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Aníbal Romero

Europa golpeada en el corazón

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Las atrocidades terroristas en París pudieron en realidad haber ocurrido en muchas partes de Europa. Amsterdam, Londres, Bruselas, Roma y Berlín, entre otras ciudades, presentan iguales problemas y vulnerabilidades que la capital francesa, problemas vinculados a sus comunidades islámicas y a los grupos más radicalizados dentro de las mismas. Lo ocurrido en París coloca a Europa entera ante el fin de numerosas ilusiones y la agudización de severos dilemas. Dos mitos hasta hace días corrientes entre los europeos sufrieron un certero golpe directamente al corazón: el mito de la armonía multicultural y el mito kantiano de la paz perpetua.

Es inútil engañarse. Lo que vaya a pasar en adelante con respecto a la libertad de expresión, la democracia, el Estado de Derecho y la convivencia entre diversos sectores étnicos y religiosos en Europa, será el producto de lo que nuevas y quizás más audaces células terroristas sean capaces de hacer. Ninguna sociedad posee ilimitadas energías para aguantar sostenidas y dolorosas heridas como las experimentadas la pasada semana por la sociedad francesa. De hecho, ya el gobierno francés decidió desplegar 10.000 soldados en las calles para proteger “sitios sensibles”, y no me cabe duda que la represión sobre las amplias agrupaciones de jóvenes musulmanes se acentuará, de maneras sutiles y no tan comedidas también. Ninguna sociedad medianamente abierta y democrática permanece igual bajo una sostenida ofensiva terrorista. Significativos cambios tienen lugar a raíz del miedo, no importa cuán masivas sean en un comienzo las manifestaciones de repudio de la gente y sus dirigentes.

El asunto es complejo y ya buena parte del daño está hecho. Con su demagogia de décadas, las élites políticas, económicas, intelectuales y comunicacionales de Europa, decisivamente dominadas por el consenso de centro-izquierda y “políticamente correcto”, se auto-infligieron dificultades que ahora les resulta muy complicado y costoso superar.

Como han señalado expertos en la materia, ya en Francia, para mencionar este caso, la policía y otros organismos de seguridad encuentran difícil o hasta imposible llevar a cabo sus tareas en extensas áreas urbanas del país, habitadas abrumadoramente por musulmanes. El uso de informaciones suministradas por “agentes dobles” o “soplones” se hace cuesta arriba en comunidades cerradas, donde la solidaridad étnica y religiosa es densa, en las que impera el miedo y donde la retaliación es segura.

En el trabajo de inteligencia estratégica existe una distinción clave entre lo que se denomina “ruido” y “señales”. El ruido lo constituyen todas las informaciones, ciertas, falsas o ambiguas, acerca de los adversarios y sus planes; las señales son las informaciones ciertas y precisas que nos indican quiénes, cuándo, cómo y dónde se van a producir las acciones enemigas. El desafío crucial es conocer las señales antes de que los hechos tengan lugar, para así evitarlos, pero la experiencia demuestra que ello es muy difícil y a veces sencillamente imposible. Las señales se mezclan con el ruido y crean un clima de confusión e incertidumbre, que con demasiada frecuencia no logramos disipar sino después de que sucede lo que intentábamos en primer término impedir.

No pretendo disculpar a los servicios de seguridad franceses, que se cuentan entre los más eficientes del mundo, por las fallas que hayan podido ocurrir con respecto a los recientes ataques en París. De hecho, los terroristas que les llevaron a cabo eran conocidos para la inteligencia francesa y estadounidense, uno de ellos había permanecido durante tres años en Yemen y el otro había buscado viajar a Irak con propósitos de entrenamiento, y se sabía de las conexiones de ambos con las redes radicales islamistas en Europa. No obstante, a estas alturas son seguramente miles los terroristas activos y potenciales en el continente europeo; resulta sencillamente inalcanzable la meta de vigilarles y controlarles a todos durante todo el tiempo, y sin duda no pocos son desconocidos todavía para la policía en los distintos países donde se preparan con tenacidad y paciencia para actuar.

A estos retos operacionales hay que sumar las inhibiciones y complejos que la “corrección política” predominante ejerce sobre los dirigentes europeos, tanto en el ámbito propiamente político como en el comunicacional. No solamente ha sido suprimido o asfixiado por demasiado tiempo un debate a fondo acerca del fundamentalismo islámico y sus consecuencias, sino que aquéllos que han tenido la visión y el coraje para plantearlo y advertir acerca de los peligros del islamismo radical para Occidente, han sido y son objeto del veto y la marginación por parte de los partidos políticos dominantes y de la abrumadora mayoría de los medios de comunicación, sometidos casi todos a la dictadura mental de ese consenso blando de centro-izquierda que predomina en la Europa actual, un continente envejecido, desengañado y ansioso de que la Historia le deje tranquilo para disfrutar de su apacible hedonismo.

