• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Hostigamiento

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No imagino cuál pudo ser la dimensión y contenido del estante de libros de un teniente expulsado de las filas del Ejército que vivía en un apartamento asediado por el ruido, los malos olores y vecinos problemáticos que desobedecían sus órdenes y despreciaban sus altanerías. Petare no ha dejado de ser un barrio de cuidado y de horarios restringidos, pero el oficial sí ha mejorado su entorno y presenta un abundoso superávit entre los ingresos y los egresos que lo ha liberado de llegar alcanzado al quince y también al último.

Lo identificaron como el operador económico de la revolución y ahora, sin pruebas ni demostraciones, lo incluyen entre los hombres más ricos del planeta, con inversiones en Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Bielorrusia, Irán, la Zona Franca de Paraguaná y una envasadora de atún, además de otras menos sanctas. Muchos hablan de una mansión que dicen que habita en el Country Club de Caracas, otros calculan la cantidad de cemento y cabillas que ha utilizado para construir un muro superlativo para un búnker en la parte más cimera y exclusiva de Prados del Este. Son pocos, sin embargo, los que hablan de cuánto ha crecido su estante de libros o si ahora posee una biblioteca con los libros comprados por metros y empastados en cuero. Tampoco hablan de su cuenta en Amazon y la cantidad de textos que lleva para todos lados en su tableta electrónica o en el ultrabook de última generación que le maneja alguno de los cuatro asistentes y ocho guardaespaldas.

No se sabe a qué revistas extranjeras está suscrito ni si utiliza Soldier of Fortuna para mantenerse al día en los afanes del mundo castrense y si el orden cerrado no cuenta con su simpatía. También se desconocen sus lecturas preferidas; si alguna vez manoseó El general en su laberinto, si Cien años de soledad le hizo sonreír, compró a un buhonero El oráculo del guerrero o si el capítulo sobre el dinero que tanto reescribió Marx para El capital le ha sido útil en sus operaciones cotidianas o en los debates parlamentarios. Es un hombre de pocas palabras, de oraciones de construcción endeble y sin armonía, hosco y retrechero, prefiere mandar a callar y amenazar. Todos esperan que ahora, sin muro de contención, saque la pistola en cualquier momento y la ponga al lado de su copia del orden del día para imponer respeto o quién sabe qué.

En el barrio no lo recuerdan con cariño y nadie lo pone como ejemplo de solidaridad ni de buen vecino. Tampoco es fácil encontrar quien recomiende sus gallos, haya apostado en sus porfías o logrado enumerar todos sus prejuicios. Lo caracteriza, sí, está a la vista, la manera como observa la vestimenta de los demás y la arrogancia con que escucha las intervenciones de los otros, como si fuese el dueño de la piedra filosofal y no la quisiera compartir, quizás arrendar. Vendo ejemplar de Cómo ganar amigos e influir en los demás de Dale Carnegie.