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Eduardo Semtei

Estilos y encuestas

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Hay un cierto nivel, casi siempre inevitable, de enfrentamiento agudo entre los adversarios políticos que se disputan un cargo público, conducta que se exacerba si se trata de la presidencia de una nación. Chávez fue virulento y agresivo en sus ataques. Majunches. Antipatriotas. Traidores. Burguesitos. Escuálidos. Epítetos que se destacan en su encendido verbo. No descansó jamás en su afán de recostarles apodos y adjetivos a sus adversarios. Frijolito. Pitiyanqui. Era incansable. Después de tantos años, digamos, casi nos acostumbramos, no que lo aceptamos o que lo celebramos, dije que nos acostumbramos.

Por allí andan tres o cuatro figurones tratando de copiarse de Chávez. Mimetizándose. Practicando frente al espejo. Pero no todas las cosas se heredan. Dinero y bienes, se heredan. Características físicas y hasta modales y movimientos, se heredan. Enfermedades y taras, se heredan. Pero hay por lo menos dos cosas que no pueden heredarse. El talento para el arte. La pintura de Picasso y la escritura de García Márquez, por ejemplo. Y los estilos políticos. Hubo tantos adecos empeñados en parecerse a Rómulo Betancourt como copeyanos imitando a Rafael Caldera. Todos fracasaron. Terminaron siendo calcas tristes y hasta risibles, títeres. Ninguno pudo. Así está sucediendo con los bacalaos de Chávez.

Desde el mismísimo candidato presidencial del oficialismo, quien dispara vulgaridades: mariconsones, jalabolas, hasta su jefe de campaña, de cuya garganta brotan incontenibles sapos y culebras, degradando el debate, pudriendo el lenguaje. Hundiendo la discusión a peleas cloacales de Rattus norvegicus. Todos correrán la misma suerte. Imitadores palurdos. Lo lamentable del hecho es que ellos escupen y la saliva le chorrea a toda Venezuela. A sus simples y honestas gentes. A sus vecinos. Sus jóvenes. Sus mujeres y ancianos.

Llevar la política hasta el terreno de lo indeseable es un reto de corta vida y largo daño. Los electores presos y atónitos de un estilo agresivo, virulento y procaz terminan de alguna manera influenciados por en enrarecido clima. Comienzan primero a imitar tímidamente lo que escuchan, leen y ven en todos los medios de comunicación. Luego, practican el uso de tales soflamas y expresiones en sus relaciones habituales, con amigos y familiares, hasta finalmente constreñirse fundamentalmente a un corto diccionario de vulgaridades e irrespetos.

La misión del dirigente político de servir de ejemplo y educar a su pueblo se ve trastocada, se torna en un aliciente para el perjuicio, el daño civilizatorio, el atraso cultural. Pingües beneficios que abrevan en la inmediatez, grandes males que se anidan en el corazón del pueblo.

Los tradicionales debates entre candidatos, tan de usanza desde el inicio de la televisión, por allá en 1940, hasta nuestros días con imágenes en 3D, son rechazados. CNN, la cadena de noticias más importante del globo terráqueo; Venevisión, el canal más visto en Venezuela, universidades, gremios, sindicatos, sacerdotes. Todos piden debate abierto, culto. En economía, en seguridad, en reconciliación. Todos reciben desprecios. Indiferencia. Agresividad.

No importa quién gane una contienda en tales condiciones. Todos salimos perdiendo. Nadie aprende. La moral sufre. La educación es atropellada. Ya no hay tiempo de mejorar. Demasiado tarde para lograr un armisticio verbal. El mal se va consumando paulatinamente. Vamos para década y media de deterioro lingüístico. Claro que se puede corregir con el tiempo. Claro que la decencia puede tomar las riendas del debate nuevamente. Ese largo proceso de recuperación de la economía, la democracia y la decencia comenzará pronto.