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Fernando Londoño

Guerreros y pacifistas

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Ha dado don Juan Manuel en la idea de dividirnos entre guerreros y pacifistas. Él comanda esta última legión, nada nueva en los anales de la historia. Y nos deja el papel de amantes de la guerra, como si alguien, salvo un genio perturbado como Nietzsche, pudiera amarla. Pero no vamos a ese alegato, sino a otro más sustantivo. Y es que la cuestión de las armas no se resuelve por afición, sino por necesidad.

Cuando Jerjes pasó, durante siete días con sus noches, el gigantesco ejército que habría de conquistar Grecia para ser dueño de Europa entera, los pacifistas acordaron entregarse sin oponer resistencia. Etolios, dólopes, locrenses, tebanos, beocios, agacharon la cerviz ante el invasor. Pero quedaba Esparta. Leónidas parte a los desfiladeros de Termópilas con 300 hombre libres y unos cuantos esclavos. Y guerreando a la sombra, porque las flechas cubrían el sol, detuvo a los invasores y dejó escrito su mensaje: “Pasajero, ve a decir a Esparta que aquí hemos muerto obedeciendo sus santas leyes”. Salamina, Platea y Micala completarían la jornada victoriosa. El mundo de Occidente estaba a salvo. Los pacifistas perdieron.

La más grande armada que conoció el mar Mediterráneo caía sobre Europa. Alí Bajá la comandaba y muchos pacifistas se opusieron a la loca empresa de Felipe II, que comandara su hermano bastardo, don Juan de Austria. Pues en Lepanto se dio “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes ni esperan ver los venideros”. Un puñado de guerreros desmintió el espíritu vencido de miles de pacifistas. Otra vez se salvaba Europa.

Eran, altos, los años de 1930. Hitler y Mussolini parecían dueños del porvenir. La tercera República francesa tumbaba un gobierno cada mes y los pacifistas aconsejaban dejar tranquilo a Hitler. Chamberlain, a la cabeza de los apaciguadores ingleses, prometía humillarse si fuera menester para evitar la guerra. “El que se humilla para evitar la guerra tiene la humillación y también tendrá la guerra”, le advirtió en vano Churchill. La invasión de Polonia selló el debate. Que era intenso en Norteamérica. Los pacifistas querían estar al margen, y lo estuvieron hasta Pearl Harbor. Los guerreros salvaron la humanidad de esa combinación letal de fascismo, nazismo y comunismo.

A finales de los ochenta del siglo pasado, un pacifista, Jimmy Carter, entregaba el mundo, ante la pasividad de Europa, en las garras de los herederos de Stalin. Dos guerreros, Margareth Thatcher y Ronald Reagan, salieron al paso de ese nuevo intento de dominación mundial. La “guerra de las estrellas” puso en su sitio las cosas.

Por los pacifistas granadinos, Bolívar no habría recibido armas para la Campaña Admirable. Ni habría encontrado apoyo para remontar la cordillera por el páramo de Pisba. De allá venimos. De los guerreros del Pantano de Vargas y de Boyacá.

No hubo pacifista que no visitara el Caguán para rendirles tributo a “Tirofijo”, “Reyes” y a “Jojoy”. Como resultado de esas venias, las FARC eran dueñas de más de medio país. 350 alcaldes andaban refugiados en las capitales de los departamentos, más de 100 pueblos habían volado en pedazos, las carreteras se morían de soledad y de abandono y en los campos no florecía ni la esperanza.

Un hombre con alma de guerrero, Álvaro Uribe, y un soldado con corazón de acero, el general Mora Rangel, al mando de un invicto ejército de héroes, nos devolvieron la paz y nos abrieron rutas de prosperidad y de justicia.

Los colombianos no tenemos corazón de esclavos. Eso es todo. Nos parecemos a los antiguos griegos. Al menos en ese punto. Y no nos van a manejar a latigazos, ni los bandidos de las FARC ni los nuevos pacifistas, emplumados o enmermelados.