• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

Familia alegre, familia triste

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El niño, siete años de edad, segundo grado, llega de la escuela, nos lo cuenta la mamá, intrigado, inquieto y angustiado. Le han encargado una actividad sobre su familia.

—Mamá, ¿a cuál se parece mi familia?

—¿A cuál crees tú que se parece?

—No se parece a la de doña Soledad que es triste y se ve sola. Así no es mi familia. Yo creo que se parece a la de Amoroso que está alegre, contenta y unida. Pero no es igual porque en la mía no hay un señor.

¿Cuál es la razón de la intrigante pregunta?

En las páginas 14 y 15 del texto de Sociales de segundo grado que distribuye el gobierno y que se usa mayoritariamente en las escuelas oficiales, se trata el tema de la familia. Según el texto todos pertenecemos a una familia, pero no todas las familias son iguales. Se diferencian “en el número de sus integrantes, en la edad y en el sexo de las personas”. Indica cuatro tipos de familia representados además gráficamente: “familia macro: abuelo, el hijo de éste y su esposa, que le dieron cinco nietos”; la familia de doña Soledad: “mamá, un hijo y una hija”; familia Mayorca: “abuela, abuelo y tres nietos”; familia Amoroso: “papá, mamá, 2 hijas y 2 hijos”. En tres de ellas hay una pareja de adultos y unos niños, en una sólo mamá e hijos. Esta es la de doña Soledad. Las tres primeras no se diferencian en su estructura, en su manera de estar hechas: pareja de adultos con niños. La cuarta es esencialmente distinta de ellas: madre e hijos.

“¿Cuál de estos tipos de familia se parece más a tu familia?”, pregunta el texto. Aquí está la razón del desconcierto del niño. Su libro distingue las familias por número, sexo y edad, pero no por lo más importante, su factura, su modo de ser familia, que sí está muy clara en las imágenes que ilustran lo escrito. La familia del niño está hecha como la de doña Soledad, pero es alegre y unida como la de Amoroso. No se parece, pues, a ninguna de las que enseña la escuela. Ahí, su tipo de familia no existe.

Precisamente, la familia matricentrada, madre-hijos, es la predominante en Venezuela y absolutamente mayoritaria en los sectores populares, incluyendo las dos que produjo Chávez. Es nuestra familia cultural. El Ministerio de Educación del socialismo siglo XXI (¿popular?) la califica como soledad y la dibuja como tristeza, mientras la que casi no existe es vestida de amor y alegría.

¿De dónde saca el Ministerio que nuestra familia real es triste y marcada por la soledad? ¿Sospecha, por caso, el trauma afectivo y cultural, la pérdida de autoestima y las dudas en el amor a su mamá y a su familia que produce en nuestros niños?

El amigo profesor Irvin Colmenares comenta en un texto para sus alumnos: “Habrá quien ingenuamente diga que no hay segundas intenciones sino que fue un error que se coló. Pero aquí la selección de las palabras sí es importante. El contenido semántico y afectivo de las palabras soledad y amoroso es claro. Soledad nos remite a  emociones desagradables, ligadas con la inseguridad, la angustia, la tristeza, el desamparo, el aislamiento, el castigo, el desprecio, el fracaso. Amoroso, por el contrario, nos remite a emociones agradables ligadas con la seguridad, la protección, la armonía, el reconocimiento, la aceptación, el éxito. ¿No está presente aquí una clara discriminación de la familia matricentrada? ¿Acaso amoroso no es mejor que soledad? ¿No es esto una descalificación de la familia predominante en Venezuela? ¿Qué sentirán  los niños cuando respondan la pregunta sobre cuál de estos tipos de familia se parece más a tu familia y se encuentren que es la de doña soledad y no amoroso? ¿Qué protección tiene el niño ante esta discriminación y esta descalificación descarada?”

Cuenta la doctora Mercedes Pulido que cuando le tocó reformar el Código Civil y se empeñó en suprimir del mismo la clásica distinción entre hijos naturales, ilegítimos, e hijos legítimos, encontró las mayores dificultades en aquellos congresistas de los que todo el mundo sabía cuántos hijos “ilegítimos” regados por el país tenían.

