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Juan Barreto

Fascismo: comunitarismo sin comunidad

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El fascismo como un virus va mutando, va cambiando su constitución de acuerdo a los territorios en que le toca proliferar. Es decir, tiene un componente regional que lo hace singular ante el otro fascismo que constituye al Fascismo como aparato de dominación.
El fascismo niega la democracia porque para el fascista no se trata de construir un régimen de mayorías, ni de darle poder al pueblo, sino de usar el gobierno como una “suma de individuos” amalgamados en un proyecto determinado por los intereses de clase y que se consideran asimismo como lo más excelso de la raza.
“La comunidad fascista consuma el crimen de la asimilación a la fuerza y de la identidad incontestable”, dice Bataille. A lo que el fascista llama libertad, el comunista lo llama asimilación. El exterminio de la alteridad no es visto por el fascista como crueldad, sino como un mal necesario en una comunidad que reivindica el orden y la unidad en todas las dimensiones sociales. La sociedad homogénea es la sociedad útil, “así en el orden actual de las cosas, la parte homogénea de la sociedad está formada por los hombres que poseen los medios de producción o el dinero, es en la llamada clase capitalista y burguesa donde se crean los hombre útiles a la sociedad, en las clases medias se crean sujetos intercambiables y reductibles a esta operación, en tanto que entidades abstractas intercambiables”.
El fascismo no tiene afuera, es una comunidad de un adentro constante y perpetuo, una comunidad pensada de esta manera sólo conoce puertas, muros, cierres, rejas, barreras. Es una comunidad sin aperturas, cerrada sobre si misma e imponiéndose desde allí a los otros.
La guerra de Irak, la invasión a Siria, el genocidio contra Palestina, la invasión a Libia y a Panamá, no son más que manifestaciones de ese fascismo que asume lo otro como amenaza. Recordemos la frase de Le Pen. “Habrá que escoger entre una Francia para los franceses o una Francia para todos”.
Por todo ello, el fascismo combate de frente al internacionalismo obrero, (comunismo/socialismo) desde una posición chovinista y creando un pseudo-nacionalismo de carácter popular, y a su vez se asumen como la síntesis de la sociedad toda; también sustraen las consignas y las banderas socialistas como estrategia para mimetizarse con las luchas y reivindicaciones de las clases subalternas, tratando de conciliar lo irreconciliable.
En Venezuela, los representantes de la ultraderecha suelen dar muestra de eso, ya que en el mismo discurso pueden asumir símbolos y consignas de la tradición izquierdista y patriótica, a pesar de ir dirigido a los estratos más altos de la pirámide social.
“En Italia no hay ricos, no hay pobres. Hay italianos” decía Mussolini; y en Venezuela Henrique Capriles Radonski dijo en su campaña “los venezolanos estamos unidos, en una sola Venezuela” decir que “aquí no hay derechas, ni izquierdas” es una pirueta mental para pretender que se crea que también ellos defienden al obrero. Se les oye defender la propiedad porque sienten al país como una propiedad de sus familias, por eso cuando dicen “están acabando con el país, están regalando nuestra riqueza”, en realidad quieren decir están acabando con mis negocios.
Es necesario entender como el fascismo se vertebró como anticomunismo radical. El historiador alemán Ernest Nolte sugiere que el fascismo no debe ser reducido a la simpleza del anticomunismo, pero propone que el fascismo es un comunismo a la inversa, comunitarismo sin comunidad. Individualismo exacerbado mostrado en un escenario de masas. Es decir; el fascismo trata de que salvemos entre todos mi individualidad, por lo cual, de manera natural choca con el comunismo que plantearía a un individuo que se realiza desde y con la comunidad y no al individuo que usa a la comunidad para auto realizarse.