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Leopoldo Tablante

Estrés postraumático

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Al llegar de Europa, en 1919, luego de triunfar durante la Primera Guerra Mundial como director de la banda marcial del regimiento de infantería 369, mejor conocido como los Harlem Hellfighters, el músico James Reese Europe fue asesinado en Boston por uno de sus percusionistas, Herbert Wright. Wright, quien había llegado particularmente ansioso de la guerra (los Hellfighters, animados por la contundencia de su banda marcial, se caracterizaron por su fiereza en el campo de batalla), asesinó a Europe con una navaja de bolsillo de un tajo en el cuello. La causa: Reese le habría llamado la atención por indisciplina a Wright y éste se había resentido tanto que resolvió desquitarse.

Nadie tenía idea de que el demonio que le tenía los nervios atenazados a Wright era un cuadro apenas codificado en 1980 por la Asociación Americana de Psiquiatría luego de registrar casos de veteranos de Vietnam víctimas de flashbacks y raptos esquizofrénicos. Esa condición se conoce hoy como “estrés postraumático”, la padece alrededor de 14% de los veteranos que han servido en Irak y Afganistán y tiene que ver sobre todo con el arraigo de la noción del tiempo personal en el presente: un presente hostil y ficticio modelado por el complejo de culpa y las paranoias de la batalla, un presente lleno de enemigos espectrales. La ficción de ese presente es, en Estados Unidos, la condena de muchos jóvenes que se sacrifican para garantizar que su país siga siendo la primera potencial militar del mundo.

Un documental israelí en dibujos animados, Waltz with Bashir (Ari Folman, 2008), describe la mecánica del estrés postraumático. En un punto del relato, un soldado israelí que participó en la invasión al Líbano en 1982 cuenta que, al comienzo, él vivió la guerra como si su mente la hubiera convertido en una película. Todo lo que percibió y todas las acciones en las que participó eran una especie de captación dentro del formato de una cámara de cine. Pero llegado un punto, la cámara se rompió y lo que antes era distancia envolvió sus reflejos, su memoria y su contacto con el mundo como un pánico tenaz y tangible.

Hace algunos meses conocí a ese mismo soldado en la forma de un inmigrante colombiano con residencia en Texas. El hombre se me presentó como un guerrero profesional, destacado en varias misiones en Irak y amante de su trabajo. “La guerra es un oficio fascinante y divertido”, me dijo sonriendo, marcando con el pie el compás de la salsita que sonaba de fondo. Mientras me exponía su vocación, su cuerpo disparaba espasmos: guiños incontrolados del ojo izquierdo o una descarga eléctrica que hacía que su cuello halara su cabeza hacia el lado contrario del interlocutor. A pesar de que el filo de esos reflejos erizados no se avenía con una vocación que interpreta el combate como técnica y autocontrol, lo escuché, un poco inquieto, eso sí.

Claro, la mayoría de los veteranos no se deja encantar por el arte de la guerra. Muchos se alistan y se van porque el ejército es un incentivo económico que, más tarde, les permite acceder a una educación civil que los aleja del desempleo y les permite trepar la escalera de la movilidad social. Su familia respeta la decisión con discreto silencio, el mérito mínimo para una persona que tiene el derecho de ahorrarse sus pesadillas. Ésos son sin embargo los triunfadores entre todos los otros casos que se saldan en mutilaciones radicales, cuadros psiquiátricos irreversibles y muertes violentas.

Esta columna me sorprende en Santa Fe, Nuevo México, cerca del laboratorio de Los Álamos donde fueron desarrolladas “Little Boy” y “Fat Man”, las bombas atómicas que arrasaron con Hiroshima y Nagasaki y cuyo máximo monumento es un cementerio de veteranos de guerra homenajeados con idéntica lápida blanca con varias coordenadas precisas: nombre, apellido, fecha de nacimiento y de muerte, alguna frase afectuosa de la familia y, a veces, la condecoración posmortem del finado, una pradera de silencio que es la única promesa cierta del culto a la victoria.