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Sergio Monsalve

Épica en esteroides

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El género épico toma por asalto la cartelera. La fórmula antes se denominaba "péplum", aludiendo a un cine histórico de gladiadores, togas y escenarios de cartón piedra.

Ben-Hur y Espartaco son referentes en dicho sentido. Allí un héroe mesiánico protagonizaba las acciones. Los guiones desarrollaban batallas de buenos contra malos.

El formato de la imagen se expandía a un límite panorámico para opacar el influjo de la pantalla chica. Corrían las primeras décadas de la posguerra. De fondo, predominaba un ánimo de revancha política, de búsqueda de consenso. Las escenografías y decorados se erigían en bastiones de la cultura kitsch. Las películas transpiraban el sudor, las lágrimas y las vísceras de la serie B, pero con mayor presupuesto. A la larga, el esquema logró imponerse durante décadas.

Verbigracia, La leyenda de Hércules y 300, el nacimiento de un imperio comparten espacio en la programación de los primeros meses del año 2014. Ambas exponen el estancamiento y la evolución de un modelo narrativo de la posmodernidad. Grosso modo, los cambios responden a cuestiones de estética y técnica.

La animación digital y los efectos especiales condicionan el desarrollo del discurso, al punto de restarle importancia. El relato cae presa de las garras del espectáculo circense en tres dimensiones. Los personajes subrayan estereotipos, así como las tramas persiguen derroteros previsibles, bajo el paraguas de un erotismo adocenado.

La violencia define la victoria, según el enfoque de una agenda bipolar. El libreto redunda en sentencias lapidarias y diálogos solemnes. Por supuesto, hay mucha musculatura, esteroides y machismo de por de medio.

La cámara lenta revive el estándar del lenguaje publicitario y camp, al estilo de la propaganda de Leni Riefenstahl <http://es.wikipedia.org/wiki/Leni_Riefenstahl>  para Olimpia. Ello tiende a naturalizar un paquete de ideas belicistas y xenofóbicas. Sin embargo, todo se equilibra con una buena dosis de ironía y humor negro.

No en balde, La leyenda de Hércules y 300, el nacimiento de un imperio parecen funcionar mejor como adaptaciones audiovisuales de un caudal de historietas gráficas, ajustadas a los intereses creativos de los productores. Por ende, resulta difícil encontrarles un ápice de personalidad a los respectivos encargos.

De hecho, los autores son filtrados por la dinámica replicante de la industria. La clonación indiscriminada de referentes clásicos hace palmaria la crisis del sistema de estudios. La depresión aniquila el chance de esgrimir conceptos originales, frescos. En consecuencia, rigen las leyes del populismo y la demagogia ante la falta de identidad.

Cabe extrañar la presencia de Zack Snyder en la conducción de 300, el nacimiento de un imperio. Noam Murro le sustituye con el acelerador puesto en la sala de edición. A propósito, el montaje vuelve a repetir el formato plástico de un juego de video.

Por su lado, Renny Harlin asume las riendas de  La leyenda de Hércules en su condición de artesano de la meca. Nos propone también un trabajo de rutina, aunque efectivo de cara a la taquilla.

En resumidas cuentas, la mitología ortodoxa recibe aquí un tratamiento conservador y reaccionario. Igual tendrá su público, ávido de distracción y escape. De cualquier manera, preferimos el camino de la parodia y la deconstrucción.