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Sócrates Ramírez

Escucharnos en La Habana

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Me fui a explorar pareceres y disidencias en el habla de la gente habanera. Es mi orgullosa burla al chavismo. Hoy La Habana es escenario de una madeja lenta de cambios tejida debajo de una superficie que luce rutinaria e inmóvil; primicias que el pueblo en general todavía no siente suyas.

Desde el aeropuerto se percibe ese clima de novedad y sordidez. El turista ya no es sometido a la larga cola para una revisión exhaustiva, aunque sigue estando a solas en una pequeña recámara de luz amarilla con un oficial de inmigración que aprecia toda su espalda a través de un espejo. Ahora sellan con orgullo el pasaporte, lo que antes no hacían para evitarle al viajero llevarse impresa la huella de su paso por Cuba.

El taxista de turno lo primero que pregunta es dónde me alojo, y al saber que la elección ha sido cualquier hotel, se crispa porque no he escogido una casa particular. Lo maravilloso de su sorpresa no es cómo objeta mi elección, sino la demostración de una conciencia popular de lo correcto: las divisas deben caer en manos privadas (cuentapropistas) y no en las de los Castro. Preciosa demostración de cómo una sociedad apresada durante décadas por el Estado, confundida in extremis con él, se va separando, se va distinguiendo, cree que debe crecer, y aquel debe reducirse.

Contrariamente, la calle demuestra que se trata de un proceso lento y tímido, pues todavía casi todo lo que se puede ver o tocar es propiedad del Estado, y por todos lados esa propiedad aparece ruin, miserable, hedionda. La pervivencia de ese sistema más allá de la ayuda brindada por la diseminación del terror, y de la puntual disposición de instrumentos de violencia frente a la propia población, ha sido gracias al recíproco beneficio que por tanto tiempo, incluso ahora, Estado y sociedad han encontrado en tal forma de poseer: “Aquí a nadie le importa cuánto gana como empleado. El trabajo sinceramente no tiene un valor, pero es la posibilidad de robarle al Estado para vender en bolsa negra. A un panadero no le interesa lo que le paguen, sino la harina que puede sacar para hacerse de unos pesos que le den de comer. El Estado nos ha hecho a todos ladrones. Ellos lo saben, nosotros también, y de algún modo así hemos sido felices”, me comenta Alberto, con quien compartí la mesa después de una larga cola para entrar en Coppelia.

Desconozco la experiencia de otros, pero desde la mía, siento que en La Habana el código de calle es la necesidad y la extorsión. A cada pocos metros siempre encontrará un lugareño amable que señale cualquier calle solitaria donde una cooperativa de trabajadores vende tabaco a mitad de precio. Al caminar de noche por el Malecón no será extraño ver grupos de jóvenes, tanto hombres como mujeres, haciendo señas sugerentes con sus ojos expresivos. Cualquiera, hasta el más inadvertido al encontrarse con un venezolano, sabe, aunque no entienda mucho el asunto, adónde mandarlo para que rayar la tarjeta.

Este negocio ha creado un entramado lenguaje de pocas palabras y muchos gestos a través del cual los interesados pactan comprar con tarjetas de crédito venezolanas un televisor, un frigorífico, una lavadora, o cajas de cerveza, lo que les permite ahorrarse el porcentaje que el venezolano paga por el favor, y a nuestro compatriota traerse los verdes en efectivo que aquel habría abonado. La larga transacción termina cuando es aprobada por el post de venta en las tiendas del Estado, único –además de los hoteles– que posee tal tecnología en la isla. Los venezolanos llegan a montones, todos saben cómo reconocerlos y adónde mandarlos, pero en la calle no se ven.

No será extraña la aprehensión de la gente cuando a pesar de los giros de este relato y de nuestra propia crisis confieso mi estima por Cuba, mi gusto por La Habana. Ni yo mismo estoy seguro de su origen, tal vez tenga lugar en mi acto de mirarla como un museo. Aunque creo que hay algo más. Paradójicamente, no se trata solo del modo en que retrata un pasado, de lo viejo que puede brindarme, de su historia, sino del futuro, aunque todavía no llegue. Me siento en el Malecón a mirar en los retazos de una belleza destruida todo lo que simbólicamente fue, pero también me detengo a respirar la brisa de lo que viene sin saber qué es, porque gravita en el aire que ahí todo puede comenzar de nuevo.

@RamirezHoffman