• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

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Comienzo por confesar que el texto que sigue lo encontré en una revisión de papeles viejos, y mi sorpresa de constatar no solo que lo escribí hace 16 años, sino que lo entonces preocupante en cuanto al país, para desesperación inevitable sigue igual e incluso peor, y sin que parezcamos haber encontrado si no cómo salir de ello al menos alguna mejoría. Y es lo cierto, que a pesar de la avalancha de infamias y agresiones represivas con que nos agobian cada día todo es más de lo mismo. 

El régimen define como revolución bolivariana a un proceso que parece tener como primera prioridad la humillación de las personas y el irrespeto a la condición humana. Ejemplos frecuentes así lo confirman.

Alguna vez vi aquí y en Cuba, a pioneros cantándole en coro loas caletreadas a Fidel y el socialismo, y cuando daba eso de niños manipulados como cosa del pasado, vuelvo a verlos tratados sin escrúpulos, en abuso de su inocencia y para complacer militantes corruptos. Es una aberración del llamado sistema educativo el fomento de la memorización mecánica de textos, que terminan asimilados como dogmas con el aplauso docente a los escolares que dicen íntegro “lo aprendido” a fuerza de repetirlo (viejas taras).

Entre nosotros, evidencias palpables permiten concluir que a estos asaltantes la cultura no les es importante, ajenos a apreciar y respetar el valor social de los intelectuales, creadores y artistas, y de allí que se deba no solo darle un alto a la degradación de todo tipo que padecemos aquí y ante los ojos del mundo, sino en razón de nuestro derecho a una existencia honorable y en digna paz.

La calle es hoy el gran teatro, el escenario que acapara la atención de todos: pobres y ricos, chavistas y lo opuesto, creyentes y ateos. Ante el drama que se escenifica, el público, que sufre y se desespera por saber en qué momento y cómo ocurrirá el final, permanece atento y escucha las conjeturas ajenas. La  “reconstrucción interior” de cada uno, en términos de coherencia, es parte de la reconstrucción general del país, en la cual todos habremos de participar. Pero ello solo será posible al terminar esta pesadilla. Más que una “curación” del país, se requiere de una recomposición de las circunstancias, con una justicia que funcione y una moral para aplicarla.  

Hay términos que de tan usados parecen perder su significado, es el caso de “corrupto”, que por repetido devino en un apelativo casi vacío; así puede pasar con  “militarismo”, de grave vigencia en su esencia y alcances en la Venezuela actual, forma concreta de concebir la sociedad y la existencia los uniformados castrenses. Superada la masificación dictatorial del continente se tuvo la ilusión de respirar un aire más limpio, pero no tardaron en recordarnos con sangre, militares sureños, su apego a valores de otro orden.

Uno de mis deseos más sentidos, en relación con los entrañables amigos que hoy con dolor vemos irse del país, en justificada búsqueda y cuan comprensible necesidad humana, de otro lugar en el cual seguir adelante en ejercicio de su profesión, con la posibilidad de vivir en condiciones de poder ahondar en su formación y llevar adelante debidamente la vida y destino familiares, y cual expresión de preocupación por el devenir del país, estar pendiente de lo que en él sucede y en qué medida puede hacerse algún aporte al respecto. Es así que reitero como uno de mis deseos más sentidos, que la suma de circunstancias adversas que de algún modo fueron y son determinantes para la decisión de emigrar, sea superada en breve tiempo, gracias a la firmeza del pueblo en la lucha por la recuperación de los rasgos definitorios de nuestra conciencia política, y el decidido apego a altos valores éticos y cívicos.