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S:D:B Alejandro Moreno

Ética de la violencia necesaria

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Los acontecimientos de las últimas semanas marcados por una violencia represiva oficial que parece encaminada a la extralimitación absoluta y, al mismo tiempo, por una resistencia de la sociedad en su conjunto, tenaz y valiente, han planteado a la conciencia nacional la angustiosa necesidad de comprender y explicarse tanta virulencia de quienes detentan el poder, dada su impactante novedad en nuestra historia y en lo que cada uno de los ciudadanos ha vivido hasta hoy. De la tenacidad y valentía del venezolano tenemos larga experiencia; lo que sorprende, en cambio, y reclama comprensión racional, es la furia y saña, el total descontrol de bestiales impulsos, la profusión de sangre y muerte que organismos militares y paramilitares, alabados y públicamente ensalzados en su brutal conducta por el mismísimo presidente de la República, han volcado a raudales sobre quienes simplemente se han atrevido a ejercer sus derechos a la protesta y a la defensa pacífica contra tan extrema y mortal violencia.

Ningún acontecimiento es comprensible si no se lo ubica en el horizonte hermenéutico, esto es, en el marco de conceptos, representaciones, ética y valores en el que adquiere sentido y significado.

La violencia oficial del Estado venezolano está inserta en el horizonte de significación propio de una revolución de ideología y valores socialistas marxistas. Sólo ahí se hace comprensible su abismal trasfondo ético que permite actuar así con conciencia de justificación moral. Aunque parezca absurdo, en ese horizonte hermenéutico, el mal, sabiéndose mal y sin dejar de ser mal, está éticamente justificado de modo que se convierte en bien. Pongámonos en condiciones de entender el intrincado razonamiento de uno de los teóricos más inteligentes e importantes de la revolución socialista, Georg Lukács: “La ética comunista hace que el deber más alto sea aceptar la necesidad de hacer el mal. Es el mayor sacrificio que la revolución exige de nosotros: que el verdadero comunista llegue a convencerse de que el mal se transforma en bendición a través de la dialéctica de la evolución histórica”. Hay más: “El asesinato no está permitido; el asesinato es un pecado incondicional e imperdonable. Sin embargo, es ineluctablemente necesario; no está permitido pero debe cometerse”. Max Weber diría que ésta es la propia ética de los “fines absolutos” que vuelve moralmente buenos todos los medios, incluso los más perversos, encaminados al fin radicalmente necesario. Y la revolución es el más absoluto de todos los fines porque es el propio destino de la especie humana. El fin absoluto dota al revolucionario de un estatuto ontológico y moral indiscutible que santifica la violencia. Lenin: “Nosotros reharemos el mundo”. ¿No nos suena aquel “salvar el mundo” de Chávez? Zinoviev: “Debemos ganar para nuestra causa al noventa de los cien millones de rusos. Sobre los demás no hay nada que decir: deben ser aniquilados”. Sobran los textos y falta el espacio.

En el contexto de la revolución surge con sentido de santidad ética el texto de la violencia asesina. Nada ni nadie nos podrá librar de los que convierten en bien el mal sin que deje de ser mal. Ética de los fines absolutos, ética del mal absoluto.

Sobre este fondo hay que entender y comprender términos tales como: diálogo, paz, vida, convivencia, inclusión y todos los demás que se pronuncian en el ámbito del socialismo siglo XXI. De la llenura de esos corazones hablan esas bocas.

“Vince in bono malum” (Rm. 12,21): vence al mal ahí, en un corazón sin argucias, lleno del bien que no deja de ser bien, de la paz que no deja de ser paz, del amor que no deja de ser amor.