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Maritza Izaguirre

Familias y presos políticos

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La situación de los presos políticos y la negativa a considerar la especial situación del comisario Simonovis me trajo a la memoria los comentarios que la rama materna de mi familia contaba acerca de las dificultades que afrontaron en la Caracas de las primeras décadas del siglo XX. Cuando mi abuelo, el periodista Eduardo Porras Bello, encarcelado en La Rotunda sólo por pensar distinto, defender sus principios de católico practicante, valorar la libertad, los derechos humanos y la vida republicana, se vio obligado a sufrir años de penuria y aislamiento bajo la dictadura del general Juan Vicente Gómez. 

Recordé las conversaciones de sobremesa, cuando se hablaba de las dificultades que debió afrontar una madre sola para levantar a la familia sin contar con su pareja, luchando por sobrevivir en un entorno difícil y lleno de limitaciones. Sin embargo, la solidaridad y el apoyo de algunos hombres y mujeres de bien ayudaron a que, utilizando sus conocimientos y habilidades manuales, lograra, mediante la venta de los productos, generar los ingresos necesarios para vivir modestamente. Ello llevó a que mis tíos, a temprana edad, trabajaran fuera de casa. Merece destacar el hecho de que mis tías se emplearan como oficinistas en las recién instaladas compañías trasnacionales, donde la selección no tomaba en cuenta ni el género ni la política.

La familia sobrevivió y salió fortalecida de la experiencia. A su salida de la cárcel, mi abuelo se preocupó por trasmitir los valores fundamentales, la solidaridad y la generosidad, dejando a un lado el resentimiento y el odio. Predicó la necesaria participación en la vida política y social de mediados de siglo, para lograr el sueño de un país democrático.

La carta de la hija adolescente del comisario me recordó, igualmente, que mi madre no conoció personalmente a su padre, sino hasta los 7 años de edad. Ante su presencia, la niña reaccionó rehuyendo su presencia, y contaban que tomó tiempo convencerla de que ese desconocido era el padre ausente. Que, tal como Ivana escribe, no estuvo presente en las distintas actividades que ocupan el espacio y tiempo de la vida en familia. Presencia que ayuda a construir la memoria común y fortalecer la tan necesaria unidad familiar que protege al grupo ante las futuras eventualidades.

Duele y mucho la decisión adoptada al no tomar en cuenta que se trata de privar a la familia de la presencia del padre, cuya prolongada falta afectará inevitablemente la dinámica del grupo. Recuperar el daño tomará tiempo y esfuerzo.