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Héctor Faúndez

Execrables latrocinios

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En la mitología griega, Temis, la diosa de la justicia, es representada con los ojos vendados, con una balanza en una mano y con una espada en la otra. Con la venda sobre los ojos se quiere significar que todos son iguales ante la ley, y que la justicia no entiende de jerarquías, de condición social o de riqueza; con la balanza, donde se pesan las peticiones y los argumentos de las partes en conflicto teniendo en cuenta los hechos y el Derecho, se indica que las decisiones de los jueces sólo deben responder a lo que está probado en el proceso; con la espada se hace referencia a la fuerza necesaria para hacer ejecutar la sentencia y permitir que se realice la justicia. Ese simbolismo, que señala los requerimientos básicos de la justicia y la forma como ellos se sostienen mutuamente, marca los parámetros que deben guiar la conducta de los jueces.

Los jueces, que no están hechos de una fibra moral distinta de la del resto de los seres humanos, como garantes de nuestros derechos y libertades, están llamados a cumplir una función vital en toda sociedad democrática. Son los jueces los que tienen que velar por la recta aplicación de la ley, y quienes deben asegurar el desarrollo ordenado de los procesos proporcionando a ambas partes iguales oportunidades de ser oídas. Son los jueces quienes, como los dioses de la mitología griega, están en capacidad de decidir sobre nuestros derechos y nuestras vidas; por eso, se espera de ellos un comportamiento ético más elevado. Mientras Ulpiano veía al juez como el sacerdote de la justicia y lo presentaba como un personaje ungido por los dioses para desarrollar una tarea sagrada, y Alfonso X el Sabio los definía como “homes buenos, que son puestos para mandar y facer lo que es derecho”, Rabindranath Tagore advertía que el juez está más atado por su ley que el prisionero por sus cadenas.

El juez debe ser el primero en actuar conforme a la ley y no de acuerdo con sus ideas políticas, sus intereses o los caprichos del gobernante de turno. Se supone que los jueces tienen el suficiente temple y la fortaleza de carácter indispensable para defender su independencia, y para resistir las presiones y amenazas de otros poderes públicos. Por ende, además de una sólida formación jurídica, ser juez requiere de una estatura moral muy elevada y de principios éticos firmemente arraigados. Quien no reúna esas condiciones de probidad y rectitud no pasa de ser un vil lacayo al servicio de su amo.

Aunque este sea el ideal de justicia al que la sociedad debe aspirar y que debe garantizar, lo cierto es que estamos muy lejos de alcanzarlo. Con un poder judicial (así, con minúsculas) sometido a los caprichos del Ejecutivo, con jueces designados no por su formación y conocimiento del Derecho sino por su compromiso político con una ideología, no puede haber justicia sino tiranía. El resultado es que, de garantes de nuestros derechos y libertades, los jueces se han convertido en el principal agente de la violación de los derechos humanos.

Casi treinta siglos después de que, en La Ilíada, Homero diera cuenta, por primera vez, de la diosa Temis, la justicia sigue marcando el horizonte al que toda sociedad democrática aspira a llegar, y al que Venezuela no puede renunciar. La administración de justicia no es de aquellas tareas de las que el Estado pueda prescindir, ni de aquellos valores a los que, como ciudadanos, podamos renunciar; de otra manera, corremos el riesgo de convertirnos en una sociedad miserable y despreciable, condenada a su autodestrucción. Por eso, en La ciudad de Dios, san Agustín afirmaba que, sin la virtud de la justicia, los reinos están condenados a ser unos “execrables latrocinios”.

¡Feliz año, amigo lector!