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Karl Krispin

Eructos del lenguaje

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Vengo de regreso de Margarita por vía aérea. La línea sale puntualmente pero comete un error: al entrar pide a los pasajeros que se acomoden donde quieran y comienza la protesta porque la gente se ha condicionado pensando en su número de asiento. Un señor muy protestón decide interpretar el sentimiento de los asignados y comienza a gritarle a la aeromoza con una ametralladora de palabrotas. El público lo aplaude y entro yo en acción por la molestia que me causa el reconocimiento al orador de bellaquerías. “Sin groserías por favor”, le replico y acto seguido se da el lujo de ofrecerme públicamente una lección de etiqueta lingüística: “¿Quién dijo que coñazo es una grosería?”.

No soy ningún puritano en el habla teniendo en cuenta que la lengua es un organismo vivo que fija sus pautas y va cambiando día a día. Si fuese por los remilgados y conservadores, continuaríamos hablando no digo latín sino sánscrito o indoeuropeo. Pero cuando con la lengua se delinque y se ofende, es para que la sociedad se ponga a pensar en el tipo de comunicación que mantienen sus hablantes. Tengo una campaña por el hablar respetuoso: lo digo cada vez que puedo, especialmente a mis alumnos a quienes veo con estremecimiento que se traten de homosexuales y no sé si traducen el alcance de sus calificativos. Así como ignoran cuáles son las palabras groseras y no groseras. Una sociedad que se acostumbra al insulto no hace sino desprestigiarse aunque no lo sepa.

Más allá de pedir un mínimo de cortesía, entendamos que la palabrota, la vulgaridad, es una válvula de escape frente a una situación extraordinaria. Como bien lo decía Francisco Javier Pérez, presidente de la Academia Venezolana de la Lengua, en un foro al que una vez lo invité, cuando a alguien se le dice hijo de puta, hay que tener muy bien en cuenta que merezca el apelativo como cuestión fuera de lo común. Pero si a nuestra relación de todos los días vamos a nombrarnos con la vileza semántica que caracteriza enfermizamente al pueblo venezolano en todas sus clases sociales, tenemos un problema gravísimo de interacción.

Últimamente disfruto cuando tengo una conversación en que mi interlocutor habla con corrección y sin tacos (muchos creen increíblemente que la grosería es un instrumento de confianza). Me impresiona que aún sobrevivan los educados que no invocan la cloaca y el lodazal para sí mismos y los demás. Me quedo con la sensación de que nuestra lengua castellana sigue siendo una celebración.