• Caracas (Venezuela)

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Juan Carlos Gardié

Estafa rojita

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(El pacto de la Habana)

Mientras degustaba un guayoyo en el cafetín del gran teatro, uno de los jóvenes mesoneros discutía con un cliente, esgrimiendo su condición de contralor social :

—Yo sí, mi pana, yo sí! Cuando veo par de escuálidos sospechosos  hablando bajito y pidiendo croassant con queso crema y mermelada, paro la oreja porque seguro son desestabilizadores. Después informo al consejo comunal, al representante de la UBCH y a mi director de la Academia.

—¿Por qué a tanta gente?— respondió el cliente.

—No mi pana, no es mucha gente. Como vivo en  El Valle, todo eso es con Nico. En él se centraliza la información en primera instancia y personalmente le informa al Papá lo que tú y yo hablamos— contestó el ingenuo joven convertido en delator lleva y trae de diálogos de cafetín.

Terminé mi café y tomé asiento en el teatro. Poca gente al principio, pero en menos de lo que canta un gallo, aquella amplia sala se atiborró de personalidades de la política nacional. ¡Exitosa convocatoria!  La presentación del libro Del Pacto de Punto Fijo al Pacto de La Habana, coordinado por Curiel y escrito por un notable grupo de expertos como el brillante Omar Vásquez, fue la excusa, pero la esencia fue el deseo de compartir y debatir sobre la historia reciente de Venezuela, estableciendo comparaciones claras y verificables entre la patria civil democrática y este luto rojo que aún se vanagloria de tres lustros. ¡Le damos una paliza al chavismo en todas las áreas del quehacer productivo nacional! Los números son escalofriantes: miles de miles de millones de dólares han desaparecido sin el más mínimo control auditable. El plan Marshal salió a relucir más de una vez como referencia y casi lloro. Definitivamente nos quieren pobres para poder sostenerse en el poder. Lo dijo Giordani y un ministro aseveró que no es conveniente promocionarnos hacia la clase media porque nos convertiríamos en escuálidos. El  fallecido comandante cumplió años y la gran obra que mostraron fue el desalojo de un edificio que ellos mismos invadieron (Referencia de Antonio Ledezma, quien también atinó al llamar a este lapso de 15 años como “una gran estafa”). Las anécdotas de Américo Martín pusieron un toque de buen sainete escrito con el valor de quienes vencieron las vulgares afrentas colonizadoras cubanas en El Bachiller y Machurucuto. Eduardo Fernández bromeó inteligentemente y Tejera París mostró su rostro hacia el futuro, dando lecciones con cada gesto. La historia se escruta en este libro con olor a grandeza de pueblo amable desde siempre y luchador para siempre. La duda es el opuesto de la fe y la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que aún no se ve. La bendición viene en camino y nos toca arrebatarla de las manos de los estafadores que quieren hacernos creer que Dios está en Cuba. Necesitamos fe, voluntad política y generosidad entre nosotros. Nuestra constitución actual abre espacios. Presionemos con creatividad e inteligencia. Este libro es un ejemplo de resistencia indestructible.

El bautizo del libro se realizó con agua mineral, lo cual es un lujo, ya que es más difícil de encontrar que el vino de Champaigne. La señora que estaba detrás de mí con el celular activo y fastidiando, inició la retirada de algunas pelo pinta´o y con moño. Caminaba poco a poco por temor a enredarse con una de sus extensas arrugas, creo. Nada ni nadie es perfecto, pero esa dama se vería más joven si soltara el celular apagado o en silencio en la cartera durante eventos como este, propiciando miradas más amables y comentarios menos ácidos que el que acabo de hacer. Todos debemos aprender de ella como mal ejemplo, sobre todo en un teatro.

Al terminar el acto, volví por otro guayoyito en el cafetín y los parlanchines del principio de este relato, aún conversaban. El mesonero casi gritaba:

—No es deuda. ¡Es financiamiento!—

—Mire, mi caballo, si yo le doy 1.000 para que compre desodorantes en barra y luego los venda obteniendo ganancias de cualquier tipo, le estoy financiando su negocio ¿sí o no?— dijo el cliente.

—Bueno…creo que…sí— contestó el mesonero.

—Independientemente de lo que hagas con esa plata…¿cuánto me debes?— respondió el hipotético prestamista.

— Mil. Te debo mil— Ripostó el prestatario imaginario.

—Entonces te digo dos cosas: desodorante en barra no vas a encontrar porque no hay, y en segundo lugar, anda y dile a tu jefe que estamos hipotecando el petróleo desmedidamente, y asegúrate de que se lo explique a su papá, para ver si deja de creer que los venezolanos somos idiotas y no sabemos que si  los chinos prestan…¡hay que pagar esa deuda!