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Miguel Ángel Cardozo

Enseñanzas del Sistema y de su núcleo San Antonio

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Bajo el título “La música clásica y rock con estilo sinfónico retumbaron en Los Salias” (http://alcaldialossalias.blogspot.com/2014_07_28_archive.html), se reseñó de manera sucinta, en el blog de la Alcaldía del Municipio Los Salias del Estado Miranda, lo que sin duda fue una maravillosa experiencia protagonizada recientemente por niños y jóvenes miembros del Núcleo San Antonio del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela –mejor conocido como el Sistema–.

Pero una cosa es tener una vaga referencia del acontecimiento, por una nota de prensa, y otra muy diferente el haber experimentado una verdadera sinfonía de gratas sensaciones gracias al inconmensurable talento del futuro que es presente comprometido con el desarrollo de su municipio y de su país; el talento de cientos de venezolanos que hoy se abren a una vida que no puede ser contenida por invisibles ataduras.

Y sí, yo estuve allí, el mismo día de la conmemoración del natalicio del supremo e incomparable Simón Bolívar, el Libertador, el sin segundo, como bien recuerda el glorioso himno compuesto –con letra de Felipe Tejera– por la excelsa caraqueña Teresa Carreño.

Ese día, en el Teatro Municipal Los Salias, absorbí los armónicos y melódicos efluvios de instrumentos y voces empleados con maestría a lo largo de una jornada que solo puede ser descrita como mágica; una jornada que se inició de manera sublime con la participación de los niños del Programa de Iniciación Orquestal del Núcleo San Antonio, quienes –agrupados por instrumento– ejecutaron diversas canciones infantiles, abarcando un repertorio que culminó con la extraordinaria interpretación de “Estrellita” por el conjunto de violinistas del que –con emoción y orgullo lo digo– formó parte mi adorada Fabiola.

Tan magistral apertura auguró lo que en efecto fue un día en el que una privilegiada y embelesada audiencia disfrutó de una amplia selección de piezas instrumentales y corales de grandes maestros de la música universal, desde el inigualable Beethoven hasta los descollantes venezolanos Modesta Bor y Antonio Lauro, pasando por prolíficos compositores de mambo, de jazz y de rock.

En ese marco de diversidad –clara demostración de una sólida cultura musical–, no solo rutilaron los miembros –del Núcleo San Antonio– de las orquestas Sinfónica Infantil, de Rock Sinfónico, Big-Band Jazz y Latino Caribeña –esta última, bajo la batuta del maestro Alfredo Naranjo, a cargo del magnífico cierre–, sino que alternaron en la dirección –en un inestimable ejercicio de mutuo reconocimiento de méritos– tanto consagrados músicos como jóvenes promesas del propio Núcleo.

La ocasión también sirvió para reconocer el talento sanantoñero a propósito de la escogencia de la Orquesta Latino Caribeña de San Antonio de los Altos –@OrqAfrocaribena en Twitter– como representante de El Sistema en la campaña de la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados a favor de las víctimas de los conflictos armados y la persecución en todo el mundo.

Sin duda, otra muestra del alcance de una invaluable labor.

¿Qué aprender de El Sistema y de su Núcleo San Antonio?

De todo el trabajo –arduo y constante– que subyace tras los logros del Núcleo San Antonio y de El Sistema en general, pueden extraerse valiosas enseñanzas traducibles en propuestas para el desarrollo del país, lo que es posible dado que dicho trabajo se distingue, en mi opinión, por una continua innovación, una férrea –aunque amorosa– disciplina y el reconocimiento de los niños y jóvenes como promotores de su propio proceso de enseñanza-aprendizaje.

Esto último, por cierto, me recuerda el contraste entre los métodos de El Sistema y las desalentadoras experiencias de los que estudiamos música por otros de carácter “tradicional”, que obligaban a años de –necesario– aprendizaje de teoría y solfeo pero sin posibilidades de actividad práctica, ya que quienes enseñaban apegados a tales métodos consideraban como una suerte de tabú el solo contacto del estudiante con el anhelado instrumento –en mi caso, el piano–.

