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Sergio Ramírez

Felices a la fuerza

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Los fundamentalistas empiezan siempre por buscar cómo imponer sus reglas morales cuando toman el poder. Cada quien tiene sus convicciones políticas o religiosas, sus formas de ver la familia, las relaciones entre vecinos, y puede vivir con ellas en paz para tranquilidad propia y de los demás. El problema empieza cuando esas concepciones se convierten en códigos rígidos que regulan la conducta social e individual, y se aplican a los demás como política de Estado. Códigos de buen comportamiento, de recta conducta, de perfección moral. Y lo peor, códigos de la felicidad. El Estado decreta que todos debemos ser felices, de acuerdo con las fantasías de quienes imponen esas normas.

Cada cabeza es un mundo, dice el viejo adagio, pero si alguien pretende que el mundo que está dentro de su cabeza sea también el mundo de los demás, no se puede concebir una forma peor de totalitarismo, el totalitarismo mental. El viejo marxismo decimonónico enseñaba que la felicidad del género humano era una meta lejana de alcanzar, tras arduas luchas; Stalin decidió que era necesario acelerar ese proceso que llevaba a la dicha, y asesinó a millones en nombre del bien colectivo. Pero hoy en día la felicidad desde el poder del Estado se ofrece de manera instantánea, envuelta en un halo religioso, y en una retórica altisonante. Las primeras víctimas de la mentira son siempre las palabras.

He leído algunas crónicas, entre ellas una de Mayté Carrasco, corresponsal de El País, acerca de lo que significó el dominio de la ciudad de Gao, en Malí, por parte del Movimiento para la Unidad de la Yihad en África Occidental (Muyao) y del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA), que impusieron la sharia, el código islámico totalizador de la conducta que incluye normas morales que deben gobernar la vida privada, y reglamenta lo que pertenece al mal y lo que pertenece al bien, una clasificación a la que es necesario atenerse a riesgo de volverse uno infeliz. El dogma con fuerza de ley de la que nadie puede escaparse.

Veamos algunos de los lemas pintados en las calles de Gao por el aparato de propaganda del Muyao: Juntos por el placer de Dios todopoderoso y la lucha contra los pecados. La sharia es la pureza de la mujer. Y este otro: Vivir bajo la sharia es vivir con felicidad. La imposición de la felicidad significó cortar a los ladrones la mano con que habían cogido lo ajeno, meter en las mazmorras a los herejes, y desollar el lomo a latigazos a los fumadores y a quienes se atrevían a dirigir la palabra a las mujeres en la vía pública. Este estado de sitio de la felicidad perfecta duró diez largos meses.

La sharia custodia la felicidad en los países donde se aplica, en diferentes grados. Algunos consideran que la felicidad sólo con sangre entra; otros, como en Arabia Saudita, cuentan con una Policía de la Moral, que viene a ser lo mismo que una Policía de la Felicidad. Si el propósito del Estado es que todos vivan contentos, alguien tiene que hacerse cargo de vigilar que así sea, y para eso nada mejor que una policía, o unos comités de ciudadanos que se autocontrolan y controlan a los demás para que no se salgan del círculo mágico de la felicidad, ni se distraigan de cuidar su pureza de intenciones, ni los abata la tristeza. La tristeza queda, por supuesto, prohibida. Comité o comisión viene a dar lo mismo.

Porque esta Policía de la Moral, o Policía de la Felicidad, se llama oficialmente Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, y ha prohibido oficialmente que se celebre el Día de San Valentín; por tanto se ordena el cierre de las floristerías y tiendas que venden regalos para los enamorados, bajo pena de severos castigos. San Valentín coincide con las fiestas del fin del período de abstinencia del Ramadán, de manera que la prohibición nada tiene que ver con la explotación comercial del amor.

Al fundamentalismo le interesan los colores, asunto curioso. Escoge unos, y veta otros. La felicidad podría ser verde o azul, pero no roja. Si las flores están prohibidas para San Valentín, más lo están las rojas, que son emblemáticas ese día. La Policía de la Felicidad considera el rojo un color lascivo que provoca el deseo sexual en las mujeres. El ojo del Estado está muy abierto para cuidar la virtud.

El dueño de una tienda de regalos en Rabat, Samer al Hakim declara pesaroso: “Me han dado un folleto sobre una fatua que prohíbe la fiesta del amor. Han sido amables en sus consejos, pero me han advertido contra la venta de cualquier producto rojo, aunque sea un muñeco”. De todos modos, flores y regalos se venden de manera clandestina; puede más la ambición por la ganancia que el miedo a los azotes.

No pocas veces la literatura adivina las intenciones de quienes quieren imponer la felicidad en la vida real. En Un mundo feliz, Aldous Huxley empieza explicándonos cómo los cerebros de los niños que crecen en un laboratorio dentro de unas botellas reciben mientras duermen determinadas verdades morales que el Estado decide. Es la docencia del sueño, la hipnopedia. Desde entonces aprenden que la sociedad es más importante que el individuo. Que no hay felicidad hacia dentro, sino hacia fuera.

Y en la novela 1984 de George Orwell la Policía del Pensamiento, que es una Policía de la Felicidad, enseña a pensar de la misma manera porque el que piensa diferente es infeliz. Seamos felices entonces, a la fuerza.