• Caracas (Venezuela)

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Félix Seijas

Es con los dos

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La “nueva” Asamblea Nacional cumplió dos meses en ejercicio. La oposición asumió la mayoría de las curules que la conforman gracias a un aplastante triunfo en las elecciones del 6 de diciembre. La diferencia entre haber alcanzado tal victoria y una mayoría discreta, se debe tanto al desgaste que ha sufrido la imagen del oficialismo en los últimos dos años, como al éxito de los factores agrupados en la MUD al posicionarse como la esperanza del cambio que en materia económica demandaba la gente.

Con la victoria, la expectativa creció y los ojos de todos los venezolanos se volcaron hacia el Parlamento. Entonces, la función dio inicio. Una nueva etapa de enfrentamientos entre el gobierno nacional y aquella oposición -que ahora ocupa un espacio de poder-, arrancó vigorosa. Por un lado, estos últimos lanzaron sus ataques y el oficialismo respondió. Por el otro, la oposición ha intentado legislar y el gobierno, a través del Tribunal Supremo de Justicia, se ha encargado de bloquear tales afanes. Mientras tanto, la población observa ansiosa. La espera le inquieta.

La forma como esta diatriba ha evolucionado ha hecho que se instale en la opinión pública una sensación de “parálisis” en lo que respecta al proceso que debe emprenderse para la solución de los problemas. Para la gente, esto no va para ningún lado.

¿Las consecuencias de tal situación? Un sector significativo, tanto de afectos al gobierno como de aquellos que se le oponen, está percibiendo que una parte importante del problema es la poca disposición de ambos bandos para sentarse y llegar a acuerdos en pro de la solución de la crisis que les afecta. Ellos interpretan que tal desavenencia ocurre por culpa de un egoísmo acentuado, propio de la clase política venezolana.

Por supuesto que, dependiendo del esquema de lealtades y creencias que reine en cada persona, las señales que cada bando proyecta con sus acciones se van interpretando de manera distinta. Unos pueden creer que el gobierno es la génesis de la debacle económica y que por lo tanto debe ser sustituido por otro que prometa eficiencia. Otros suponen que aquellos monstruos de armarios personificados en la oposición, en el imperio o en cualquier otro bicho raro, son reales y causantes de nuestra tragedia. Sin embargo, hoy encontramos que estas mismas personas comparten una angustia que les lleva a mirar por encima de tales opiniones, exigiendo que cada bando deponga sus armas y se abra a un encuentro en el que las codicias queden de lado en beneficio de lo colectivo. Esta sensación crece y se esparce entre la población, afectando la imagen de las fuerzas en pugna. El escepticismo con el que las personas ven las buenas intenciones que cada bando pregona, sirve de abono para el surgimiento de una tercera opción que impacte el balance de fuerzas en lo político y redibuje el panorama, tal como ocurrió en la década de los noventa.

Sería un grave error olvidar que, más allá del porcentaje de personas que desaprueban la gestión del presidente Nicolás Maduro, más allá del porcentaje que ya no lo quiere ver ocupando el cargo de primer mandatario, y más allá de la cantidad de personas que votaron por la MUD o por el Gran Polo Patriótico, existen 30 millones de seres humanos que gritan desesperados por recuperar la tranquilidad. Y hablo de desesperación porque, si bien los estudios desde hace ya un tiempo muestran la angustia de los venezolanos ante el deterioro de sus condiciones de vida, durante este año esos estudios revelan que tal sentimiento se ha exacerbado de manera notable.

Sabemos lo poco verosímil que resulta pensar en la oposición y en el gobierno sentados tomando decisiones consensuadas, bien sea en materia económica, o en cualquier otro tema de relevancia nacional. Podemos incluso sospechar que una de las partes juega a bloquear tal posibilidad, considerando que el conflicto representa la manera de prolongar su “vida” en el terreno político. De hecho, resulta lógico pensar que tales trabas sirven a los intereses del gobierno al brindarle tiempo en medio de la tempestad, y al debilitar la capacidad de la Unidad de generar seguridad en un electorado que necesita mantener de su lado.

Entonces, ¿cómo puede la oposición enfrentar los embates del gobierno sin ser percibidos como obtusos que, al igual que su adversario, solo persiguen una guerra fútil de carritos chocones? ¿Cómo lograr diferenciarse del rival y evitar ser asociados con los mismos atributos negativos que afectan al otro? ¿Cómo avanzar si en el imaginario del venezolano crece una demanda que se presenta imposible de materializar, como lo es el sentarse a conversar con quien está negado a hacerlo? Los retos que enfrenta la MUD son de envergadura. Quizás se encuentre en el momento más delicado de su existencia como organización.

Algo que ya advertíamos desde el momento en el que se conocieron los resultados del 6-D se está materializando: la semilla de la desconfianza está sembrada en un número importante de venezolanos, afectando de manera particular a la Unidad. Esta semilla no se puede dejar germinar.

La agenda que la oposición tiene por delante es complicadísima, y en ella el tema de las percepciones juega un papel vital en lo estratégico: la batalla en ese terreno puede moldear el desenlace final del conflicto.