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Adolfo Taylhardat

Fidel Castro

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En estos días se ha escrito mucho sobre Fidel Castro con motivo de su fallecimiento. Se han publicado numerosos artículos, entrevistas y reportajes relacionados con el personaje. La mayoría evocando los terribles crímenes que cometió u ordeno para imponer su revolución. También sobre la naturaleza del régimen que impuso al sufrido pueblo cubano. Otros escritos buscan descifrar lo que sucederá en Cuba luego de la muerte del tirano dictador.

Yo me voy a limitar a relatar una de las experiencias personales que tuve durante mi gestión como Embajador en Cuba. Se trata de un testimonio que a la vez muestra rasgos de la personalidad de Fidel y revela mi conducta como Embajador frente a esa dictadura.

A raíz del caso de una pareja de cubanos que penetró en la Embajada en La Habana, supuestamente para solicitar asilo, fui convocado para tener una reunión el entonces Canciller Raúl Roa.

Acudí a la cita en la sede de la Cancillería cubana. Cuando se abrió la puerta del despacho de Roa recibí la gran sorpresa. Tenía frente a mí a Fidel Castro en persona. Inmediatamente me repuse de la sorpresa y actué con la mayor naturalidad. Hablé con serenidad, pausadamente y pensando y midiendo todas mis palabras. Me adelanté y le extendí la mano para saludarlo,

“Comandante, es para mí un elevado honor saludarlo. La verdad es que no me esperaba encontrarlo aquí”.

“Cómo está Embajador, mucho gusto en saludarlo”, respondió.

“No puedo negarle, le dije, que esta es una verdadera sorpresa. Lo menos que yo podía imaginarme era que iba a tener el honor de verlo a usted esta tarde”.

Castro comenzó a hablar en un tono claramente incriminatorio, aunque no agresivo:

“Embajador, este asunto de los elementos que se asilaron en su Embajada es sumamente molesto y como usted comprenderá tiene caracteres muy peligrosos. Yo no me explico cómo es posible que una Embajada conceda asilo a cualquier persona que se le presente. Estos elementos no son ningunos perseguidos políticos. El hombre es simplemente un delincuente común, prófugo de la justicia cubana. La mujer en cambio no es nadie. Es una simple empleada de una dependencia gubernamental cubana que no ha tenido ninguna actuación política. Ese hombre, además, tiene un hermano que es miembro militante del Partido Comunista cubano”.

“Toda esta cuestión envuelve un serio peligro”, agregó Castro. “Eso de que una Embajada otorgue asilo en forma indiscriminada a cualquier persona que se le presente constituye un peligro. Un peligro para mí personalmente, un peligro para cualquiera de los dirigentes de la revolución cubana. Usted seguramente está al corriente de los numerosos atentados que ha cometido la CIA contra mí”.

 Yo asentí con una inclinación de cabeza.

“¿Quiere decir entonces que el día de mañana, una persona, un elemento que se preste a los americanos, a la CIA, que cometa un atentado contra mí, o contra un dirigente de la revolución, o que me mate a mi o a alguno de esos dirigente, podrá llegar a su Embajada y obtener su protección?”

Aproveche la pausa de Castro y le dije:

“Comandante, para Venezuela el asilo es una institución sagrada. Mi país no solamente ha defendido, sino también ha reconocido el asilo aún frente a países que no lo admiten. Nosotros tuvimos en Portugal uno de los casos de asilo más largos de la historia en ese país que no reconoce el asilo. Fue sólo la actitud firme de Venezuela que permitió que unos perseguidos políticos portugueses salvaran sus vidas y lograran salir de ese país en la época de la dictadura de Salazar” –Mi referencia a Portugal, país con el cual Cuba estaba “de luna de miel” en ese momento, luego del derrocamiento de la dictadura de Salazar, al punto de que el General Otelo Saravia había estado en Cuba recientemente participando en el acto central de la celebración del 26 de julio, sin duda impresionó a Castro– Venezuela ha respetado el asilo en todo momento. En los últimos años, en esta época en que en Venezuela existe un régimen democrático (esto ocurrió durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez), que respeta plenamente las libertades y los derechos de los ciudadanos, se han producido casos de asilo totalmente injustificados, pero el gobierno, respetuoso de la institución del asilo, ha acordado el salvoconducto oportunamente y persona que no eran perseguidos políticos, salieron del país”. “Es más, como usted seguramente sabe, los dirigentes políticos venezolanos que gobiernan hoy día mi país, han sido, ellos mismos, asilados en una u otra oportunidad. Gracias al asilo lograron salvar sus vidas y gracias a la institución del asilo se encuentran gobernando a Venezuela hoy día. De allí, Comandante, que nosotros consideremos el asilo como una institución sagrada y que mi gobierno la mantenga y la defienda en cualquier circunstancia”

Lo que acababa de decir causó un impacto inmediato en Castro. También lo que le dije acerca del asilo de los actuales dirigentes políticos, ha debido impactarlo. Su voz cambió de tono y su rostro pareció menos duro y severo.

