• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

Evitemos una matazón

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Han sido días duros, de muerte, de violencia indeseable y de retroceso. Hemos regresado  a los momentos en los cuales la división, la confrontación y la irracionalidad nos llevaron casi a las puertas de una guerra civil, de un punto de no retorno. Estamos ante un panorama de definiciones, como algunos han exigido a través de las redes sociales, en una de esas coyunturas que obligan a decir las verdades que cada quien lleva por dentro.

Los estudiantes tienen el derecho a la protesta, a ser una voz incansablemente cuestionadora en la sociedad, y quienes detentan   el poder están obligados política y moralmente a escucharlos, a procesar sus demandas y a atender sus denuncias.   Por ejemplo, si se comprueban abusos policiales contra ellos, esos funcionarios implicados deben ser sometidos a la justicia.   La carta magna, de la cual soy firmante, es muy clara y precisa al respecto.   No se justifican maltratos bajo ninguna circunstancia. Ni puede justificarse que grupos armados parapoliciales, de ningún signo, actúen impunemente. La declaración del Presidente  con respecto a esos  grupos armados, y que me parece adecuada,  debe traducirse en hechos concretos.

Ahora bien, una cosa es la protesta justa y otra la utilización de ese descontento para tratar de llevar a Venezuela al barranco de una confrontación irracional, en la cual la pérdida de vidas, la violencia y el caos sean “daños colaterales” que poco o nada significan frente al “objetivo superior” de una supuesta “salida” que no sería otra cosa sino la entrada en una fase de  caos mayor. Porque así como una parte de la sociedad está inconforme con la acción del gobierno de Nicolás Maduro, otra parte, no menos importante, ve en cada barricada, en cada vehículo quemado, en cada destrozo a bienes públicos y privados la reedición de una película ya vista a comienzos de este segundo milenio, que derivó en el golpe de abril de 2002. Y va a ser difícil contenerlos, como ya ocurre con quienes tomaron la calle, unos pacíficamente y otros con la violencia como discurso y acción. Fórmulas no democráticas  nos llevan a “soluciones” antidemocráticas.

Aquí ya hemos sufrido los efectos de la polarización extrema. En esos escenarios la violencia se empodera y lo hace prácticamente sin control. Frente a ello tenemos dos opciones. Hacernos los locos  ante  ese peligro que ya tenemos encima  o marcar distancia de los violentos y de quienes  los azuzan sin atreverse a dar la cara y a asumir su responsabilidad política. ¿Vamos a  esperar que la otra cara de la moneda de esta realidad también tome la calle y se produzca el choque de trenes tan temido por la mayoría?
¿Esto que hemos visto los últimos días es  la salida que nos proponen?¿Esta es la vía para solucionar los graves problemas del país? ¿Debemos guardar silencio y dejar que se imponga la vía insurreccional? ¿Renunciar a la política y entregarnos a un cóctel de  testosterona, bilis y ansias de poder?

Es aquí donde la oposición democrática tiene que hacer su trabajo de conducción política, y de evitar que el radicalismo irracional les arrebate el timón. Ceder al chantaje del extremismo y andar al compás de piedras, barricadas y desmanes tiene su costo. La historia lo ha probado repetidamente. ¿Remember Chile 1973?

Y en cuanto al gobierno, aunque parezca tarde, es tiempo de reorientar el rumbo, de propiciar un diálogo sincero e inclusivo, con la dirigencia opositora democrática, con los empresarios, con los estudiantes e incluso con los trabajadores. ¿Para qué postergarlo más, si a la larga es lo que terminará abriendo las puertas a la solución de los graves problemas del país?  Una tarea  de primer orden es aislar a los violentos, del bando que sea, y crear condiciones para que se genere un clima de confianza. Aquí todos, comenzando por el gobierno, tenemos que rectificar. Eso es  mil veces mejor  que una matazón, en la cual el eterno perdedor es el pueblo.