• Caracas (Venezuela)

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S:D:B Alejandro Moreno

¿Y el Estado?

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Cuando en mis escritos y conferencias trato el tema de la violencia criminal en la Venezuela nuestra actual y trágica, las preguntas de los lectores y oyentes se repiten con insistencia y regularidad rutinarias. En estos días, una entrevistadora, periodista muy sagaz, se salió de esa monotonía y me espetó:

—Si usted fuera ministro del interior y justicia, ¿qué haría?

—Nada. No podría hacer nada –le respondí sin dudar. Ante su cara de sorpresa, abundé algo en esa afirmación. Así, le dije que nada podría hacer pues el problema de la violencia actual no es asunto de un ministerio o de uno u otro organismo de seguridad, sino un asunto de Estado. Inmediatamente, ripostó:

—¿Qué tendría que hacer el Estado?

Mi respuesta la sorprendió de nuevo, pero me pareció lo más realista que podía decir:

—Ante todo, existir.

Mi ya larga experiencia de vivir en barrio, me ha enseñado que el Estado se detiene, desde siempre, en la frontera, esto es, donde el barrio se distingue de la ciudad y se vuelve sobre sí mismo constituyéndose en estructura social y política autónoma. El Estado pretende invadirlo y envía sus emisarios que siempre han actuado y actúan como agentes partidistas pero no estatales o manda sus agentes represores pero no para imponer la ley sino para ejercer un simple y desnudo poder. Las otras manifestaciones del Estado como servicios de salud, educación y seguridad, o no existen o tienen una presencia débil, inestable y de pésima calidad. Un Estado pobre para pobres. Hoy hay que decirlo con la frase popular: “Eso era antes”, porque en la actualidad todo lo que hay de Estado no es sino retórica en el peor sentido de esta ilustre palabra. No hablo de retórica sólo en cuanto discurso, palabra, sino también en cuanto práctica. Toda práctica del Estado, desde la distribución de alimentos en los mercales hasta la asignación de recursos para proyectos no es otra cosa que retórica con una mínima base material, si acaso, para darle visos de realidad.

Lo grave de la situación actual es que esa ausencia de Estado ya no es una condición exclusiva del barrio. El Estado se esfumó en todo el país, en todos los ámbitos sociales, en toda la estructura política, en todos los rincones de la geografía. Hablo, por supuesto, del Estado como esa gran institución y conjunto coordinado de instituciones que la sociedad se da para que gerencie y promueva el bien común, la sana y productiva convivencia, de todos los habitantes de una nación, de todos los ciudadanos. Para decirlo con una palabra cara al extinto presiente: eso se pulverizó.

El Estado ha sido sustituido por clanes, mafias, bandas de poder puro y simple que actúan cada una por su cuenta, aisladas unas de otras y muchas veces enfrentadas a muerte. El Estado necesita el poder, del cual debe hacer el menor uso posible, para cumplir sus funciones de protección ciudadana y facilitación de la convivencia, pero otra cosa es concebirlo sólo y exclusivamente como poder. Mientras el poder fagocite al Estado, nada se podrá hacer ni se hará en el campo de la seguridad y en la lucha contra el crimen. El poder no gobierna ni protege, aplasta. Cuanto más se centralice el poder, menos Estado habrá; y la centralización del poder parece ser constitutivo de la revolución. Cito y traduzco a Gary North: “La esencia de la revolución es el poder centralizado. Engels lo supo bien pronto. No hay nada más centralizador que una revolución. Toda revolución histórica ha buscado la centralización del poder, incluyendo la revolución norteamericana”.

Para la lucha eficaz contra el delito, no para la sola represión, es necesaria la descentralización del poder. No está a la vista.