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Freddy Lepage

El titanic económico

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La política y la economía, sin duda alguna, tienen un altísimo grado de interdependencia que, en ocasiones, resulta complementaria y en otras altamente conflictiva, tal como es el caso venezolano (un matrimonio mal avenido). Las líneas fronterizas entre una y otra son muy tenues, casi que imperceptibles, pues la economía está fuertemente condicionada por la política (por razones ideológicas y dogmáticas, como en el marxismo) y viceversa. Es decir, que ambas –se quiera o no– tienen que bailar pegadas.

Ahora bien, la situación se complica por el pasticho que tienen quienes están en el poder. Pretender manejar la economía desde perspectivas tan contradictorias y antagónicas, como lo son el capitalismo y el socialismo-comunismo es algo así como buscar la cuadratura del círculo. La experiencia nefasta de los 70 años de la extinta Unión Soviética, es un ejemplo palmario de que los fracasos económicos dan al traste con sistemas políticos fuertes (totalitarios), en los cuales predomina la utilización de la represión y las armas para contener la insatisfacción de los pueblos, aun cuando todavía quedan remanentes en algunos países.

En tiempos de escasez de divisas han quedado al desnudo las políticas económicas erradas convertidas en dogmas de fe, aplicadas durante 14 años, calcadas de esquemas derrotados y arcaicos, ya en desuso en casi todo el mundo.

La destrucción sistemática del aparato productivo nacional, privilegiando las importaciones; el férreo control de cambio, convertido en cepo infranqueable para administrar políticamente la entrega de divisas; el control y la congelación de precios, dizque para combatir la inflación, frente a un consumo continuamente incentivado; las subvenciones a Cuba y a otras naciones, en detrimento de nuestros intereses y las corruptelas a granel, entre muchos otros factores, han traído estos lodos de perversa inflación (la más alta de Latinoamérica), escasez y desabastecimiento de productos básicos y de insumos industriales, de bienes y servicios, que hacen del malestar social un peligroso caldo de cultivo al que hay que ponerle atención.

Desde que el finado comandante supremo dejó a Maduro como albacea de su capital político y de la silla de Miraflores, éste no ha hecho más que dar tumbos y culpar a los demás de sus errores, de su inacción y de los males económicos, que se han agravado durante su cuestionada gestión, sin percatarse de que, con eso, no resuelve nada, antes por el contrario, estimula la inestabilidad y descontento, causados por la arrechera de la gente que no aguanta más este desbarajuste.

Aquí cae, como anillo al dedo, aquella frase de Einstein que señalaba, palabras más, palabras menos, que era una locura seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Cómo diablos puede Maduro sortear la profunda crisis económica con las mismas personas que la crearon, llámense Giordani o Merentes.

De momento, la reservas internacionales, fuente de los dólares para las importaciones, para pagar deuda externa y respaldar la moneda, descienden, riesgosamente, a la cifra de 22.000 millones de dólares (una caída de 26% en lo que va de año y el monto más bajo desde noviembre de 2004), mientras que el pago de deuda del primer semestre alcanza los 2.745 millones de dólares (cantidad 345% mayor con respecto al mismo período de 2012), y el vencimiento del pago de deuda del bono Global 2013 para septiembre suma 1.600 millones de dólares, por eso al régimen se le pone difícil conseguir los dólares necesarios para cubrir las compras en el exterior.    

La política y la ideología pueden imponerse, pero a la larga la economía termina tomando revancha. El Titanic se hunde y la orquesta sigue tocando hasta que no puede más, cuenta la historia.