• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

Escuchar desde los ojos

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¿Cuándo fue la primera vez que miramos con particular atención el bolso de la compra de la señora con la que nos cruzamos en la calle? Lo pregunto porque se ha hecho irresistible mirar las bolsas del mercado que con paciente sacrificio llevan por la calle las amas de casa. Una experiencia que empezamos a conocer y a practicar a partir del momento en que la pesadilla del socialismo militar se abalanzó sobre el país. Hoy no vemos a las personas, sino que miramos las bolsas del mercado porque en el breve instante en el que tarda la señora en pasar junto a nosotros o por la acera de enfrente detallamos su compra y nos enteramos de que en el abasto cercano hay, o no hay, azúcar, aceite y papel (no de periódico porque el régimen se niega a suministrarlo) sino del que sabemos. Esta mirada ofrece características extremas: ante todo, es una mirada zahorí, como la de mi mujer, Belén, que no deja escapar ningún detalle.

En relación con esta clase de mirada hay antecedentes de prestigio. Sor Juana Inés de la Cruz, cuatro años antes de morir en 1695, víctima de una epidemia, escribió: “Óyeme con los ojos, ya que están tan distantes de los oídos”, y Francisco de Quevedo escribió: “Escucho con mis ojos a los muertos”. En 2009, el esclarecido poeta ecuatoriano Ulises Estrella (Quito, 1939), fundador en los años sesenta del contestatario grupo literario Tzantza (la cabeza enemiga reducida por los antiguos guerreros del oriente ecuatoriano), publicó El Ojo escucha un poemario que se suma a obras suyas emblemáticas tales como Ombligo del mundo, Aguja que rompe el tiempo, Cuando el sol se mira de frente y Memoria incandescente.

En El Ojo escucha (2009) Ulises se refiere a los “Multiojos” figuras en piedra de la cultura Valdivia (4000-1500 AC) que son “abstracciones geométricas de las que se desprenden conjunciones filosóficas de mirar, escuchar y pensar como ejercicio cotidiano”. “Pupila insomne, escribe Ulises: mi ojo escucha/ mientras pasan la horas,/ bebo la noche sin poesía/ hasta que el alba/ sepulta en el aire/ la muerte/ que parecía quedarse”.

Es lo que hacemos ahora los venezolanos: nuestros ojos, al mirar atentamente los bolsos de la compras ajenas, escuchan y reciben informaciones sobre el desabastecimiento y la penuria socio-política que nos han convertido en náufragos del desconsuelo; escuchamos la angustia y el gemido de las ilusiones rotas cada vez que salimos a buscar los alimentos básicos y regresamos desencantados y abatidos por el cansancio; cargando a cuestas la despiadada amenaza de una muerte violenta a manos de algún imbécil marginal o de un obtuso pero enardecido guardia nacional; sufrimos el desorden del gobierno y las desvergüenzas de la cúpula militar. ¡Y vemos las bolsas! Las miramos con atención y al detectar en ellas artículos que hemos buscado durante meses, sentimos el impulso de asaltar a la mujer, arrebatarle la compra y huir por alguna quebrada como cualquier vulgar delincuente del cine nacional. Pero hacemos lo contrario: detenemos a la señora o nos acercamos a ella para preguntarle dónde y cómo obtuvo semejantes tesoros y la mujer, aterrorizada, creyéndonos vulgares matones de barrio nos mira con ojos que no oyen sino que simplemente miran con espanto porque ha oído decir que los delincuentes practican una nueva modalidad de ataque que consiste en bajarles rápidamente los pantalones para obligarlas a soltar las bolsas; lo que aprovechan para huir con el botín.

Habrá que sumar al chavismo esta novedosa experiencia de mirar, escuchar y pensar como ejercicio cotidiano, pero no porque Juana Inés de la Cruz escuche desde nuestros ojos o porque los portentosos multiojos todavía nos oyen desde la cultura Valdivia, sino porque vemos con la mirada del bochorno las prosaicas bolsas que las amas llevan a sus casas después de peregrinar por los mercados mientras van murmurando por la calle los nombres de las madres de los gobernantes y altos funcionarios del régimen militar.