“Aun así Embajador, usted no puede estar recibiendo en su Embajada a cualquier persona que llegue”.

 Después de todo lo que le había respondido a Castro yo no podía permitir que siguiera insistiendo en esa frase que daba la impresión de que tratara de personalizar el problema del asilo. Parecía como si él estuviera insinuando que había sido yo quien había tomado la decisión de acordar el asilo, Lo interrumpí y le dije:

 “Comandante, no he sido yo quien concedió el asilo. El gobierno de Venezuela me dio instrucciones de que acordara el asilo provisional y que obtuviera las informaciones que el gobierno de Cuba considerara conveniente proporcionar a fin de adoptar la decisión definitiva sobre el caso”.

Castro agregó, de nuevo en tono incriminatorio:

“Es absurdo que se pretenda acusar al gobierno cubano de haber sacado a esos individuos de la Embajada de Venezuela. Es una afirmación calumniosa y hasta infantil. El gobierno cubano en ningún caso y bajo ningún respecto cometería la torpeza de ir a sacar unos asilados de una Embajada.”

“Comandante, yo no pongo en duda la seriedad del gobierno de Cuba. Lo que sí le puedo asegurar es que mi actuación y la conducta de mi Embajada se enmarcan estrictamente dentro de la tradicional política venezolana en materia de asilo”.

Esta última intervención contribuyó a relajar la tensión que había prevalecido durante toda la conversación.

Durante todo ese tiempo el ambiente había estado tenso. Cada uno medía muy bien cada palabra. Cada uno escuchaba con mucha atención lo que el otro decía y analizaba, a medida que el interlocutor hablaba, el alcance, el sentido y el peso de cada palabra. Fidel Castro me veía fijamente todo el tiempo con una mirada escrutadora. Sus ojos negros, penetrantes, analizaban cada gesto mío y cada movimiento de los músculos de mi cara. Yo también lo miraba con igual fijeza y observaba cada movimiento suyo. Entre la barba y lo bigotes sobresalían sus gruesos labios. Por momentos se llevaba el dedo índice a la punta de la nariz y la recorría con la punta del dedo hasta el entrecejo mientras escuchaba mis palabras. Sus gestos y modales eran suaves y educados. Su voz, con un agradable acento de cubano culto mantenía un volumen normal para el ambiente en que se desarrollaba la conversación. A veces casi no se escuchaba lo que decía. Más bien parecía como si se esforzaba en darle a la voz un tono amable, cordial, conciliador, aunque seco en el fondo. Definitivamente, el cubano que tenía delante de mí no era el Fidel del comienzo de la revolución, aquel desaforado, violento, hasta soez en sus apariciones públicas.

“A mí me preocupa mucho toda esta situación, dijo Castro, porque puede ocasionarle problemas a Carlos Andrés. Yo sé que la prensa se aprovecha de esta clase de incidentes para crear problemas a los gobiernos. Carlos Andrés tiene problemas muy serios en sus manos en estos momentos y la prensa puede especular esta cuestión para crear dificultades. Efectivamente, según nos ha informado el Embajador cubano en Venezuela los periódicos de Caracas han hecho un escándalo con el asunto de los asilados”.

 “Efectivamente, Comandante. Como usted sabe en Venezuela existe libertad de prensas muy amplia. Además ocurre que hay una colonia muy grande de exilados cubanos. Muchos de los cubanos llegados a Venezuela están precisamente vinculados al sector de la publicidad, la prensa y en general de los medios de comunicación social. Por supuesto que ellos aprovechan cualquier oportunidad que se les presenta para hacer patentes sus sentimientos contrarios a la revolución cubana y su desacuerdo con el restablecimiento de las relaciones entre nuestros dos países”.

 

Castro se echó para atrás en el sillón que ocupaba, lanzó una bocanada de humo de su habano y preguntó, ahora en un tono más cordial y distendido. La conversación cambió de tema.

“¿Y cómo le ha ido en Cuba, Embajador? ¿Cómo se siente entre nosotros?”.

“Muy bien, Comandante, hay que hacer mucho para restablecer la cooperación luego de tantos años de interrupción en las relaciones” (Yo era el primer Embajador venezolano a raíz del restablecimiento de las relaciones).

La conversación con Castro duró cerca de dos horas. Después de concluido el tema de los asilados Castro habló sobre varios temas y mostró un conocimiento bastante amplio de la economía y la política venezolanas. Comentó acerca de una visita que le habían hecho unos empresarios venezolanos, de lo bien impresionado que había quedado de la solidez de la preparación técnica que tenían, del conocimiento de los problemas venezolanos y de las posibilidades de realizar operaciones de colaboración financiera y técnica con Cuba. En ese tiempo, más que una conversación fue un monólogo porque Castro no cesaba de hablar y yo me limitaba a responder sus preguntas. Debo reconocer que después de superado el tema de los asilados, el encuentro fue cordial y ameno.