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Juan Barreto

Estrategia poscapitalista

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La revolución será posible en la medida en que sea el pueblo, sus clases trabajadoras, sus movimientos sociales, los protagonistas directos de las transformaciones en curso y no los espectadores pasivos o la “masa de maniobra” tratada como simple “rebaño electoral”.

Una “concepción bancaria” (Freire) de la revolución, de la educación popular, de la comunicación política, del partido político, nos lleva directamente a los bloqueos y fracasos de las experiencias de transición del socialismo real en el siglo XX.

Avanzar en reformas de corte socialdemócratas y desarrollistas, para crear condiciones de acumulación de fuerzas en los sectores populares, en el contexto de derechización de los centros imperiales, puede ser una condición necesaria para caracterizar un proceso como “progresista”, pero nunca para avanzar en una estrategia poscapitalista.

Ahora bien, una estrategia poscapitalista no consiste en decretar un guión de medidas calcadas de las experiencias de otras sociedades, bajo tiempos y circunstancias distintas, sobre todo si las mayorías populares quedan atadas a los desvaríos de dogmatismo y sectarismo, disfrazados de un vanguardismo esclarecido, como un lejano vagón de cola. Los tiempos jacobinos y blanquistas pueden verse en el espejo de sus derrotas históricas.

El jefe verdadero no es un hombre enamorado y celoso de una idea, sino aquel que une al amor de la idea, la facultad de poder determinar, en todo instante, cuál es la parte de la idea que puede hacerse realidad en cada nueva etapa. Y cómo colectivamente puede avanzar en la transformación de un mando otro, mandar obedeciendo zapatistamente. Robespierre no lo comprendió. Fue un mal jefe. Porque lo era, y no quiso reconocerlo, se convirtió en tirano y en asesino de la revolución (Dantón).

Hay claros antídotos para no repetir las historias, no cometer los mismos errores y no tenerle miedo al palpitar de las multitudes que reclaman mayor deliberación y participación protagónica en los asuntos públicos.

El poder constituyente de la idea de democracia social y participativa es justamente aquel que puede hacerse realidad en una nueva etapa, para construir una sociedad justa en el horizonte de la democracia socialista. No hay que aislar ni debilitar el proceso, pues eso es asesinar la revolución.

No se puede ser consistentemente antiimperialista ni anticapitalista utilizando la lengua afilada de ultraizquierda y unas manos de seda que hacen maniobras de derecha. Entre lo que se siente, se dice y se hace, debe haber mínimos de coherencia para generar una dosis prudente de credibilidad democrática y socialista. La salida no es vociferar consignas ni símbolos históricos, asociados a la izquierda revolucionaria latinoamericana, cuando en la práctica se combate por cuotas de poder, privilegios y manejo de recursos del Estado.

No hablemos de los retos pendientes de la transformación paradigmática para abordar radicalmente las cuestiones ecológicas y la crítica del eurocentrismo ramplón en nuestras políticas culturales, sobre todo, en nuestra visión de construcción de identidades y conciencia histórica. El porvenir es largo, sabemos que la revolución bolivariana, a través de su comandante supremo Chávez y hoy de la mano del camarada Maduro, bien ha sabido sortear el difícil camino de la construcción revolucionaria. El reto es permanente y el acecho imperialista será constante, por ello avanzamos siempre de la mano del pueblo, rectificando, reimpulsando y revisando los errores cometidos, para mejorar y proyectar a un futuro irreversible en el siglo de lo que marcará la historia del mundo, como la gran revolución bolivariana.

Calcar, copiar y mejorar ejemplos de avance social, científico, técnico, en materia de seguridad y defensa de las revoluciones del siglo XXI es un hecho deseable y loable. Pero no lo es una conducta de servilismo ideológico y autocensura ante la necesidad de construir un camino específico y particular de transformación socialista, profundizando una democracia participativa apenas incipiente pero que prefigura el horizonte de una democracia socialista por venir.