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Juan Carlos Gardié

Ética con manubrio (El conspicuo fiscal)  

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Buscamos un bucólico espacio cercano a la ciudad. En la carretera, tuvimos el desagradable encuentro con un grave accidente de tránsito: un motorizado chocó contra una camioneta. Aquello fue, sin duda, mortal. Mucha gente. Muchas patrullas. Dos ambulancias. Dos grúas y un enjambre infinito de agresivos motorizados gritando improperios de todo color, forma y tipo. Nada que hacer. Nosotros, como corresponde, lamentamos el asunto, hicimos algún comentario en tono de “popule meus” y continuamos.

Al llegar al sitio escogido, el café colombiano amenizó la tertulia. La arquitectura del pueblito alimentó la disertación sobre estética que condujo brillantemente mi discípula menor, quien concluyó:

—En resumen, la estética es una disciplina filosófica que estudia la belleza en cualquiera de sus posibilidades.

—Mi prima cree que “estética” es pintarse las uñas de los pies, usar cremas contra la celulitis y ponerse los chicharrones lisos –dijo divertida mi esposa.

—¿Y no es eso, pues? Yo ayer fui al salón de estética y me hicieron estas mechitas plateadas –acotó entrometida la señora que servía el café y escuchaba todo con atención y sin disimulo alguno. Luego supimos que dicta talleres de contraloría social y le dicen “la ministra: si no lo sabe, lo inventa.”

A golpe del segundo expreso con algo de rayadura de limón y el impepinable golfeado, manjar que exalta la gastronomía del lugar, mi otra discípula, la magister, introdujo el tema de la ética, como natural consecuencia de lo anteriormente conversado. Coincidimos sin mayores contradicciones en que la ética judeo-cristiana contenida en la ley mosaica, se extiende a niveles macrosociales para convertirse en el basamento moral de las naciones que estructuran la cultura occidental. Venezuela forma parte de ese sector del concierto internacional de naciones, pero en los últimos años se ha empeñado, como mula, en considerar más que hermanos a los Estados terroristas derivados de los ismaelitas, mientras vomitan maldiciones sobre los descendientes de Isaac. Nuestros líderes parecen ignorar que Jesús de Nazareth proviene de la línea de David, es decir, a partir del hijo de Sara y no del sector representado por el vástago de Agar. La cúpula rojita invoca en cadena nacional el nombre de Dios, saben mucho de idolatría y de supuestas eternidades pero muy poco conocen de la fe en el Dios verdadero.

La ética de la que hablamos debe ser sustancia de todo código que se aplique a circuitos sociales de menor tamaño y trascendencia que la nación como concepto. Los diversos gremios profesionales que constituyen buena parte del quehacer productivo y de la prestación de servicios deben tener su código ético con características particulares y, en algunos casos, con detalles muy especiales. Cada grupo profesional: su ética.

Terminó la tarde y todos felices. La neblina dio el toque especial para el retorno. Pero al otro día, el sueño desapareció súbitamente cuando nuestra absurda realidad social actual asomó su rostro. Cuando me dirigía al trabajo, me encontré con el manual de ética de los motorizados. ¡Válgame Dios! Mientras escuchaba la gran noticia por la radio de mi carro, yo transitaba por la avenida principal de Bello Monte y dos motorizados venían directamente hacia mí comiéndose la flecha y a 100 kph. Cambié luces. Toqué corneta. Grité. ¡Nada! Me esquivaron mentándome la madre y uno golpeó el espejo retrovisor de mi puerta.

—¡Apártate escuálido! –gritó.

A duras penas me detuve donde me fue posible con la intención de pasar el susto. Continué escuchando la radio pero ahora con la boca abierta. El vocero del “gremio de trabajadores motoristas” aseveraba que, al difundir un librito contentivo de ciertas normas éticas, contribuirían al bienestar de la ciudad capital. Sin poder creerlo, justo en ese instante, vi a otro motorizado sin casco. Transitaba feliz sobre la acera llevando como parrillera a una afrodescendiente con sobrepeso adornada con una blusita a nivel de ombligo y enseñando la tapa superior de su alcancía posterior, coronando con un hilo en forma de “T” y de un color muy llamativo que venció por completo mi imaginación. En medio de ambos, un niño de unos 5 añitos con una chaqueta de los Leones del Caracas abrazaba a quien, supongo, era su padre y, guardada su espalda por la parrillera antes descrita, bajaron de la acera y tomaron ¡por la dirección contraria a la permitida y, además, ¡violando la luz roja del semáforo! Del tiro apagué el radio.