Un patente y vergonzoso ejemplo de lo anterior fue la actitud de los principales partidos políticos y medios de comunicación franceses ante Marine Le Pen y su padre, así como su Frente Nacional, con relación a la marcha republicana del pasado día domingo. En particular el partido socialista, ahora en el poder, ni se dignó a invitarles a un acto que presumiblemente simbolizaba la unidad nacional ante el terror, sino que de paso numerosos dirigentes de esa izquierda hipócrita y autocomplaciente que aún ejerce tanta influencia en Francia, se dedicaron a estigmatizar a un movimiento político que representa al menos a 25% del electorado, quizás más que eso, y cuyo líder principal, la carismática “Marine”, tiene buen chance de convertirse en la próxima Presidente del país.

Hollande, Sarkozy, Merkel y Cameron, entre otros, parecen mucho más preocupados por el crecimiento de los partidos y movimientos de derecha en sus propios países, partidos y movimientos que tanto han hecho por alertar sobre los riesgos que enfrenta Europa, que por el impacto del radicalismo islamista. Semejante actitud, tan prejuiciada como miope, les cobrará cada vez un tributo más elevado a los partidos tradicionales en las urnas electorales.

A la predominante cultura de izquierda en Occidente, llena de mitos y acosada por sus quimeras, se suma una notoria dificultad ideológica para entender el radicalismo islámico, sus raíces y significado. Arrellanados en nuestro cómodo hedonismo posmoderno, no queremos comprender la vigencia del fanatismo en amplios grupos humanos que reclaman para sí el legado religioso y cultural islámico. Se habla a la ligera de un “Islam moderado”, y hasta se citan cifras, que nadie sabe realmente de dónde salen, según las cuales sólo una minoría de musulmanes alrededor del mundo, en Europa y Francia, apoyan el terrorismo.

Francamente no creo que nadie pueda estar seguro de ello. Pero en todo caso, considero que aún si admitimos que el fundamentalismo integrista representa sólo una minoría de la opinión en el ámbito islámico, y que el terrorismo tiene un apoyo débil y minoritario, la presunta “mayoría moderada” hace muy poco o casi nada para manifestar sus sentimientos, para contrarrestar a los radicales, o para adelantar reformas que permitan al mundo islámico acceder sin tantos y tan profundos traumas a los valores de libertad, democracia, igualdad jurídica y de género propios del mundo moderno.

No soy optimista al respecto. Creo que quienes sí lo son conocen demasiado poco, o casi nada, con respecto al Islam, su historia, rasgos ideológicos y políticos. No pretendo ni mucho menos pronunciarme como un experto en el asunto, pero lo poco que he leído, en especial las páginas luminosas que sobre el tema escribió el gran historiador suizo Jacobo Burckhardt en su libro Juicios sobre la historia y los historiadores, me indica que el Islam se ha sostenido incólume por siglos debido precisamente a que se niega a cambiar, profesa un inmenso orgullo de sí mismo, sus tradiciones y sus logros espirituales, así como un inocultable menosprecio hacia los llamados “infieles”. Por lamentable que ello sea, existe en el Islam un impulso conquistador que con facilidad se transforma en violencia en algunos espíritus.

Por encima de todo, insisto, a Occidente en general y a los europeos de hoy en particular les resulta muy difícil admitir que otros están dispuestos a matar y morir por sus creencias. Nuestra civilización materialista, agnóstica y escéptica, que ha encontrado su punto culminante en lo que se ha dado en llamar el “sueño europeo”, enfrenta en el radicalismo islámico un adversario que pone a temblar en sus cimientos toda la frágil estructura de mitos e ilusiones que tanto nos reconfortan. El porvenir de tales convicciones tranquilizadoras dependerá, insisto, de lo que puedan o no hacer los terroristas en los tiempos que se avecinan; pues no me cabe duda que a pesar de los gestos heroicos, de los llamados a la resistencia y defensa de los valores occidentales, de las marchas y manifiestos, una concertada y eficaz acción terrorista a lo largo del tiempo erosionará gradual pero eficazmente las murallas protectoras de nuestras vulnerables democracias.