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Daniel Samper Pizano

Ex Niño Dios

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Muchas cosas sabemos de Papá Lindo cuando nació; pocas de cuando era niño; de su preadolescencia, solo que a los 12 años se perdió en el templo por andar charlando con los sabios. Y nada entre esa edad y los 30.

Ningún evangelista relata la adolescencia del hijo de María y José. Es de presumir, dada su naturaleza humana, que se volvió medio rebelde y hosco, como todos los sardinos cuando los pilla la edad de la caca de gato. Quizás fue el momento en que se dejó crecer el pelo, dio en la flor de usar sandalias y es posible que, antes de cultivar la barba que le conocemos, hubiera usado bigote. ¿El Padre Eterno con bigote? Sí. ¿Por qué no?

El vacío histórico que envuelve más de la mitad de la vida de Jesús nos impide determinar el momento en que el Niño Dios dejó de ser el Niño Dios y pasó a ser solo Dios. Hay un instante biológico en que el cuerpo del infante recibe una inyección hormonal y desarrolla tremendas características anatómicas.

En cuestión de meses, el angelito sonrosado se convierte en un tipo con cuatro pelos encima del labio, un mechón más abajo, barros en los cachetes, axila sudorosa, nariz larga y voz chirriante en la que cacarean inesperados gallos y gallinas.
Dicen los exégetas que, en tiempos del evangelio, el niño se volvía “hijo de la Ley” a los doce años.
El estatus equivalía al uso de razón. Pero una cosa es el uso de razón, que ya lo tenía Jesús cuando se extravió en el templo, y otra es la pubertad.

¿A qué edad alcanzó Cristo la adolescencia? Difícil saberlo, pues la ciencia que estudia la pubertad con estadísticas fiables es cosa reciente. Pero está claro que hace 2.000 años los jóvenes se desarrollaban más tarde que ahora. Calcula un especialista de la Universidad de Berkley que a partir del siglo XVIII la pubertad se adelanta 1,25 meses por lustro.

Toda vez que la “adrenarquia viril” (que es como los científicos llamamos a la alborada reproductiva del pre-ex-sardino) surge entre los 9 y los 14 años, no es aventurado pensar que in illo tempore aparecía entre los 17 y los 20.
(A las señoras interesadas en el tema les informo que la “menarquia”, o transformación de niña en señorita, ocurría en 1860 a los 16 años y medio, y ahora a menudo se produce cuando apenas tiene 9).

En el caso de Papá Lindo el asunto plantea una mera duda nominal: cuándo desprenderse del título de Niño. Pero en otros encierra graves implicaciones. Un informe del The New York Times narra la angustiosa lucha del coro infantil de Santo Tomás, en Leipzig (Alemania), contra la maduración de las hormonas.

Cuando Bach lo dirigió, en 1723, el coro llevaba cinco siglos funcionando. Los sardinos se iniciaban entonces en el canto a los 5 o 6 años y maravillaban con sus vocecitas de soprano durante un decenio, hasta los 16 o 17. Ahí pasaba lo que pasaba, los expulsaban del coro y nadie les volvía a poner bolas. En el orfeón infantil del Vaticano sucedía lo contrario: se las quitaban y los retenían.

Ahora el coro de Santo Tomás ve cómo sus estrellas cambian de voz a los 12 y solo tienen vigencia en el grupo durante 2 o 3 años. Lo mismo sucede con el de los Niños Cantores de Viena. Por eso Les Luthiers aconsejan: “Véalos antes de que crezcan”.

Algo semejante acontece con el Niño Dios. Es conmovedor rezar ante el pesebre y cantar “los zagales y zagalas al niño vamos a ver” si se trata de un bebé. Pero, de proseguir la alarmante reducción de la infancia a causa de la aceleración glandular que provocan las actuales condiciones de vida, llegará el momento en que los bebés nazcan piernipeludos y con acné.

En ese punto será ridículo entonar canciones de cuna a los nuevos ciudadanos. Así que agarren maracas y panderetas, rodeen el pesebre con su familia, observen tiernamente la imagen del Niño y cántenle villancicos antes de que deje de serlo y pida rap o rock duro.