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Francisco Javier Pérez

El otro Fermín Toro

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Los contemporáneos del famoso político, diplomático, escritor, pensador y hombre público de la Venezuela del siglo diecinueve, el “último venezolano” para Juan Vicente González, coinciden en ofrecerlo como inteligencia curiosa hacia temas científicos. Entre ellos, el doctor José María Vargas, con quien Toro sostuviera una correspondencia muy fructífera sobre botánica, al final de su vida, cuando retirado de la actividad política se dedica a herborizar y clasificar especies vegetales en los valles de Aragua y, además, a confeccionar vocabularios y listas de palabras sobre lenguas indígenas venezolanas. Lo califica, en carta del 2 de agosto de 1848, de maestro con dotes especiales para la ciencia: “¿Cómo dar yo lección a Ud. Que está en el entusiasmado estudio de la ciencia, y con aptitud tan grande para la ciencia? Mi vista decadente y el mucho tiempo que hace, de haberme retirado del estudio práctico de las flores, me colocan apenas en el rango de un discípulo”.

En 1875, José María Rojas escoge, para introducir la antología de textos de Toro que ingresarían a su canónica Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos, una biografía escrita por Federico Núñez de Aguiar que, como el propio Rojas, entiende lo que en Toro puede catalogarse de profunda filología, conocimiento de la gramática española y conocimiento de idiomas clásicos y modernos: “Filólogo profundo, era maestro en el propio idioma y poseía además con perfección el francés, el inglés, el italiano y el latín, conociendo el griego lo bastante para leer y comprender bien los clásicos”.

Son conocidas sus preocupaciones preceptistas en cuanto al dominio de la gramática española en la escritura literaria y a los refinamientos estilísticos que destacaba en sus apreciaciones críticas. Notables y significativas las relativas, por partida doble, a la presencia de galicismos en el Resumen de la Historia de Venezuela de Rafael María Baralt, autor del famosísimo Diccionario de galicismos (1855), el primero compuesto en su género en torno a la lengua española. Con este espíritu escribe un texto crítico sobre “El Resumen de la Historia de Venezuela, de Rafael María Baralt” (1842)  en donde no desestima la oportunidad para destacar algunos usos galicados inaceptables en el escritor marabino.

Como confirmación de la vocación lingüística de Fermín Toro, la historia de la lingüística venezolana, por intervención principal de Adolfo Ernst, J. A. Freyre Mayobre,  Lisandro Alvarado y Pedro Manuel Arcaya, ha dejado testimonio de los trabajos, fundamentalmente lexicográficos, sobre lenguas indígenas venezolanas. Toro elaboró un célebre texto, conocido por su título apócrifo Vocabulario de la lengua guajira y por su historia bibliográfica singular (corrió inédito entre los sabios y luego desapareció sin dejar rastro, siendo Luis Ramón Oramas su último custodio, alrededor de 1912), estudio modelo seguido, citado e invocado por todos los estudiosos decimonónicos de esta lengua. Una versión hipotética y reconstructiva de este texto fue propuesta por Francisco Javier Pérez en Incursiones de lingüística zuliana (Universidad Católica Cecilio Acosta, 2000).

Asimismo, listas de palabras sobre lenguas de pueblos indígenas asentados en las riberas de los ríos Orinoco y  Meta. Ernst da fe de que el cuaderno manuscrito de Toro ofrecía materiales léxico-gramaticales de lenguas de las etnias achaguas, amarizamas, pamiguas, churruyes, guahibos, tamas, sebondoyes y almagueros.

Ernst, Alvarado y Arcaya, principalmente, dan pruebas de la existencia de otros vocabularios sobre lenguas indígenas venezolanas compuestos por Fermín Toro. Sin duda el más importante de todos es el correspondiente al achagua, lengua de origen aruaca y una de las más estudiadas en tiempo antiguo por los filólogos jesuitas. Los padres Alonso de Neira y Juan Ribero elaboran en el siglo XVIII un extenso vocabulario en el que pueden apreciarse, además de sus logros como descripción léxica, una serie de refinamientos técnicos en cuanto a la concepción y confección del texto lexicográfico. Aunque Arcaya referencia el texto achagua de Fermín Toro imprimiéndole un carácter de fuente moderna indispensable, le corresponderá a Adolfo Ernst, en su importante estudio para la Zeitscrifth für Ethnologie del año 1891, darlo a la luz junto con los siete restantes de lenguas habladas en la región del Meta y del Alto Orinoco.