Me dispuse a continuar mi camino tratando de relajarme, pero fue imposible. Al llegar al próximo semáforo, la luz roja me hizo detener. A mi lado, una moto con dos señores flacos, pómulos sobresalientes, miradas vidriosas y rojizas, barbas de tres días, caras de muy malos hábitos y viéndome sin ninguna discreción. Hurgaban visualmente en todo el interior de mi carro. Por suerte, un policía del municipio se apareció en esa esquina y mucho antes de cambiar la luz, los motorizados arrancaron a toda velocidad. Bajé el vidrio y le pregunté al oficial:

—Amigo, disculpe, pero ¿ellos no tienen que respetar el semáforo igual que yo?

El policía me respondió altanero:

—¿Qué quieres, que sople mi silbato y me caigan a plomo?

Entonces contesté:

—Siendo así, no tendrás problema en que yo también arranque, porque lo que es bueno pal’ pavo, es bueno pa’ la pava.

—Deténgase a la derecha, ciudadano. Y vaya sacando sus papeles –respondió impositivo.

—Lo siento, amigo. Lo haré cuando usted detenga a los tipos de la moto –dije y arranqué picando cauchos. La verdad es que sentí el placer transgresor de Artaud, nada me importó. Fui La Cantante Calva al volante. La absurda realidad me solapó y sentí el caos de la ciudad con la brisa que agredía mi cara al cruzar algunas cuadras a gran velocidad.

Me calmé y retomé la razón. Ahora el motorizado que tenía a mi lado era otro policía.

—Ciudadano –me dijo–. ¿Usted se volvió loco?

Y le contesté bajo un sopor indescifrable:

—Quizás por un momento, oficial, pero creo que locos están los que manejan este país. Tenemos leyes que regulan el tránsito terrestre, pero los motorizados están exentos de ellas. Rompen retrovisores, rayan puertas de vehículos, te chocan y se aglomeran para lincharte aun sabiendo que tú no eres culpable, se estrellan solitos contra tu vehículo y te quieren cobrar por eso, se comen las luces, se comen las flechas, andan sobre las aceras, estacionan donde les da la gana y nadie hace nada serio al respecto. Ellos son el caos del tránsito superficial de esta ciudad. Simbolizan la incivilidad y el desorden. Constituyen una seria y comprobada fuente de hampa común y sicariatos. Muchos andan armados, organizados o no, colectivos o no. Estos motorizados, con contadas excepciones, son como la temperatura de un cuerpo afiebrado: solo son un indicador de la podredumbre infecciosa que está por dentro. No es la fiebre el problema, no es el motorizado el problema, es la causa de la fiebre, es todo lo que está por detrás y por debajo de eso. Este gobierno mediocre parece encontrar un populista y beneficioso placer en el caos de las motos. Todo el que se hace la vista gorda ante este problema es cómplice de una anarquía que sirve a fines inconfesables. Esto no fue heredado. Esto es uno de tantos exabruptos propios del luto rojo que se vanagloria de tres lustros.

—Usted va detenido –dijo el conspicuo fiscal con los ojos desorbitados.

—¿No quiere ver mis papeles? –respondí.

—Va detenido –repitió.

Saqué mi teléfono celular, marqué un número ficticio y en voz alta, plena de autoridad, me hice escuchar:

—Primo, sí soy yo. Aquí el oficial… ¿cómo me dijo que se llama usted…?

—Martínez –respondió remolón y muy cuidadoso.

—Martínez. Sí, el oficial Martínez. Me quiere llevar preso por comerme una luz roja, ¿qué tal?, ¿espero a tu gente aquí? Ok. Frente a la heladería de siempre. Sí. Mándame a esa gente ya, urgente. –Colgué y le dije al policía:– No me muevo, amigo. El que va a tener problemas es usted.

Hubo un breve silencio. Nos miramos desafiantes y habló:

—Mire, amigo. Llame a su primo y dejemos esto así. Váyase que yo me hago el loco.

—Bueno, déjeme llamarlo –comenté.

El tipo arrancó y yo me quedé reflexionando sobre la ética. En este país hay que sobrevivir. Total, como diría Rodolfo Santana: “La empresa perdona un momento de locura”.

Mientras tanto, en algún lugar, están repartiendo el código de ética de los motorizados, y en otro lugar, palaciego, siguen riéndose creyéndonos idiotas. Por suerte, esto será breve. El tiempo de Dios es perfecto.