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Ana Palacio

Lo que Europa se juega es Irán

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El mes pasado, la última ronda de negociaciones entre Irán y el P5+1 (Reino Unido, China, Francia, Rusia y Estados Unidos más Alemania) en Viena quedó eclipsada por la crisis en Crimea y la búsqueda del vuelo 370 de Malasia Airlines. Y si bien las discusiones continuarán la próxima semana, no hay certeza alguna sobre el resultado final, por lo que los líderes mundiales no pueden permitirse el lujo de distraerse.

Esto es especialmente cierto en el caso de Europa, cuya posición común en este asunto, hasta la fecha, ha resultado esencial. De hecho, fue el impacto de las sanciones europeas lo que finalmente empujó a Irán a la mesa de negociaciones, y la fuerza de una diplomacia europea unida lo que facilitó el “plan de acción conjunto” que establece las condiciones para llegar en el plazo de seis meses a un acuerdo exhaustivo y duradero.

Pero ahora, a medio camino del plazo establecido, no ha habido en realidad  progreso tangible alguno, pues las negociaciones del mes pasado no han producido avance en dos temas clave objeto de discusión: el nivel aceptable para el enriquecimiento de uranio en Irán y el futuro del reactor de agua pesada en Arak. El fuerte contraste entre esta falta de progreso en las negociaciones y las recientes declaraciones de Irán sobre la posibilidad de alcanzar un acuerdo final antes de julio cuestiona la estrategia y los objetivos de Irán. Estos dos aspectos han de ser tenidos muy en cuenta por los negociadores.

Clave para el éxito de esta empresa es la comprensión de la coyuntura en que esta negociación tiene lugar. Irán es tierra de contrastes. A partir de una reciente visita a Irán organizada por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (en inglés, ECFR), la coexistencia del arraigo de la tradición y la rapidez de las transformaciones se erige en impresión central de la realidad iraní.

El centro de Teherán es un hervidero de jóvenes y está repleto de mujeres con pantalones, tacones altos, pañuelos testimoniales y chaquetas a medio muslo ceñidas a la cintura, encarna el ansia de apertura. Más de 60% de los iraníes nacieron después de la Revolución islámica de 1979, y más de 40%, después de la guerra entre Irán e Irak en 1980. Para ellos, la revolución es un episodio de la historia y no fuente principal de sus valores personales.
Se hace también evidente la huella dejada por años de duras sanciones económicas. Pese a los notables esfuerzos por parte de los interlocutores iraníes para restar importancia al impacto de las sanciones, es difícil presentar de forma positiva una inflación superior a 30% y un crecimiento del PIB que se calcula no pasará de 1% este año.

La combinación de población joven y economía en ruinas constituye una mezcla explosiva y supone una amenaza existencial para el régimen. Y el régimen lo sabe. Es acuciante para los líderes de Irán llegar a un acuerdo con la comunidad internacional para mejorar la situación.

A estas cuestiones objetivas se añade el estilo de negociación de Irán que, al igual que su capital, puede resultar a la vez agotador y confuso. Y así, tras elaborar profusamente sobre la prohibición de las armas nucleares por el Corán, un interlocutor puede enlazar elevando a clave de bóveda de cualquier acuerdo el carácter inexpugnable a los ataques aéreos de la planta subterránea de enriquecimiento de uranio de Fordow.

La realidad es que Irán no tiene previsto renunciar a su capacidad nuclear. Las negociaciones no están dirigidas a la erradicación, sino al alargamiento de plazos de entrega; en concreto, a la limitación de los niveles de enriquecimiento de uranio a 3,5%, al logro de un acuerdo sobre el reactor nuclear de Arak y al establecimiento de un régimen riguroso de inspecciones. Pero estos objetivos podrían no alcanzarse; hasta la fecha las autoridades iraníes no han mostrado disposición a aceptar controles estrictos y verificables.

Por otra parte, Irán ha logrado apartar las negociaciones nucleares de cuestiones más amplias, como las relacionadas con su programa de misiles balísticos, su apoyo a grupos como Hezbolá, y su historial de incumplimientos en el ámbito de los derechos humanos. Puesto que Estados Unidos se muestra reacio a introducir algún elemento en la negociación que pueda resultar discordante, no existe posibilidad alguna de que cualquiera de estos temas sea abordado. Así, la reunión de la alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton, con disidentes durante su reciente viaje a Teherán no pasa de gesto simbólico.

Irán puede así apostar estratégicamente y sin trabas a que el conflicto sirio provoque el aumento de la fricción entre Occidente y su principal rival en la región, Arabia Saudita. Para Irán, firme partidario del régimen del presidente sirio Bashar al Assad, el deterioro de la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita es clave para cambiar el equilibrio de poder regional, sobre todo si va acompañado de una relajación de las sanciones económicas occidentales.

Este envite se ve reforzado por la percepción por parte de Irán de la motivación de Barack Obama por conseguir llevar a puerto este diálogo nuclear. En efecto, un acuerdo de larga duración sería a la vez un destacado logro de su política exterior, a la par que un gran impulso a sus esfuerzos para desligar a Estados Unidos de Medio Oriente.

Pero Irán también es consciente de que el tiempo corre en su contra. La presidencia de Obama entra en su recta final; todo indica que los republicanos podrían recuperar el control del Senado en las elecciones de mitad de mandato en noviembre, y los demócratas se muestran cada vez más reacios a que se les caracterice como débiles respecto de Irán. En el Congreso de Estados Unidos crece la hostilidad frente a un pacto. Y, cuanto más tarde llegue, más probable se hará que el Congreso lo sabotee.

En este contexto, a Europa le corresponde un papel clave. Frente a la reputación de que Europa es un actor débil en política exterior, su papel en atraer Irán a la mesa de negociación es principal en las conversaciones. Destaca asimismo que fue la insistencia de Francia en imponer controles más rigurosos lo que inicialmente bloqueó un acuerdo en Ginebra en noviembre pasado.

Hace una década, Europa decepcionó a Irán al retirarse de las negociaciones bajo la presión de Estados Unidos, un movimiento que algunos sugieren impulsó el ascenso al poder del expresidente Mahmoud Ahmadinejad. Hoy en día, Europa es un actor clave a la hora de abanderar la evolución positiva del proceso, en particular en el caso de que el Congreso de Estados Unidos torpedee un acuerdo razonable.

Una posición común de Europa con respecto a Irán nos ha permitido tener un impacto mayor que en cualquier otro asunto de importancia en política exterior. Este logro es al tiempo un modelo para el futuro y una lección para el presente. Al preservar esta unidad de propósito y mantener la presión y el impulso negociador que ha generado, Europa puede demostrar a Irán, a Estados Unidos y a sí misma que, cuando quiere, puede erigirse en un actor global de primera línea.

 

*Ex ministra de Asuntos Exteriores de España y ex vicepresidenta primera del Banco Mundial; es miembro del Consejo de Estado de España.

 

Copyright: Project Syndicate, 2014.