Para que aquellos que no están familiarizados con el tema puedan entender la magnitud de ese contraste, basta con decir que el mismo día que Fabiola inicio sus estudios de violín en el Núcleo San Antonio –el 15 de octubre de 2013–, le asignaron su instrumento y realizó en casa su primer ejercicio, que consistía en tocar las notas “mi”, “la”, “re” y “sol” –cuerdas al aire– en ritmos de negra y corchea.

Hoy –casi diez meses después–, ya domina el “agarre” del arco, la digitación con los cuatro dedos, los cambios de cuerdas y las ligaduras, toca de memoria diversas escalas y arpegios, e interpreta con facilidad una pieza completa en la mayor –y esto lo escribo con un nudo en la garganta por cuanto observo a diario la manera en que su rostro resplandece con cada progreso–.

Pero allí no termina el “milagro”, ya que ella –con apenas ocho años– se ha convertido en mi maestra de violín –y qué maestra–, al tiempo que con avidez extrae de mí los modestos conocimientos que adquirí en mis lejanos años de formación musical.

Como diría mi apreciado profesor de locución, Germán Luna Chacón, nos hemos convertido en socios de aprendizaje.

Y este relato –o, más bien, vivencia– ejemplifica lo que podría extenderse a otras áreas –particularmente a los ámbitos académico y científico–, que no es más, como ya he dicho, que un trabajo innovador, disciplinado y autopromovido; un “aprender construyendo” y “enseñar aprendiendo” –lo que con felicidad hacemos Fabiola y yo todos los días–.

La sugerencia –lejos de ser descabellada– es pertinente, dado que en nuestras universidades aún prevalece la “verticalidad” en el proceso de enseñanza-aprendizaje, puesta de relieve a través de las tan difundidas clases magistrales desde elevadas tarimas y de la soberbia de muchos docentes que, autoerigidos en depositarios de verdades absolutas, ven en sus estudiantes vacíos receptáculos a ser colmados con incontrovertible información, dando como resultado profesionales poco creativos y con escasa capacidad para cuestionar y criticar –justo el perfecto tipo de ciudadano para sostener regímenes totalitarios–.

Es pertinente también porque en el campo nacional de la investigación, desarrollo e innovación –o en lo que de este queda–, la situación es mucho peor, ya que se pretende impulsar (?) la labor de generación de conocimiento y de producción de novedades y mejoras ciñéndola a las pautas de “sabios” doctores que intentan imponer sus paradigmas –en el sentido kuhniano– como dogmas de obligatoria y universal aceptación.

Claro que no pretendo, con aire de suficiencia, pontificar al respecto, pero en ambos casos lo erróneo salta a la vista, del mismo modo en que son evidentes los aciertos del Sistema, cuyo impacto trasciende sus fronteras –como lo demuestra mi propia experiencia–, coadyuvando al logro de positivas transformaciones –principalmente actitudinales– en el seno de las familias y de las comunidades de sus miembros, tal y como podría –y debería– ocurrir en los entornos de profesionales y científicos si ellos desarrollaren las competencias necesarias para constituirse en efectivos agentes del cambio.

Esto tendría que ser razón suficiente para que, como sociedad, abandonemos el rol de pasivos espectadores de los triunfos de nuestros muchachos del Sistema y emprendamos la tarea de aproximarnos a su actividad, tanto para contribuir a ampliarla como para entenderla, a fin de que, nutridos de sus innovadoras prácticas, podamos idear estrategias que nos permitan mejorar la calidad profesional y científica en el país.

Por lo pronto, la exhortación es a que todos –sin importar ideologías o preferencias– actuemos como protectores del Sistema, en aras de que perdure por siempre incontaminado, recordando que por casi cuatro décadas ha sobrevivido a disímiles gobiernos y a circunstancias de diversa índole, sin desvirtuarse y sin cejar en su empeño de cumplir con su admirable misión.

Y precisamente por ello es que con humildad me inclino ante el genio de su creador y principal defensor, el maestro José Antonio Abreu.

 

@MiguelCardozoM