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Francisco Suniaga

La soledad del líder

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No existe un ser más solitario que un líder político al momento de tomar una decisión en la que, de no acertar, su proyecto y su propio liderazgo están amenazados. Los consejos recibidos por compañeros y asesores en las instancias previas a decidir nada valen cuando llega a la encrucijada. Esos consejos, por cierto, suelen ser tan contradictorios como la realidad que tiene enfrente, o están contaminados por los intereses particulares de quienes los han emitido, son inservibles. Por eso, en ese último instante de máxima tensión emocional, cuando se juega la vida, el líder está absolutamente solo.

La posición del líder de un proceso político es de suyo muy difícil de alcanzar, y mucho más difícil de mantener. Dado que el líder es sólo el primus inter pares del proyecto, una equivocación importante implica quedar a merced de rivales que aspiran a deponerlo y asumir el liderazgo. Eso se supone que conduce, si se concibe la política como un sistema darwiniano, a tener cada vez mejores líderes o por lo menos más aptos para sobrevivir, que ya es bastante.

Hay que añadir, por supuesto, que el líder está sometido permanentemente a los exámenes, críticas y análisis de su desempeño por parte de los medios de comunicación (nunca imparciales) y sus opinadores. Los pundits, que llaman los gringos, capaces de declarar equivocado al líder, incluso cuando no ha tomado decisiones o cuando no está en la situación de tomarlas.

El problema con la mayoría de los pundits, a escala mundial, es que ellos se consideran más sabios que el líder (y que todos los políticos, a quienes usualmente se refieren en términos despectivos) y si no ocupan su posición es porque la política les asqueaba y decidieron dedicarse a otra cosa. Son los padres de la antipolítica, aunque se niegan a reconocer a la criatura.

El líder tiene además el trabajo para el que está ahí: enfrentar a los adversarios jurados del proyecto político en el que milita, quienes tienen el propósito de liquidarlos a ambos. El líder, de cualquier grupo político en cualquier parte del mundo, vive por tanto en medio de una permanente lucha. Qué duda cabe que es una posición muy difícil de detentar.

Venezuela es, por razones de muy diversa índole que aquí no caben, el lugar en el mundo donde ser el líder resulta, de lejos, más difícil. Si el liderazgo que se detenta, como es el caso de Henrique Capriles, es el de la oposición política a esta forma de dictadura cívico-militar cubanizada, que se ha hecho cada vez más eficaz y eficiente con el paso de casi tres lustros, las dificultades con las que debe lidiar alcanzan la estratosfera.

Aquí, de siempre, los rivales del líder pueden llegar a ser más feroces y desleales que en el resto del planeta. Si toca (y les parece que toca a cada rato) no le abren un paréntesis de paz para que despliegue su tarea contra el gigantesco adversario que tiene enfrente. Para sólo poner un ejemplo: Capriles ha acertado en cada decisión importante que le ha tocado tomar (nadie quería estar en su pellejo el 8 de octubre –cuando le tocaba decidir ser o no ser candidato a la Gobernación de Miranda– ni en marzo, al morir Chávez y salir a combatir el chavismo en treinta días), pero a veces pareciera que sus rivales lamentan que no se haya equivocado y lo siguen a regañadientes.

Algunos pundits en Venezuela son extremadamente afectos a jugar al offside. A diario demandan que Capriles “haga algo” ya. Otros, haciéndose eco de rivales del líder, confunden la política con el boxeo y quieren que sea “contundente”, “que confronte al chavismo con fuerza y en la calle” y se quejan de que ante su pasividad, Maduro “se consolide y se quede” (ni qué hablar de lo que escriben los punditsitos del Twitter).

El plan de Capriles está claro para los venezolanos de buena voluntad: aprovechar todas las elecciones para crecer aún más (como ha pasado con cada proceso electoral desde 2006). Ganar las elecciones municipales este año y las legislativas de 2015, para lo cual hay que construir desde ya (y en eso está trabajando) una alianza de amplio espectro, un aparato político, que haga posible esas victorias, y uno electoral que las cuide en las mesas.

Ese trabajo, a veces imperceptible, agotador y siempre fastidioso, es absolutamente necesario para poder aprovechar las casualidades, que, como las busetas por puesto, pasan a cada rato. Por eso cabe preguntarse ¿por qué, en lugar de dudar de Capriles y criticarlo sin ton ni son, no se le acompaña solidariamente en su dura tarea? Así, de repente, cuando le toque decidir las grandes, no estará tan solo.