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Armando Durán

¿Encerronas reformistas?

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Hace algunos meses, cuando en un solo clamor se mezclaban en las calles de Venezuela el estruendo de las protestas estudiantiles y la tesis de “la salida”, la oposición parecía a punto de dividirse entre quienes el gobierno y parte de la oposición aún acusan de ser amantes de la violencia, la guerra y la muerte, y quienes prefieren entenderse con el gobierno, al precio que sea. Es decir, entre quienes se cuidan mucho de no hacer olas que sirvan de pretexto para que el régimen altere sus planes electorales y recomiendan usar la espera para construir una mayoría electoral, y quienes tratan insensatamente de acelerar los tiempos del proceso para generar un cambio político lo antes posible.
Este dilema condujo al distanciamiento progresivo de la MUD desde que el 17 de abril del año pasado sus jefes ordenaron cancelar de inmediato la movilización ciudadana, precisamente convocada por su candidato, Henrique Capriles, con el fin legítimo de denunciar las irregularidades que contaminaron los resultados de la elección de Nicolás Madero como presidente de la República. De aquel traspié proceden los vientos de tormenta actuales: la renuncia de Ramón Guillermo Aveledo primero y ahora las llamadas “encerronas.” En este sentido, me parece útil el argumento que emplea Américo Martín en un artículo suyo publicado el jueves pasado en las páginas de opinión de este diario, para sostener que la MUD no corre peligro de dividirse (como si le ocurre al PSUV), porque la alianza opositora no es un partido único, sino “una coalición plural.”
Cierto. La MUD ha sido fuerte gracias a su pluralidad, pero por idéntico razonamiento, también es extremadamente débil. Ningún partido miembro de la alianza tiene suficiente fuerza para imponerle al grupo su voluntad y todos ellos ven obligados a tomar decisiones colectivas por consenso. O no hacer nada. Para no perturbar en lo más mínimo la razón central de la organización, que es participar en elecciones. Nada o muy poco más. El objetivo de los partidos políticos ha sido siempre la toma del poder y en definitiva (eso me lo advirtieron Henry Ramos Allup y Lewis Pérez hace más de 10 años), lo único que ellos saben hacer para lograrlo es trabajo electoral. Por eso, para la MUD, alianza de partidos, la única estrategia factible es la electoral. Así sea bajo las condiciones diseñadas por el régimen y con la administración de un árbitro que organiza y trabaja con ahínco militante en favor de Miraflores. Cualquier otra opción es desviar la atención opositora, caer en provocaciones, hacerle el juego al chavismo.
Sin embargo, existen otros caminos estratégicos, perfectamente justificados y constitucionales. Desde esta perspectiva podríamos afirmar que la MUD, en su situación actual, en primer lugar debe definir con claridad una nueva estrategia. Y como la MUD es en definitiva esa coalición común que dice Martín, su estrategia también debió ser desde el principio forzosamente plural.
Electoral, digo yo, y al mismo tiempo no electoral. Y si no saben moverse fuera de su ámbito más tradicional, que aprendan la audaz lección que nos dictó Hugo Chávez a lo largo de tantos años: lo sabio es jugar en varios tableros simultáneamente. Si en cambio persiste en el error de cambiar algunos aspectos de su organización y funcionamiento para que no se modifique lo importante, mejor será que sus dirigentes apaguen la luz y se vayan con la música de sus lugares comunes a otra parte. Como todos sabemos, lo verdaderamente prudente es confiar en el viejo dicho popular: a Dios rogando y con el mazo dando.