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El espíritu religioso

es unitivo y totalizador

(F. Sánchez Dragó).

 

Presentación

Por fin concluyo la lectura de la epístola de Fernando Sánchez Dragó titulada “Carta de Jesús al Papa”, que comencé tiempo ha y que dejé dormir en mi escritorio. La tardanza se debe al grueso del volumen, con su estilo barroco y su retórica ampulosa, pero también a mi propio regodeo en la escritura y a la simpatía demorada por el autor de “Gárgoris y Habidis”.

Aquel libro plural pergeñaba una historia mágica, mítica y simbólica de España; ahora este libro singular pergeña la mística religiosa de nuestro autor, filósofo y literato, cuyo lenguaje me ha detenido y enrollado en su maraña laberíntica.

 

Gnosis espiritual

Realmente el libro es una filípica contra el fundamentalismo del Papa Wojtyla, así como un alegato en favor de la “gnosis” como conocimiento espiritual frente al conocimiento positivo o positivista y al vulgar desconocimiento del vulgo. El “gnosticismo” se enfrenta aquí al agnosticismo, hasta el punto de presentarse nuestro escritor como un héroe “gnosticiero” por cuanto justiciero de dicho conocimiento. El cual es un conocimiento intuitivo y místico, espiritual, frente al clásico conocimiento racional, racionalista o racioide.

Sánchez Dragó ataca la verdad presuntamente absoluta propia de las revelaciones religiosas clásicas en nombre de la verdad liberadora propia de la iluminación religiosa del tipo oriental. La heterodoxia se yergue aquí frente a toda ortodoxia, una heterodoxia mística que critica todo dogmatismo y literalismo en nombre del simbolismo alegórico propio del lenguaje religioso.

Toda visión del más allá es una hipótesis y no una tesis, una visión esotérica o interior y no una visión exotérica o exterior. De aquí el carácter mistérico de toda auténtica religión, tan alejado de toda superstición popular.

 

Mística

La gnosis o conocimiento religioso es un conocimiento místico que se enfrenta tanto al conocimiento lógico como al conocimiento prelógico o mítico, tanto al conocimiento empírico como al conocimiento racional. El conocimiento gnóstico es propiamente “conciencia” de la esencia y no de la mera existencia, ya que en la conciencia la existencia se convierte en esencial, como aduce nuestro autor.

Ahora bien, podríamos distinguir dos tipos de gnósticos: el gnóstico creído cree saber lo que sabe, mientras que el gnóstico descreído sabe socráticamente que no sabe lo que sabe; ambos se enfrentan al agnóstico que no sabe escépticamente que sabe (algo). Sin duda Sánchez Dragó pertenecer al tipo de gnóstico descreído, ya que sabe que no sabe racionalmente, pero sí transracionalmente (intuitivamente).

La gnosis como intuición mística nos lleva a una primacía del espíritu sobre la razón. En el gnosticismo el espíritu es el interior del exterior, el interior del mundo y de las cosas, pero específicamente el interior del hombre cohabitado por la divinidad. El espíritu es pues el espíritu divino, no encarnado en el mundo al modo cristiano, sino encaramado a modo de luz radical: insuflada al mundo como aliento de vida o energía ígnea, como claridad infusa pero difusa y oscura, como ser transreal o metafísico, como transparencia o trasapariencia anunciada tras la realidad sensible y velada de Maya.

 

Idealismo

De esta guisa, el espiritualismo se convierte en un monismo, según el cual solo existe propiamente el espíritu y lo espiritual, e impropiamente todo lo demás. El espiritualismo resulta ser también un idealismo, puesto que el espíritu y lo espiritual gobiernan la realidad material y la trascienden. Cabe hablar entonces de “panenteísmo”, según el cual todas las cosas están transidas del espíritu divino a modo de esencia de la existencia. Con ello se pretende superar el dualismo clásico o tradicional del espíritu y de la materia, ya que la propia materia es energética y la energía es transmaterial.

Fernando Sánchez Dragó matiza lo que estamos diciendo, al señalar junguianamente que la materia y el espíritu son dos caras de una misma realidad compleja, aunque finalmente defina al espíritu con Ken Wilber como la esencia de la existencia material. Sin duda, el llamado orientalismo juega aquí un papel radical, frente a la visión materialista típicamente occidental. En la clave oriental se afirma la con-fusión de los contrarios bajo el predominio del espíritu, mientras que en la clave occidental se confirma la con-fusión de los contrarios bajo el predominio de la materia.

Nuestro autor se alinea espiritualmente con la crítica al materialismo y racionalismo occidental, así como contra su secularismo e igualitarismo democrático, inspirado ahora también por F. Nietzsche y su crítica de la “progredumbre” occidental.

 

El alma

Y bien, en esta disputa entre oriente y occidente, el espiritualismo y el materialismo, me gustaría introducir la mediación del “alma”, la cual se define como la relación o correlación de la materia y del espíritu. En efecto, el alma es espíritu encarnado y cuerpo espiritualizado, relación medial entre el absolutismo del espíritu puro y el relativismo de la materia impura, coimplicación de los contrarios contractos.

Frente a la identidad espiritualista o materialista de los contrarios, el alma introduce la articulación cuasi lingüística de los opuestos compuestos. Es cierto que en la psicología freudiana o junguiana parece reducirse el alma a mera psique, así como lo anímico a lo meramente psíquico; pero el alma no es psíquica sino psicoide, relación personal y transpersonal, materia espiritual y espíritu enmaterializado, junción o juntura, límite bifronte de la coimplicación.

