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Eddy Reyes Torres

“Eunomia” o buen gobierno

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La civilización de Occidente es heredera directa del milagro de Atenas, cuna de la democracia. En un período breve que se inicia con Solón hacia el año 600 antes de Cristo. Solón fue la primera gran figura del mundo griego y se le recuerda por haber salvado a Atenas con su decisión de prohibir que los ciudadanos atenienses pudieran ser esclavizados en razón de sus deudas. La constitución que aprobó fue la primera que se creó con el propósito de mantener la libertad de los ciudadanos. Como gran estadista que fue explicó su política con el concepto de “Eunomia” o buen gobierno, que no es más que el equilibrio de los intereses contrapuestos de los ciudadanos.

En su natural evolución y perfeccionamiento, la democracia ateniense incorporó la figura o institución del “ostracismo”. Esa institución permitía que cualquier ciudadano pudiera escribir el nombre de la persona –también ciudadano– al que consideraba peligrosamente popular o notable por alguna otra razón. En esa práctica subyacía la preocupación de que tales ciudadanos (populares o notables) pudieran crear una tiranía. Se consolidaba así una preocupación colectiva fundamental: que el problema central de su democracia era evitar una tiranía. Ahora bien, la institución del ostracismo no consideraba el destierro como un castigo, pues el desterrado conservaba todos sus derechos, salvo el de residir en la ciudad. Y aunque el desterrado podía ser reconocido como alguien notable, digno de tributo, la idea de la institución era una sola: en una democracia nadie es insustituible y por mucho que admiremos el liderazgo, hemos de ser capaces de hacerlo sin ningún líder particular; de lo contrario puede convertirse en nuestro amo, y la principal tarea de la democracia consiste en evitarlo.

Richard Sennet nos da más detalles de la figura del ostracismo: “En el espacio abierto del ágora tenía lugar el acto político más serio de los atenienses: el ostracismo o sea enviar a una persona al exilio fuera de la ciudad. Una vez al año todos los ciudadanos se reunían para decidir si determinados individuos se estaban haciendo tan poderosos que amenazaban con convertirse en tiranos; se pronunciaban discursos y se elaboraba una lista. Dos meses después los ciudadanos volvían a reunirse (…) Cuando los ciudadanos se reunían de nuevo, si algún hombre recibía más de 6.000 votos, pasaba los siguientes diez años en el exilio” (Sennet, Richard, Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza Editorial, Madrid, 1997, pp. 59-60).

Hoy por hoy, la institución del ostracismo, en los términos antes descritos, es inaceptable. Sin embargo, considero que como metáfora tiene plena vigencia y sigue siendo el gran reto que tiene la democracia liberal. El liderazgo es inevitable en las relaciones humanas y la historia se ha encargado de retratarnos sus virtudes y perversiones. Contra su versión negativa solo nos queda reforzar en hombres y mujeres la educación y los sentimientos de igualdad, autonomía e independencia, únicos antídotos contra la mentalidad de súbdito o cualquier otro tipo de dependencia. Los padres fundadores de la Revolución norteamericana siempre tuvieron claro que el bienestar del país y el funcionamiento de sus instituciones políticas dependían de la educación de todos los ciudadanos. La experiencia de ese país ha demostrado que es allí donde está la clave para alcanzar la “eunomia” o buen gobierno.

 

@EddyReyesT