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Ramón Hernández

Ficciones reales

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Hasta el martes creí que la ficción sólo era posible en la literatura, y en cualquiera de sus soportes o manifestaciones: cuentos, novelas, teatro y todos los demás géneros que se puedan imaginar o inventar; que las mentiras de los políticos, los engaños de los patrones, las promesas de los enamorados, los ofrecimientos de los vendedores de automóviles usados y las predicciones de los analistas electorales, por listar algunas, no podían ser incluidas ni siquiera como subgéneros, aun cuando para mentir se requieran elementos de verosimilitud que hagan la falsedad creíble.

Dicen los expertos que la literatura, al contrario del embuste simplón, requiere de cierta estructura lógica, aun cuando se trate de “simplezas” como aquel cuento mínimo del dinosaurio que seguía vivo cuando Augusto Monterroso despertó, mientras que las maquinaciones de los estafadores, por ejemplo, apenas necesitan de alguien que esté dispuesto a creerlas, como la enamorada que acepta los arrepentimientos del amante que la engaña.

Con Telesur y la Radio del Sur todo lo aprendido debe ser desechado. Basta escuchar en una de las catorce emisoras afiliadas a la radio que tiene como lema “Para escuchar los latidos de la patria grande”, para empezar a dudar de que el hombre haya llegado a la Luna, que existan los microbios, que funcionen las leyes de la herencia, que alguien haya inventado el papel tualé y que en 1492 un alucinado almirante descubriera, o se tropezara, con un nuevo continente que después se llamó América. En el mundo que analizan sus perifoneadores, que no se esfuerzan en disimular su deje, “ese acento peculiar del habla de una región determinada”, que obviamente es habanero o santiagueño, todo anda mal, salvo en la isla de Cuba, que sí sabe hacer comicios perfectos.

El martes 6 de noviembre se efectuaron las elecciones en Estados Unidos, pero la enviada especial en California de La Radio del Sur se ocupó más de enumerar las iniquidades del sistema capitalista y sus presuntas atrocidades que el desarrollo de las votaciones y las expectativas de los votantes, que sería la función de un periodista no ficcional. Dijo sí, y varias veces, que todo era una gran farsa de la oligarquía gringa y que no valía la pena prestarle atención. Sin embargo, habló más de una hora sobre las deficiencias del sistema electoral, de cuán engañados están los que votan y cómo “más de 90 millones de personas ya han abierto los ojos y prefieren abstenerse”. Mediante la ficción, y siguiendo los consejos del fallecido Ryszard Kapuscinski, intentó construir una realidad a su justa medida, pero a la inversa de la que estaba a la vista de todo el mundo. Tan tonto como negar la luz del sol porque en la cueva oscura en la que vive no puede imaginar la claridad, por falta de imaginación o porque se lo prohíben. La debieron contratar para que reporteara las elecciones que hubo en Cuba a finales de octubre, donde nadie sabía por quién votaba y se conocían los ganadores antes de contar los sufragios. Sin duda el periodismo de ficción habría dado un salto cósmico. Vendo polvo sideral y onda hertziana, sin regateos.