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Cristóbal Guerra

Falcao, Colombia y todo ese dolor

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El Mundial, vertedero de pasiones nacionalistas y encuentro de los amores y los dolores, tiene tres ausencias fundamentales: los que no están porque sus selecciones no clasificaron; los que no aparecen porque fueron excluidos de las listas de convocatorias el día de las decisiones; y los que, infelizmente, sintieron sobre sus atormentados cuerpos las imprudentes lesiones que los han dejado, como el Coronel, en la espera eterna de sus esquivas “pensiones”. De las dos primeras categorías hemos hablado otras veces y, por eso, ahora queremos comentar acerca de la tercera estirpe, aquellos hombres que esperaron hasta la hora postrera para decir que, como dicen los argentinos, no van más. ¿Qué hubiera sido de Colombia si Radamel Falcao García estuviera ahí, en la esperara acechante para reventar las redes adversarias; para, con sus movimientos de desquicio, enloquecer a los zagueros en sus marcas inútiles? Citamos al colombiano porque nos parece que, desde una perspectiva general, es la ausencia más connotada, la más dolorosa, la que más siente la gente en su país y, posiblemente, en el mundo entero, incluyendo aquí a los griegos, costamarfileños y japoneses, sus rivales de la primera fase en el grupo C mundialista...

Colombia anhelaba al ídolo, porque desde los días luminosos de Carlos “Pibe” Valderrama, no había aparecido una figura a quien, con fe de creyentes, seguir con vocación. Apareció Falcao y en él estaban los rezos del Magdalena, las velas encendidas del Chocó, el fervor de la costa del Caribe, las oraciones fervientes de bogotanos y cachacos. Era, a su modo, el dios del fútbol en estos tiempos de incertidumbres, dudas y apocalipsis. Falcao, en un arranque de humildad, en un gesto de hidalguía que con el tiempo la gente le va a agradecer, no quiso entrometerse en los planes de José Pekerman, técnico de Colombia, sino que, por voluntad propia, se apartó del camino para que un compañero suyo tuviera el paso franco. Ahora recordamos casos parecidos que la historia ha deparado, pero ninguno tan famoso como el de Alfredo Di Stéfano, quien representando a España, y no a Argentina, no pudo jugar por una inconveniente lesión el Mundial de Chile 1962. Hay un pesar en toda Colombia, y aunque sabemos que el tiempo lo cura todo, hay que decir como un amigo nuestro, quien aseguraba que, aunque el paso de los días se lleve el dolor, queda por siempre la marca. Rusia 2018, cuán lejos se te ve…

El próximo martes partimos a Brasil, a seguir la pista de nuestro octavo Mundial. Por las calles de Caracas, en reuniones de amigos, en el Metro y en las cafeterías, nos han preguntado qué tiene esta Copa del Mundo diferente a las demás. En realidad, cada Mundial es muy diferente a otro, aunque en el fondo siguen siendo lo mismo. Son una guerra donde no se vierte sangre, y aunque está vivo en ellos el afán de dominio tan inherente al ser humano, hay una confraternidad que no se discute y los abrazos tienen preferencia sobre las discusiones estériles. Pero, volviendo a la pregunta, nosotros recurrimos a la respuesta más elemental y, a la vez, la que pensamos más convincente: este Mundial es distinto porque se jugará en el país del fútbol, en un lugar de la Tierra en la que los jugadores salen debajo de las arenas de sus playas infinitas, una geografía donde existen las mulatas de ojos verdes que no aparecen en el mapa. Y porque, cómo no, se jugará en Brasil. Nos vemos por ahí.

 

@camisetadiez