El alma es así lo específicamente humano frente al espíritu divino y a la materia demónica. Por eso el hombre encarna la conciliación de las diferencias como microcosmos del macrocosmos. De aquí surge un humanismo anímico frente al deshumanismo desalmado, sea divino o animalesco, puramente trascendente o impuramente inmanente. Precisamente el alma es la conjunción de la inmanencia y la trascendencia, de la consciencia sensible y de la conciencia espiritual, del exterior y del interior.

Me gusta definir el alma con el viejo término estoico de “synaisthesis”, cuya traducción sería “afectividad” (urdimbre afectiva, en honor de Rof Carballo).

 

Mediación

Con ello me distancio tanto de la mística espiritual como de la mítica material, en nombre de cierto “animismo” mediador y remediador de contrarios. En el caso de Sánchez Dragó que comentamos, el espíritu comparece como el todo-uno, un todo-uno divino que acaba traduciéndose en el todo-nada (nirvana). De este modo el espíritu acaba en el nihilismo (vacío), mientras que el materialismo acaba en un entitativismo (cósico).

Pero entre la nada y el ente se sitúa simbólicamente el ser del alma, el cual se define heideggerianamente como nada-del-ente, así pues como “relación”. La cual es y no es, fluctúa entre el ente y la nada, casa sin cosificar los contrarios androgínicamente (un término caro al propio Sánchez Dragó).

El problema de nuestro autor estaría en que, como aduce él mismo, nunca ha sabido decir que no, lo cual le ha abierto tantas posibilidades que ha recaído en un sincretismo sin límites ni fronteras. Por eso se define como cristiano gnóstico, budista zen, hinduista de Shiva, sufí, taoísta, órfico dionisiano…

En todo caso, respeto su evolución espiritual contrarrevolucionaria, aunque su religación religiosa afirma un espíritu unitivo y totalizador que no tiene en suficiente cuenta crítica las diferencias. El suplemento del alma que aquí preconizo trata precisamente de articular los contrarios en su unidad y diferencia, tal y como es propio del lenguaje del ser reunir los seres distendidamente, unirlos diferente y deferentemente. Una operación anímica que está presente en el amor que cohabita el alma y que se expresa en el conocimiento afectivo, en su típico acercarse y distanciarse, en una aproximación distanciada.

 

Encarnación

Me gusta el carácter inquiridor de Sánchez Dragó frente a todo inquisidor, así como su independencia personal e intelectual. Me interesa su visión espiritual del mundo, aunque recaiga en cierto idealismo contrapesado por un fino sensualismo, un idealismo que va desde la Baghavad Gita y Parménides hasta Hegel o Scheler. Disiento de cierto tono heroico nietzscheano, así como de cierta versión patriarcal del yang masculino divino sobre el yin femenino y material o matricial.

Concuerdo con su visión de la muerte como rito de paso, renacimiento y seguro de vida o trasvida. Y celebro ciertos hallazgos literarios, como el del Apocrypum Josephi del Protoevangelio de Santiago el Menor, que narra el nacimiento de Cristo de este modo extático: “El aire estaba como atónito, y contemplé la bóveda del cielo inmóvil, con todas las aves quietas”.

Por lo demás, la historia del Cristo es otra historia. Nuestro autor realiza una interpretación gnóstica y mistérica del Cristo que olvida la “encarnación” como clave mediadora del propio cristianismo. La encarnación es el alma de Cristo y del cristianismo, la coafirmación de Jesús como el Cristo y del Cristo como Jesús: mediación del espíritu y la carne, encarnación del logos en el amor, coimplicidad de lo divino y lo humano en Jesucristo, relación de los opuestos compuestos.

Yo diría que S. Dragó pertenece al ámbito espiritual de los pneumáticos, mientras que yo mismo pertenezco al ámbito anímico de los psíquicos o más bien psicoides; en todo caso, ambos nos confrontamos al ámbito literalista de los hílicos, materiales o materialistas. En su columna de El País, Francisco Umbral me calificó en su día benévolamente, tras leer mi interpretación de la tauromaquia, cual “Mircea Eliade en gabardina”, o sea, informalmente. Tras leer la obra de Sánchez Dragó, yo vería en él a Raimon Panikkar en gabardina, es decir, informalmente.

 

Conclusión

Para Fernando Sánchez Dragó, siguiendo a en esto a Joseph Campbell, los dioses simbolizarían los auténticos héroes que personifican la ardua ascensión desde la materia al espíritu, a través de ritos de pasaje y ceremonias de iniciación. Todas las religiones serían mistéricas, por cuanto simbolizan el misterio de la vida y de la muerte, así como el enigma de la existencia y la dexistencia, en medio de una evolución repetitiva de arquetipos radicales, como afirma Jung y el Círculo Eranos.

Sin embargo, yo añadiría a todo ello que el simbolismo religioso no puede reducirse al dogmatismo literal, aunque tampoco diluirse en un espiritualismo deletéreo. El simbolismo en general y el religioso específicamente, no es material o literal ni espiritual o pneumático, sino material y espiritual a la vez, o sea, anímico por cuanto perteneciente al alma específicamente humana. Es el hombre como espíritu encarnado y cuerpo animado el que proyecta e introyecta el simbolismo del sentido en medio del mundo.

Sentido que no es literal ni espiritual, sino literal y espiritual, y más exactamente anímico o simbólico, humano y no suprahumano ni infrahumano. Humanismo radical: anarcohumanismo.

 

*Universidad de Deusto, España.