Vale la pena traer aquí a colación las palabras de Fermín Toro en su discurso a la Convención Nacional (1858): “El cura abre el libro parroquial, suponiéndolo nuevo en su iglesia, encuentra el artículo de matrimonio, la parroquia tiene 3.000 habitantes, hay 10 matrimonios en el año. ‘¡Señor, exclama, aquí no hay matrimonios!’ Su interés personal está comprometido, se aflige; pero el sacristán le dice: ‘Señor, aunque no hay muchos matrimonios, hay muchos bautizos y muchos entierros’. ¡No hay matrimonios! El matrimonio, sin embargo, es la base de la sociedad doméstica, donde se forma y se moraliza el hombre. De esto pueden dar razón todos los curas, y por esto reina tanta inmoralidad en nuestras poblaciones. De los nacidos, uno en diez es legítimo”. Toro no habla de familia, habla de matrimonio. Matrimonio y familia, según la tradición que viene desde tiempos coloniales, se identifican. Si no hay matrimonio, no hay familia sino algo perverso, concubinato inmoral o, como escribió el obispo Martí en su libro de visita pastoral en el que reseña infinidad de casos,  de “mal vivir”.

Según la no muy fiable estadística del ilustre discursante, como producto de la experiencia cotidiana espontánea y no del análisis científico, 90% de los venezolanos no provienen de matrimonio sino de una de esas uniones “anormales”, para él, fuente de toda clase de inmoralidades y problemas.

Para el sentido de una más que secular tradición, la familia matricentrada, la mayoritaria en nuestro pueblo, como no es de pareja, ni por tanto de matrimonio, no es familia. ¿Qué será?

El socialismo del siglo XXI, dizque muy popular él, se mantiene en ella. Ese es el trasfondo del texto en cuestión.

Ya en 1999 el entonces ministro de Educación declaró a Últimas Noticias: “La familia nuestra no existe”. Y, según él, no existe porque no tiene padre, porque en ella “no hay un señor”, como dice el niño de esta historia. La familia de doña Soledad, pues, no es familia. Y esto lo corrobora el ministro cuando a continuación afirma que para que podamos construir la familia, “pasarán generaciones, y el Estado necesariamente será el papá”. Lógica rigurosa, ¿verdad? Coherencia en los textos, en los proyectos, en los programas educativos y en la política de un Estado-papá. ¿Como el papá que conoce la mayoría de los venezolanos: violento, autoritario, lejano, abandonante y arbitrario? Según el entonces ministro, nada menos que de Educación, la inmensa mayoría de nuestros niños no serían hijos de familia. No parece, por lo que enseña el mismo ministerio, que esa perspectiva hoy haya cambiado en el fondo aunque presente nueva forma: por lo menos, la de doña Soledad ahora sí es llamada familia.

¿La revolución decide que hijos de familia de verdad verdad son los otros, los de siempre, aunque tampoco la suelen tener muy “legítima”?

Sólo la Iglesia en el documento Iglesia y Familia del Concilio Plenario (1998-2005) dice algo totalmente nuevo. Pone los pies pastorales sobre la tierra y asume la realidad sin prejuicios, sin juicios y sin negaciones. Así, en el punto 5 decide: “detener su atención observadora, reflexiva y creyente sobre la familia real que constituye el origen y la base de vida y formación del pueblo al que ella quiere servir”. En el punto 7 afirma con contundencia que a “la familia venezolana hay que describirla desde sus estructuras constitutivas, esto es, desde los vínculos que en ella se establecen y desde su función en el grupo humano donde convive. En Venezuela tenemos un modelo que predomina sobre todos los demás: la familia matricentrada”.

Mire cada cual con “atención observadora, reflexiva”, y para muchos “creyente”, su propia familia, la de sus familiares, amigos y vecinos, y luego decida quién está equivocado, la Iglesia en su Concilio Plenario o el Ministerio de Educación en sus textos escolares.