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Sergio Dahbar

Epitafio para un ser diferente

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En estos días que ser diferente puede traducirse, por obra y gracia del fanatismo político, en un gesto de traición a la patria, quiero escribir un epitafio para honrar la memoria de una persona que –de muchas maneras– se sintió siempre distinto, otro, incómodo.

Acaba de morir a los 83 años, víctima de una enfermedad pulmonar que le quitó la respiración. Se llamaba Leonard Nimoy, pero la cultura popular lo recordará siempre como el señor Spock, el hombre mitad humano, mitad vulcano, de la serie de televisión de los años sesenta y setenta, Viaje a las Estrellas, que creó Gene Roddenberry.

Dos certezas marcaron la vida de Leonard Nimoy. La primera es que no podría apartarse jamás del personaje que ayudó a diseñar como una seña de identidad de su propia extrañeza.

La segunda le tuerce el cuello a la primera: fue uno de los pocos actores de Hollywood que pudo ser muchas otras cosas a pesar de las orejas puntiagudas que parecían condenarlo a un solo papel en su vida.

Judío, nacido en Boston, ciudad en extremo católica, siempre se sintió parte de un grupo minoritario que era observado. Para una persona con esas marcas, no era difícil convertirse en un marciano en una serie de ciencia ficción.

Nimoy definía a Spock como “una persona inusual, inteligente, aguda, con sentido del humor, útil en las crisis, que se adaptaba perfectamente a los seres humanos”.

Esas características se parecían a las del actor Leonard Nimoy. Antes de ser Spock, trabajó entre zombies, monstruos y comederos de cerebro, en películas serie B. Cuando ya no pudo quitarse a vulcano de encima, fue el William Bell de la serie Fringe, la voz de Sentinel Prime en Transformers (2011), y el sueño de Sheldon en The Big Band Theory.

Sus pasiones tampoco se parecían a las de un actor de serie B, que había interpretado a indios cherokees, mexicanos e italianos, casi todos torvos y desesperados.

Le interesaba el teatro de Jean Genet (produjo adaptaciones cinematográficas de este dramaturgo francés), pero también la fotografía. Escribió y publicó libros de poesía, editó cinco discos con composiciones e interpretaciones suyas. Y fue un director de cine taquillero.

Quizás una de sus facetas menos conocidas sea una de las que me resultan más sorprendentes: la fotografía. Hay dos libros de Nimoy, Shekhina (2002) y The Full Body Proyect (2005), que son absolutamente fascinantes.

Shekhina es una celebración de la feminidad judía. En 96 páginas, este personaje que parece observar a los humanos desde otro planeta, compone una serie erótica y sugerente con imágenes de mujeres que no están vestidas del todo y que sugieren una espiritualidad inquietante.

The Full Body Proyect es otra cosa, aunque la mujer se encuentra en el centro de su atención. Fotos en blanco y negro, de mujeres obesas desnudas. Nimoy explicó que la mujer americana promedio es más gorda que las modelos que venden ropa íntima.

Su carrera casi renacentista desafió todo convencionalismo, exhibió la potencia de su carácter independiente, mostró el arrojo de quien es capaz de incursionar en todas las artes con un espíritu libre y ciertamente auténtico.

El crítico Matt Zoller Seitz escribió este obituario: “Spock fue un Otelo de sangre verde que debe ser el doble de bueno que los oficiales de pura sangre humana para ganarse su respeto, que debe reprimir sus impulsos naturales a pesar de las permanentes provocaciones racistas y las dudas sobre su lealtad”.

Para mi infancia, Spock fue un personaje esencial: me ayudó a soportar la idea de que yo no pertenecía a este mundo. Pero a pesar de eso se podía tener una vida digna. Aunque uno no fuera el mejor de la clase, aunque las mujeres siempre miraran a otro, aunque la vida parecía siempre ser mejor en otra parte.