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Alberto Soria

Felicidad y soponcio

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Movida está la cosa. El estómago se achica, de susto en susto. El pan con mantequilla y mermelada es ahora lujo. La arepa, que le ganó la apuesta al fast-food, muerde a los nutricionistas para que no la achiquen ni sustituyan por sanduchito de atún y lechuguita. El doctor Dukan que se hizo millonario con una dieta mágica que (por supuesto) no funciona, acaba de ser expulsado del colegio médico francés.

 

I

Por suerte, usted seguramente no es fanático de la “cocina de vanguardia”. Si lo fuera, estaría al borde del soponcio.

Tome nota. El mediático chef británico Heston Blumenthal volvió a intoxicar a sus comensales. Esta vez fue en el lujoso restaurante del Hotel Mandarín en Londres. Las autoridades municipales lo cerraron por una semana. En febrero de 2009 ya habían vivido la experiencia 60 comensales de su The Fat Duck. René Redzepi, el chef cabeza de la tendencia por tres años en Noma, intoxicó a 67 clientes en marzo pasado. La semana pasada, 600 turistas que viajaban en un crucero por el Caribe debieron suspender por intoxicación a bordo su recorrido, y regresar a Nueva Jersey.

Los infectólogos dicen que son cientos los pacientes con trastornos por intoxicación que tratan cada año. La mayoría prefiere pasar el malestar en casa antes que recurrir a una clínica.

Observando el fenómeno, el maestro Jean Huteau comentó: “Parece que hay dos principios que se están olvidando en la cocina moderna: un plato es alimentación. La segunda regla: con los clientes no se ensaya”.

 

II

En tendencias, la comida fuera de casa ha pasado del restaurante tradicional al de lujo. De este, al moderno. La mezcla de los dos estilos llevó a sus dueños a la quiebra, salvo en algunos países árabes y del sudeste asiático. 

La cocina molecular dejó colgados de la brocha a un montón, que se pasaron a un estilo en el cual el número de cocineros es menor que el de comensales. Ahora, en fuga hacia la rentabilidad y clientes, están descubriendo la cocina callejera.

El último grito de la moda son los autobuses, camionetas y furgonetas de comida para peatones. “Al pie de calle”, le llaman. Ya fabrica millonarios en Estados Unidos. Harán una película en Hollywood. Comer “como en Bangkok” asoma como alternativa para emprendedores.

Quien inventó la etiqueta, debería darse una vuelta por aquí. Verían hombres con fusiles protegiendo la felicidad del bocado, del soponcio de un atraco.