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Eduardo Escobar

Elogio de Francis Thompson

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Hay algunos poetas opacos que dejan la impresión de venir de echar un sueño bajo un puente, y por sus fotografías, casi siempre escasas, parece obvio que acaban de levantarse de un andén, aunque no sea cierto, aunque vengan de una corte de reinas enanas y libidinosas que los miman.

Estos poetas no suelen figurar en las antologías oficiales prologadas por un ministro semidormido en un hotel de cinco estrellas después de una fiesta con putas y banqueros. Y de ellos no se habla en los congresos de escribidores. Ni se mencionan en los simposios de los críticos. Pues qué vale un poeta opaco en la feria de los brillantes oportunismos. Cuando todos los poetas temen tanto decir algo que disuene en el coro de los abanderados de la corrección política.

Francis Thompson fue un poeta inglés que jamás sirvió para mucha cosa, aunque fue sacerdote y cirujano ocasional y aspiró a ser soldado, fuera de añorar el cielo y de aplaudir por igual al Dios invisible y al Dios tangible. Y cómo podía ser reconocido un poeta que hace la alabanza de Dios en un mundo donde el diablo puede afirmar con aire triunfo, como en una película que vi hace poco: el siglo veinte fue todo mío.

Thompson nació en una familia católica conversa un 18 de diciembre. Y comenzó medicina por complacer a sus padres. Pero abandonó sus estudios y marchó a Londres. Y luego de emplearse en un montón de oficios pequeños y honorables, como vendedor de periódicos, por ejemplo, conoció el opio, y la goma de las insidiosas amapolas que tantos maldijeron después de haberlas catado esclavizó su alma. Así sucede en ocasiones. Conocí muchos que fueron triturados por sus mejores sueños. Ilusionados por un mundo mejor que este.

Thompson escribió un bello poema sobre Jesucristo. Un clamor que habla del lebrel del cielo. Y murió casi desconocido antes de cumplir 40 años, según dicen algunos. Otros creen que estaba a punto de cumplir 48. Pero la diferencia de poco en uno que albergaba la sospecha de que era inmortal.

Una frase suya se hizo famosa. La que dice que todo está unido por un hilo secreto. Y que cuando cortan una flor se trastorna una estrella. La idea la retomó García Lorca en su poema de Nueva York. Y el que echó el cuento de que el aleteo de una mariposa en un jardín de Lima puede provocar un tsunami en Papúa. Y sin embargo Thompson no suele aparecer en las antologías de la poesía inglesa.

Algunos poetas incomprendidos prolongan la incomprensión más allá de la muerte. Y viven una inmortalidad parecida al olvido. Hasta que alguien como yo ahora, un día remoto por Semana Santa, concede a la posteridad el privilegio de recordarlos. En la cultura como en la vida personal los olvidos forman parte del bagaje de lo reprimido, que, sin embargo, sigue influyendo en la conciencia y el destino, a la espera del día cuando corten esa flor de cuyo sacrificio surgirá su mensaje, titilación de un cielo intranquilo pero mudo hasta entonces.

Dicen que Thompson pudo ser Jack el Destripador. No es imposible. Si fue sacerdote, cirujano y soldado. Y si escribió ese poema, el último en su vida, citado por J. G. Bennett en su libro Profundidad del hombre, donde ve a Jesucristo caminando sobre las aguas del Támesis y la escala de Jacob en Charing Cross y dice que los ángeles están siempre golpeando nuestros postigos. Dale la vuelta a cualquier piedra y comenzarán a volar. Escribió. De acuerdo con Bennett, para quien el único problema real es acceder a un mundo donde las cosas se nos revelen como son y por fin nos pertenezcan.