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Alexis Correia

Escape pero no tanto

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Venezuela se nos ha hecho un país extraño. El pasado jueves, los caraqueños que transitábamos por Los Ruices presenciamos episodios de enfrentamientos entre civiles que materializaron pesadillas a las que hemos temido todos estos años. En la noche, algunos llegamos a salvo a casa e intentamos concentrarnos en telenovelas. Quizás lucirá como un escapismo intolerable.
Pero sostengo que la telenovela es un patrimonio cultural nacional y celebro que, hostigada como tantas otras cosas por una ideología de falsos santones, esté de nuevo en las pantallas a las 9:00 pm. Sobre todo si uno lo compara con Mi amigo Chávez, el documental encadenado que no dejó otra opción el miércoles.
Aunque parezca asombroso, tanto en Corazón esmeralda (el estreno de Venevisión) como en La virgen de la calle (el de Televen) documenté escenas de protestas. En la primera, incluso, una “situación irregular” de motorizados que intimidaron a la heroína ecológica. En la segunda, dentro de la liviandad propia de una telenovela, se tocan las presiones del poder sobre la libertad de expresión, las mafias inmobiliarias o la impunidad. “El gobierno actual es igualito de corrupto”, aseguró Rogelio, empresario encompinchado con políticos que interpreta un solvente Miguel de León en una ciudad que se parece a Caracas. También hay un inconsciente llamado Nicolás. Al menos algo de realidad se filtra por ósmosis.
A ambas producciones dedicaré luego un seguimiento más profundo. Adelanto que, al menos en sus primeros capítulos, Corazón esmeralda empieza con una pata coja: Irene Esser. No digo que todo esté perdido de antemano. La Miss Venezuela 2011 tiene una boca hermosa y cierto fuego interno quizás aprovechable. Pero su visible inexperiencia se suma a un personaje ingenuo, una especie de tirapiedras verde, en una combinación peligrosa. Dejó escenas antológicamente patéticas, como aquellas en las que habla sola o en la que cayó por un barranco y gritó un pocotón de sandeces.
La dirección general de José Luis Zuleta es ambiciosa. Pero en secuencias técnicamente complicadas, como aquellas en las que participan todas las exmujeres de César Augusto “Matatierra” Salvatierra (Jean Carlo Simancas) y sus cuatro hijos, no se escucharon bien todos los diálogos. Mimí Lazo (la “madame” Federica Pérez) está sobreactuada, aunque ella seguro rebatirá: “Yo soy así y triunfo” (sí, ¿pero siempre?). De los más convincentes: Daniel Martínez, Sheryl Rubio, Beatriz Vázquez, Dora Mazzone, Alejandro Mata y Luis Gerónimo Abreu. Es significativo que Sindy Lazo, ya con cierta trayectoria, haya aceptado un papel menor de doméstica. Quizás tiene que ver con un injusto estereotipo físico que la afecta.
La virgen de la calle es un producto de factura más profesional, aunque quizás también más distante (es un caso de “telenovela de venezolanos que hablan con acento raro”). Adaptación de Juana, la virgen (RCTV, 2002), tiene como protagonista a María Gabriela de Faría, una sucesora que no se empequeñece ante Daniela Alvarado, que no es decir poco. Al menos en ese aspecto, todo lo contrario a Corazón esmeralda: De Faría sí se ve capaz de llevar el peso de la historia sobre los hombros como adolescente con genio pero de hormonas dormidas. El galán, Mauricio Vega (el colombiano Juan Pablo Llano), se me ha hecho monotemático con su discurso del periodista como faro de verdad y justicia.
Aunque solo han pasado 11 años desde Juana, la virgen, hay temas que ya han envejecido un poco. El periodismo impreso, por ejemplo, ha sentido el impacto de las nuevas tecnologías, y en el caso de Venezuela, se ahoga por falta de papel.
En Twitter: @alexiscorreia