• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Eduardo Mayobre

Etiquetas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Enrique Krauze publicó el 4 de noviembre, en el suplemento Siete Días de este periódico, un trabajo titulado “Decálogo del populismo”, en el cual describe y analiza de manera certera los gobiernos de Juan Perón, en Argentina, y de Hugo Chávez, en Venezuela. Los engloba a ambos bajo la etiqueta de “populistas” e intenta extender esta caracterización a otros gobiernos que existen o han existido en América Latina. La generalización no es feliz porque incurre en dos errores.

En primer lugar, acepta, por lo menos implícitamente, la definición según la cual es populista toda política que se aparte de las leyes del libre mercado. En los tiempos de Margaret Tatcher y Ronald Reagan se usó el término populista para referirse a quienes no aceptaran incondicionalmente la globalización de libre mercado que sus gobiernos pretendían imponer en el planeta. Se les aplicó casi como un insulto y se metió en un mismo saco a gobiernos respetables, como los escandinavos y los de la Concertación en Chile, junto a regímenes impresentables como los de Perón y Chávez. Dado el largo uso de la práctica, la etiqueta “populismo” puede resultar por lo menos ambigua y adosarse a gobiernos tan disímiles como los de Lula y Fujimori.

En segundo lugar, los regímenes que funcionan de acuerdo con el decálogo de Krauze no se prestan a generalizaciones. Por la simple razón de que, como él mismo dice en la primera de sus consideraciones, “el populismo exalta al líder carismático. No hay populismo sin la figura del hombre providencial que resolverá, de una buena vez y para siempre, los problemas del pueblo”. Esta dependencia de una voluntad personal hace que cada uno de esos gobiernos sea sui géneris. No es lo mismo Mussolini o Stalin. Ni Chávez o Perón.

La potestad del líder carismático de cambiar de parecer hace incluso difícil caracterizar un mismo gobierno en términos de conceptos generales. Todavía se debate, a casi 40 años de su muerte, si Perón era de izquierda o de derecha. Y en Venezuela el chavismo ha seguido los volubles estados anímicos del comandante, el cual ha recorrido doctrinas que van desde el militarismo perezjimenista hasta el marxismo del Manifiesto comunista, pasando por el fascismo de Norberto Ceresole, el pragmatismo de Luis Miquilena, la tercera vía de Tony Blair, el antiimperialismo oportunista de Fidel Castro y los preceptos de El oráculo del guerrero.

Como señala Krauze “el populismo fabrica la verdad” y lo hace a través del caudillo. Por ello acostumbra a crear supuestas ideologías que éste formula e interpreta. Perón la llamó justicialismo y Chávez, socialismo del siglo XXI. Según las circunstancias, incluso personales, tales ideologías son tan maleables que se puede cambiar muerte por vida según la repercusión que tales palabras produzcan en el ánimo del líder. De manera que cualquier ideología es posible siempre que sea conocida y adoptada por él. Por lo tanto, no poseen denominador común que permita la generalización y aplicarles una misma etiqueta.

El problema con las etiquetas es que conducen al maniqueísmo. Fascismo o comunismo, democracia o dictadura, cristianismo o islamismo se utilizan para formar bandos opuestos, a menudo irreconciliables. El líder carismático necesita ese enfrentamiento para convocar a sus seguidores y darles una causa por la cual luchar. Pero el maniqueísmo es igualmente deletéreo si divide entre revolucionarios y fascistas o entre populistas y demócratas. Por ello son muy peligrosas las generalizaciones al voleo y extraña que una inteligencia tan sólida como la de Krauze las utilice alegremente, al menos en el trabajo comentado.

El asunto principal es la ambición y el ejercicio del poder por el líder que se considera a sí mismo indispensable. La última de las consideraciones del decálogo que comentamos comienza así: “El populismo mina, domina y, en último término, domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo abomina de los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la ‘voluntad popular”. La frase es impecable si sustituimos la ambigua y falsa etiqueta de populismo por el nombre de los líderes carismáticos: Perón, Chávez, Mussolini, Stalin, Mao, Hitler, Castro.

Aunque pudiera resultar legítimo el intento de indagar sobre lo que esos regímenes personalistas y autoritarios tienen en común, no parece justificado utilizar dicotomías ideológicas como las de libre mercado e intervención del Estado para ponerlos a todos en un mismo lado de la ecuación. Ahí está la falla del escrito de Krauze, porque confunde el análisis con el proselitismo, no obstante su brillante descripción de las arbitrariedades de los gobiernos de Chávez y Perón.