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Fabio Rafael Fiallo

Evo Morales: la antítesis de Maduro

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Una vez confirmada su arrolladora victoria electoral, el presidente boliviano Evo Morales se apresuró a dedicar tal éxito a sus dos mentores ideológicos: Fidel Castro y Hugo Chávez.

Numerosos son en realidad los rasgos políticos que Evo Morales comparte con esas dos figuras de la historia contemporánea latinoamericana. Baste señalar tres: la retórica anticapitalista y anti-“Imperio”; la deleznable práctica de perseguir y criminalizar a dirigentes de la oposición y periodistas independientes; y finalmente la afición por la expropiación de empresas extranjeras.

Las similitudes con el castrochavismo, sin embargo, cesan tan pronto abordamos el campo de la gestión económica. Las diferencias adquieren proporciones inauditas cuando se compara dicha gestión con lo que ocurre en Venezuela.

En efecto, mientras Evo Morales ha tratado convincentemente de responder a las inquietudes del sector empresarial, Nicolás Maduro se las pasa invocando una supuesta “guerra económica”, desatada por la “burguesía” en connivencia con el “Imperio”, para justificar la inflación, el desabastecimiento y la caída de la producción local en Venezuela.

El presidente boliviano ha puesto en práctica, además, una estricta disciplina fiscal y monetaria –conforme a la ortodoxia macroeconómica neoliberal– que se sitúa en las antípodas de la caótica política económica que practica el régimen venezolano.

Así, pues, mientras en Bolivia la inflación ha dejado de ser un problema endémico, en Venezuela la misma sobrepasa 60%.

En Bolivia se observa igualmente un auge del consumo. Las ventas de los supermercados se han multiplicado por seis, y el volumen de negocios de los restaurantes por siete, desde que Morales accedió al poder en 2006.[2] En Venezuela, por el contrario, ya no se cuentan los productos que han desaparecido de tiendas, farmacias y dispensarios médicos.

A la crisis de desabastecimiento el gobierno venezolano responde con incoherencia. Un día arguye que las colas son reflejo del poder adquisitivo del pueblo.[3] Luego el presidente Maduro se las achaca a que “tenemos una conciencia consumista”.[4] Más tarde un representante gubernamental les echa la culpa a los propietarios de tiendas que no emplean suficientes cajeros.[5]

La racionalidad brilla por su ausencia aún más en el manejo de las empresas controladas por el Estado. Los despidos masivos por razones políticas de personal técnico y mano de obra calificada asestaron un rudo golpe a la eficiencia de Pdvsa, a lo que se añade la falta de inversión y mantenimiento en dicha empresa a causa del drenaje gubernamental de sus ingresos.

El resultado ha sido una caída de más de 400.000 barriles diarios en la producción nacional de crudo, lo que representa una pérdida calculada en 51 millones de dólares por día.[6]

En Bolivia, las empresas nacionalizadas no han estado sujetas a intromisiones gubernamentales de la misma intensidad.[7]

Todo esto ayuda a comprender por qué el Fondo Monetario Internacional prevé para 2014 un crecimiento de 5,1% en Bolivia y una contracción de 3% en Venezuela.[8]

El contraste entre los dos países repercute en el grado de confianza que inspiran en los mercados financieros internacionales. Dichos mercados aplican una tasa de interés de alrededor de 5% a los empréstitos del gobierno boliviano,[9] mientras que la misma sube a más del triple (17%) para los empréstitos venezolanos.[10]

Otra diferencia capital reside en la forma de tratar las protestas. En Bolivia, Evo Morales ha sabido hacer concesiones en más de una oportunidad a los sectores que protestan, coadyuvando a crear o mantener un clima propicio a la actividad económica y la paz social. En Venezuela, en cambio, Maduro no ha hecho sino demonizar y reprimir cuanta protesta surja, lo que agudiza el descontento y deteriora la actividad económica más de lo que está.

Sin sorpresa, Evo Morales gana las elecciones presidenciales con más de 60% de votos favorables, al mismo tiempo que Maduro se hunde cada vez más en los sondeos de opinión. Una reciente encuesta le da al presidente venezolano un nivel de aprobación de 30,2%, mientras otra señala que solo 26,8% votaría de nuevo por él.[11]

No hay que llamarse a engaño: la bonanza de la economía boliviana no deja de ser frágil. Su consolidación dependerá en gran medida de una industrialización que queda por hacer y que exige adoptar una política clara y estable de apertura hacia la iniciativa privada y el capital extranjero.

Todo parece indicar que Evo Morales es consciente de la necesidad de seguir apartándose en los hechos de la retórica anticapitalista que ha sido su marca de fábrica. A raíz de su triunfo electoral, reconoce que la minería privada es el sector que más dinero aporta al erario público y añade que nunca ha pensado nacionalizar la banca del país.[12]

Así, pues, mientras el “socialismo del siglo XXI” produce el descalabro de la economía venezolana, en Bolivia es una pujante y exitosa consolidación del capitalismo lo que está en marcha.

Tan flagrante contraste no dejará de tener repercusiones en Caracas e incluso en La Habana, donde los grupos de poder que aún no han renunciado a la lucidez podrían abogar, abierta o sigilosamente, por un cambio de rumbo y liderazgo.