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Juan Barreto

Fascismo y miedo

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El fascismo es un fenómeno de masas, cuyo movimiento está marcado por el interés de las élites, como una identidad que les da protección. Es decir, hay una relación de protección que es demandada por las clases dominadas y controladas por las tesis fascistas. El mencionar la palabra fascismo crea el miedo como un problema y vende la violencia como solución, vende la protección contra las amenazas que ellos mismos han diseñado.

La asimilación y manipulación propagandística de símbolos oscurantistas y el culto al conocimiento religioso medieval es parte de una cultura sincrética que intenta restarle fuerzas a la lucha de clases por distracción, además de crear identidades que sustenten los estilos de vida fascistas, apelando a la herencia y a la raza. El ocultismo, la alquimia, la new age fueron la fuente de la que se alimentó el imaginario fascista clásico. Hoy en día, ante la irrupción de la multitud global, el neofascismo busca generar confusión entra las masas, asumiendo las banderas y las consignas de los movimientos populares. Lo que queremos dejar claro es que el fascismo es capaz de mimetizase, usando distintas expresiones culturales para construir sus parámetros propagandísticos.

El fascismo es un plano de consistencia que articula el terror como respuesta al miedo. No es casual entonces que la lucha contra el terrorismo no sea otra cosa que la inducción de miedo en la sociedad en contra de un enemigo: el terrorista. El fascismo ve al enemigo como una depravación, odio a las culturas distintas y al pensamiento crítico a favor de lo arcaico.
Principio de guerra permanente, el fascismo es antinacional, pero contradictoriamente vive atrapado en el discurso chovinista: aunque el fascismo clásico se centraba en el corporativismo de Estado, hoy en día puede encontrarse como corporativismo de mercado. Es decir, la preeminencia de los intereses del mercado (neoliberalismo) para control social. Llama la atención que aunque el nacionalismo es un rasgo demasiado marcado del fascismo, en la oposición venezolana se asume el imperialismo como eje de articulación discursiva, disfrazándolo con populismo socialdemócrata y, a veces, socialcristiano.
Por su cercanía copeyana con el régimen de Franco, el fascismo criollo toma de su versión española los rasgos del fascismo clerical, que domina desde la simbología y los rituales de la iglesia católica. La aristocracia industrial y de los negocios de las naciones fascistas usualmente son quienes ponen a los líderes del gobierno en el poder, creando una beneficiosa relación empresas-gobierno con la élite de poder.
El fascismo siempre ha hecho un uso maniqueo de los derechos humanos; que sólo funcionan como atributo de las clases dominantes y de blufs mediáticos cuando están en la oposición; cuando en realidad, la violación de esos derechos ha sido una constante en las operaciones de la derecha criolla: léase la Plaza Francia, los militares torturados y muertos, los paramilitares, 12 y 13 de abril, el asalto y asedio a la embajada cubana, lo muertos del 15 de abril. Para el fascismo, los DDHH representan la forma jurídica de auto-defender sus propiedades y no aplica a las clases subalternas. Los derechos humanos se traducen como derechos de la clase dominante.

El fascismo clásico tiene en la propaganda un soporte de propagación de sus ideas y prácticas, en la actualidad los aparatos de propaganda nazi se traducen en el funcionamiento de la industria cultural como un sinónimo de operatividad. El mensaje ya no sólo implica la direccionalidad del odio hacia un sector determinado de la sociedad, sino que se expande como un miedo hacia un peligro terrorista. El fascismo se ha caracterizado históricamente por la producción artificial de acontecimientos. Recordemos que Goebbels es considerado el mago de las emociones y la propaganda.