La reputación que Toro alcanza en su tiempo como estudioso de lenguas indígenas ha quedado testimoniada por uno de sus contemporáneos. Se trata de J. A. Freyre Mayobre, autor de un vocabulario caribe recogido en el campo, quien le remite al sabio caraqueño su trabajo para que pueda incorporarlo a los suyos. Define a Toro como el único de los estudiosos venezolanos de ese tiempo que privilegia la importancia de los estudios sobre lenguas indígenas. Debemos esta referencia a Julio Febres Cordero que, en 1946, anuncia el descubrimiento de este esclarecedor texto lexicográfico que vino a llenar el vacío que en los estudios sobre el caribe parecía abrirse desde los trabajos coloniales hasta los de finales del siglo XIX.

El texto de Freyre, vemos, nos informa sobre la situación de la lingüística indígena a mediados del siglo representada en la obra de Fermín Toro: “Constándome que el señor Fermín Toro, es quizá el único de nuestros compatriotas que da a los idiomas de las tribus indígenas de la América toda la importancia que merecen, por cuya razón forman parte de sus estudios filológicos, he organizado expresamente para él esta pequeña colección de voces caribes y unos fragmentos de la conjugación de varios verbos, que le presento como un homenaje a su vasto saber, y, como una leve muestra de la alta estima que le profeso”.

Entre los papeles manuscritos de Lisandro Alvarado, no contenidos en sus Obras completas,  figuran una serie de piezas que consignan vocabularios muy ricos sobre lenguas indígenas venezolanas y que recogen un saber léxico sobre éstas desde el tiempo colonial hasta el comienzo del siglo XX.  Cuatro de estas piezas han recurrido a los materiales de Fermín Toro: “Tama” (Vocabulario según F. Toro y Crevaux), “Churruy” (Voc. Según F. Toro-Ernst y Saenz), “Pamigua” (Voc. Según F. Toro-Ernst) y “Sebondoi” (Voc. Según F. Toro-Ernst). Dan fe no sólo de la existencia de los materiales de Toro, sino de la pertinencia de las informaciones suministradas, aún válidas en el pensamiento del riguroso científico que era Alvarado.

Similares respuestas de aprovechamiento de los materiales léxico-gramaticales de Fermín Toro pueden explicar las varias referencias a ellos que nos suministran los estudios de Arcaya sobre lenguas indígenas. Es el caso del vocabulario achagua de Toro que el estudioso falconiano cita tanto en la Historia del Estado Falcón (1919) como en sus estudios sobre las “Lenguas indígenas que se hablaron en el Estado Falcón” (1906), las “Lenguas indígenas que se hablaron en Venezuela” (1918) y en las “Notas sobre el lenguaje de los indios de Coro” (1995).

Los testimonios presentados son una prueba del aprecio que estos escritos inéditos y hoy perdidos de Fermín Toro tuvieron entre los estudiosos. Sin embargo, la pervivencia de los trabajos como tal, sólo conservados como documentos en la memoria de la disciplina, fue borrándose en los estudios posteriores hasta quedar olvidados. Nos hablan de la dedicación lingüística de una de las inteligencias más lúcidas de la Venezuela del siglo XIX y nos permiten establecer una continuidad del indigenismo lingüístico que, se pensaba, había guardado silencio durante buena parte de ese siglo. El estudio de Toro sobre la lengua guajira representa la cima de esta producción lingüística, tan peculiar por determinante e incógnita. Las huellas de este vocabulario, muy sólidas en algunos casos y muy tenues en otros, terminaron esfumándose por la amnesia de la investigación moderna y por el arrogante desinterés contemporáneo hacia el pasado. Hoy le rendimos tributo de reconocimiento y admiración.