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Luis Pedro España

¿Ética o ideología?

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Los proyectos ideológicos se pretenden muy éticos pero realmente no lo son. La diferencia fundamental entre un proyecto político ético y otro que no lo es por privilegiar sus principios ideológicos está en que, para el primero, los medios utilizados para llegar a los objetivos cuentan, mientras que para el segundo, no.

Un proyecto ideológico aceptaría sacrificar a un ser humano específico si creyera que esto es necesario para que se salvara toda la humanidad. Para un proyecto ético eso sería inadmisible. Lo ideológico no repara en los medios para alcanzar sus metas. Disfraza sus sugerentes y altivos objetivos con eufemismos que ocultan lo que efectivamente no son más que bochornosas bajezas. Es por eso que muchos de los movimientos que comenzaron persiguiendo utopías terminaron exponiendo cínicamente sus contradicciones e hipocresías.

La historia está repleta de guerrillas financiadas por el narcotráfico, mesianismos que convierten a su líder en excéntricas deidades del jet-set internacional, movimientos ecológicos carcomidos por la corrupción de sus funcionarios o proyectos políticos anquilosados que recurren a la mentira, el soborno y la compra de conciencias para mantener su vigencia. Todos estos son algunos de los destinos fatales que tarde o temprano aguardan a lo que inicialmente fueron planes salvadores que cautivaron a las masas.

Este tipo de proyectos sobreideologizados, con intención o sin ella, creen que las convicciones, cuanto más fuertes sean, están dotadas de una mayor carga ética. El voluntarismo, la conciencia de clase o ideológica, la disciplina, la obediencia, la perseverancia y el tozudo empeño por mantener las propias convicciones se confunden y pretenden como principios éticos. Todo lo anterior no son más que atributos que indistintamente pueden servir a Dios o al Diablo y, por lo tanto, nada dicen sobre la observancia de principios y sobre la naturaleza de las creencias políticas o sociales.

Un proyecto ético considera que los medios forman parte de los objetivos. Parte de que no se puede llegar a la justicia incurriendo en injusticias; a la probidad, permitiendo la corrupción, o a la democracia, utilizando mecanismos autoritarios.

La historia de todo proyecto de transformación que supone obedecer ciegamente la doctrina, sea ésta política o religiosa, termina en ominoso fracaso si no repara en que la forma de actuar y los caminos emprendidos son necesariamente consustanciales con aquello que se persigue.
Muchos, si no todos, de los movimientos que son más revolucionarios que éticos, terminan siendo permisivos ante la corrupción, la violación de los derechos humanos o el abuso de poder. Tratan de cubrir sus inviabilidades permitiendo excepciones que luego se convertirán en reglas de su proceder. Por ejemplo, se hacen la vista gorda de comisiones porque el proceso está bajo de financiamiento; permite el nombramiento de jueces complacientes porque se necesitan injustas decisiones para seguir avanzando en el proyecto; excusa el comportamiento inadecuado de aliados por cálculos de conveniencia, hasta que, finalmente, voltean la cara frente al asesinato o la tortura porque se trataba de un enemigo, traidor u opositor.

Ese es el camino de la perdición de todos esos movimientos y, en nuestro caso, no somos la excepción. Estamos cruzados de hechos sorprendentes de corrupción, injusticias, desgracias, mentiras e injurias que nacen dentro del mismo Estado, que no pueden ser planificadas y mucho menos ejecutadas sino desde las altas esferas del poder político y económico y, sin embargo, parecieran gozar de la aquiescencia de quienes en el discurso se dicen éticos, rectos y mástiles del proceder revolucionario.

Por el bien de unos, que sirva de oportunidad para el resto; los ideológicos debe irse a las duchas y los éticos ocuparse del cambio.