La historia me absolverá.

Fue después, cuando la revolución impuso un régimen basado en el culto a la personalidad y en la fuerza, cuando entendí su entusiasmo con Mi lucha. Fidel se identificaba con el dictador alemán porque tenía mucho en común con él: rasgos paranoicos que generan un egocentrismo patológico destructivo. Un psiquiatra de mucho prestigio profesional nos confirmó este diagnóstico.

Ambos practicaron por igual el culto a la personalidad y al poder político por encima de todo otro valor ético o social. El poder por el poder mismo. La hegemonía más absoluta sobre todas las personas y sobre todas las cosas al precio que el pueblo tuviera que pagar. Es sencillamente algo patológico. Fidel, como Hitler, no sabe distinguir entre el bien o el mal, sino entre lo que le da más poder y aquello que se lo puede disminuir. Y si el pueblo sufre por eso, su paranoia no le permite cambiar. Para eso sirve el pueblo.

Por eso la definición más exacta de Fidel es la siguiente: “Es un paranoico que en sus momentos de lucidez, que son pocos, es comunista”. Es difícil una definición más precisa.

Cualquier semejanza con el teniente es pura casualidad.

 

*Profesor de Instituciones Políticas de la UCAB