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Antonio Sánchez García

Encuentros y desencuentros

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A  Luis Ugalde, SJ

 

Obvia afirmar que comparto y aplaudo la valiente afirmación de Luis Ugalde, a quien aprecio y admiro, acerca de la imperiosa y vital necesidad que tenemos quienes amamos a Venezuela y deseamos lo mejor para ella y sus hijos – nuestros hijos - de salir de Nicolás Maduro y su infame gobierno cuanto antes. Ese cuanto antes afirma una urgencia paulina, visto que el imperativo de implantar el reino de Dios sobre la tierra no puede ni debe ser postergado ad aeternum. La felicidad de los venezolanos es una categoría moral y una exigencia que no admite dilaciones. Construir la paz y la solidaridad y la concordia entre sus ciudadanos tan pronto como nos sea posible, sobre bases tan sólidas que imposibiliten recaídas futuras en la barbarie.

Es un imperativo como para ilustrar e iluminar a nuestras dirigencias, tentadas desde siempre a la improvisación, el inmediatismo, la incuria. Y a la peor de todas sus perversiones: la pusilanimidad ante las adversidades, el desvío ante el enfrentamiento contra nuestras taras y males. La fácil disposición a la connivencia, el acomodo, la transa, rehuir las grandes decisiones y postergarlas para más adelante, a ver si entre tanto se han resuelto por sí solas. Todo lo cual encuentra perfecta cohabitación con el electoralismo. Si fuera por dichos liderazgos, a esperar las elecciones de diciembre de 2015 y a las presidenciales de diciembre de 2019. Y a las que tengan lugar al llegar las calendas griegas. Alguna vez, en algún proceso electoral, ganarán los buenos y perderán los malos.

Pues ni hablamos de atajos ni de caprichos voluntaristas: hablamos, como lo hiciera Paulo en su Epístola a los Romanos, “del tiempo que resta”. Hablamos de urgencias. Sobreponiéndonos a las inmensas dificultades que entraña enfrentar  no a un régimen que reclama por una transición, como el de Franco tras su muerte o el de Pinochet, ya cumplidas las tareas de resolución de la crisis que lo invocaran. Hablamos de la necesidad de enfrentar “cuanto antes”, en “el tiempo que resta” a un régimen encaminado por su propia dialéctica a devastar a nuestro país, a nuestra sociedad, a nuestras costumbres, a la totalidad de nuestra forma de existencia: la democracia. Una diferencia capital, irreparable entre la transición del posfranquismo a la democracia de consensos, que encontrara en el rey Juan Carlos un factor dinámico insuperable y en los partidos a unos magníficos aliados, lúcidos y voluntariosos unidos tras la causa común; o de la superación de la dictadura pinochetista, que se había convertido al final de su mandato constitucional - alcanzado el grado de desarrollo que la misma dictadura había propiciado y favorecido mediante la modernización del Estado y todas sus estructuras concomitantes – en un estorbo para ese mismo desarrollo modernizador.

Tanto la España franquista como el Chile pinochetista sufrieron profundos cambios, que prepararon la infraestructura material y social para una forma de vida superior, estrictamente apegada a preceptos constitucionales. La democracia se hizo, en ambos regímenes, una necesidad insoslayable. Lo cual fue perfectamente comprendido por las élites, en ambos países. Razón por la cual coadyuvaron a la transición. Y, entre todos, la hicieron posible. Sin un factor aterrador y amenazante que dispusiera de todos los poderes y no mostrara la menor disposición a la capitulación. Pues de capitular, pierde el poder, pierde las riquezas, pierde el sostén que le brinda y le permite sobrevivir a la tiranía cubana. Una burusa…

La razón es de orden estructural: ni Franco ni Pinochet pretendieron lo que Lenin, Mao y Fidel Castro llevaron a la práctica y Chávez intentara hasta más allá de su muerte: la destrucción total de sus sistemas de convivencia sociopolítica para construir el comunismo. Muy por el contrario, Franco y Pinochet establecieron la dictadura comisarial para impedirlo. Una vez cumplido el propósito, perdieron toda vigencia histórica.

Nada, absolutamente nada que ver con un régimen como el chavista, ahora en manos de Nicolás Maduro, Cuba y la Fuerza Armada. Salir de ellos es un imperativo categórico  ineludible, pues su propósito es hacer tierra arrasada de nuestra forma de existencia, la democracia. Ni la muerte – Franco – ni la obsolecencia – Pinochet – juegan en su desfavor. Harán cuanto esté de su parte por imponer su régimen tiránico, así cada día que pasa le sea más adverso y su propósito más lejano.

Por ello, cuanto antes no significa sentarse a esperar por conversaciones como los pactos de la Moncloa o un Plebiscito como el que terminó por aventar a Pinochet. Nada más lejos de nuestra realidad real. Salir cuanto antes significa unir fuerzas para provocar un profundo cambio sociopolítico, alterar radicalmente la correlación de fuerzas, restablecer el ritmo avasallador de la Revolución de Febrero y adquirir una sumatoria de fuerzas críticas que impongan por los hechos lo que ningún diálogo de buena voluntad hará posible: el desalojo. Como lo ha vivido el país en una innoble y aviesa jugada del régimen, confabulado con los países dominados por el Foro de Sao Paulo, fiel aliado del castrocomunismo, el diálogo ha sido una traición a las aspiraciones populares por implantar en Venezuela un régimen democrático, próspero, legítimo, justo, solidario.

La realidad, lo sabemos desde Hegel, vive una permanente contradicción entre lo que es – das Sein – y lo que debe ser – das Sollen. Venezuela cabalga a lomos de esa contradicción. Soñar es aspirar a hacer realidad lo que la propia realidad reclama por su existencia. Ya existe como anhelo, como aspiración, como motivo de lucha.  Como memoria viva y actuante. Lo contrario, perseverar en lo que es y caer rendido a los pies de la omnipotencia de la maldad, es alimentar la pesadilla. Y entre un sueño y una pesadilla, la elección cae por su propio peso.

El diablo sabe que no le queda mucho tiempo. Se aparece en diversas formas, pretendiendo seducirnos con lo que es, para mantenernos atado al infierno. Dios nos insta a imponer su reino entre los hombres de buena voluntad hic et nunc, aquí y ahora. Es el tiempo mesiánico. “Cada tiempo es la hora mesiánica (totum illud tempus diem vel horam ese) y lo mesiánico no es el fin cronológico del tiempo – como nos lo contrabandearan Hegel y Marx ­–, sino el presente como exigencia de cumplimiento, como aquello que se pone “a modo de final” (licet non in eo tempore finis, in eo tamen titulo futurum est, Ticonio). Dios nos conmina desde la vida, muerte y resurrección de Jesucristo a ser felices hoy. No mañana. Es el tiempo mesiánico de nuestros apóstoles. Es el tiempo que resta.