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Tulio Hernández

Exequias memorables

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Los sepelios de los hombres y mujeres de poder –no importa si son presidentes demócratas, dictadores o tiranos– tienen siempre un componente conmovedor y operático que los hace inolvidables. Si quien es despedido tiene, además, el fervor de las masas, el dolor se apropia orgiásticamente del colectivo y la multitud llega a experimentar momentos sublimes o de desesperación. Quienes participan se convierten en testigos que lograron, aunque sea por un día, sentarse en la primera fila de la historia para contarlo después.

Eso es por lo menos lo que comentaban, años más tarde en filmes documentales, algunos de los millares que asistieron, en 1963, al velatorio y entierro de John Fitzgerald Kennedy. La televisión en vivo que recién comenzaba se encargó de transmitir más allá de las fronteras la conmoción que producía en su país el asesinato de un presidente joven y carismático. El llanto de las multitudes; una viuda adolorida, casi salida de una revista de moda, protegiendo el desconcierto de los dos pequeños huérfanos; la rigurosa puesta en escena de las pompas fúnebres, con el caballo cabalgando sin jinete detrás del ataúd, le daban todos los elementos para que hoy pueda ser recordado como una secuencia cinematográfica.

Pero no sólo los demócratas son objeto de grandes exequias. Los tiranos también. Es el caso de Francisco Franco. Para sorpresa de los millares de republicanos que desde el exilio deseaban su muerte, por lo menos 500.000 personas, haciendo colas de kilómetros –tan largas como las que se harían después en Chile para despedir a Pinochet– pasaron por la capilla ardiente donde se velaban sus restos a presentarle el “último respeto”.

Pero nada como las de José Stalin. Es muy probable que en el siglo XX no haya habido funerales tan multitudinarios y dramáticos como los del hombre que murió, como Hugo Chávez, un 5 de marzo, pero de 1953. La noticia de que el “Padrecito”, como le llamaba el pueblo soviético, ya no estaba al mando generó tan grande sentimiento de orfandad que aún no hay acuerdo entre los historiadores sobre el número de personas que salió a despedirle. Lo que se sabe con exactitud es que por lo menos 1.500 de esos asistentes no volvieron a sus casas, pues murieron aplastados por unas multitudes que en estado de histeria colectiva lo arriesgaban todo con tal de acercarse a despedirse del por entonces hombre más poderoso del planeta y, lo sabríamos después con exactitud, uno de los más grandes genocidas de la historia.

El año anterior, 1952, Argentina había sido el escenario de otro funeral inolvidable, el de Eva Perón. Aunque no se trataba de una presidente, Evita era ya una leyenda cuidadosamente trabajada por el eficiente aparato comunicacional peronista. En una operación de fino mercadeo político, la enfermedad y el sufrimiento de una joven, que agonizaba a la misma edad que lo hizo Cristo, fueron utilizadas estratégicamente para consolidar el mito. En la calle, altares con velas alumbrando sus retratos y la reproducción masiva de estampitas con su figura evocando la de la Virgen María, fueron operaciones exitosas.

Al morir, la Central General de Trabajadores decretó 3 días de paro y el gobierno 30 días de duelo, uno de los más largos de nuestra historia. Se calcula que cerca de 2 millones de personas asistieron al sepelio. Los registros cinematográficos todavía son electrizantes, tanto por el desgarrante dolor de la multitud, expresado poéticamente en toneladas de flores que caían de los balcones al paso del féretro, como por la premonitoria estética fascista de las pompas fúnebres oficiales.

Escribo estas notas el miércoles 6 de marzo cuando apenas ha comenzado el traslado de los restos de Hugo Chávez al lugar donde será velado. Pero, desde ya, la congoja colectiva hace suponer que Caracas será el escenario de otras exequias memorables que, como en el caso de Evita, coronan con un acto sacrificial cuasi religioso la consolidación de un nuevo mito en el altar de las utopías latinoamericanas cuidadosamente trabajado con las más avanzadas ingenierías políticas del siglo XXI.

Paz a sus restos.