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Leopoldo Martínez Nucete

El Eje Orinoco-Apure

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¿Se acuerdan del plan para el desarrollo del Eje Orinoco Apure? ¿Qué habrá pasado con eso? La realidad de esa región sigue siendo desoladora, a pesar de su potencial. ¿Por qué?

Lo primero que habría que decir es que la conceptualización de ese plan de desarrollo se hizo pensando en que todo gravitaba sobre los hombros del Estado y sin un inventario de lo posible; sin pensar en las ventajas comparativas, recursos y potencial concreto de la región y el interés de sus fuerzas vivas o el sector privado. Se pensó en ese plan sin mirar experiencias nacionales e internacionales exitosas en esto de crear enclaves de desarrollo regional para lograr la desconcentración territorial, combatir el dualismo socioeconómico, impulsar el desarrollo de zonas económicamente deprimidas, o construir mercados emergentes. Y no tenían que mirar muy lejos en el gobierno para encontrar referencias. En la propia Venezuela, durante las décadas de los 50 y 60, se puso la mirada en el desarrollo de Guayana. Fue un proyecto que trascendió lo político para convertirse en una propuesta nacional capaz de adquirir consenso y continuidad, convocando el mejor talento del país, capitaneado por hombres de la talla del general Rafael Alfonso Ravard y Leopoldo Sucre Figarella, en distintas épocas.

En el proyecto de desarrollo de Guayana se identificó una alternativa económica basada en la realidad geográfica de la región; y se construyó un mercado “aguas arriba” y “aguas abajo” de la explotación de esas riquezas naturales, que además de sustituir importaciones conquistó nuevos mercados de exportación para el país. Todo comenzó alrededor un proyecto concreto: la inversión para la electrificación de río Caroní (Edelca); y se dinamizó con un plan de fomento a la explotación e industrialización del hierro y la minería regional, también definidos como proyectos concretos con planes de negocio ambiciosos pero realizables (CVG y sus empresas). Alrededor de esa oportunidad se convocó al capital privado nacional y extranjero, se constituyeron empresas básicas bajo control del Estado, se nacionalizó la industria del hierro, pero también se promovieron proyectos privados o mixtos. Se incorporó y transfirió tecnología de punta al país, se lograron cuantiosas inversiones sostenidas a lo largo de décadas. La experiencia de Edelca y la CVG se basaba en las ventajas comparativas y competitivas de la región, no en una simple quimera. Al dinamismo de ese concurso entre lo público y lo privado se sumó la planificación urbana para Puerto Ordaz (en cuyo diseño participó el MIT), junto a un plan de inversión en infraestructura que incluyó nada menos que la construcción de la represa del Guri.

Lo delicado es que en los últimos 15 años no sólo se lanzó la idea, y gastaron recursos sin resultado alguno, en la propuesta para el desarrollo del eje Orinoco-Apure, sino que se ha venido deteriorando de forma muy lamentable la situación en Guayana. Las empresas básicas son inauditables y no se han aprovechado las oportunidades de inversión que los buenos precios de sus productos en el mercado internacional han ofrecido a esas industrias. Cuando este gobierno llegó al poder se requería acometer un plan de inversiones en las empresas de Guayana del orden de los 8 millardos de dólares. No se hicieron las inversiones y se ha hipotecado esas empresas con sus reservas mineras; y además, se expropiaron empresas privadas exitosas en la región, que ahora son parte del cementerio industrial del país. El deterioro de los servicios en Guayana es tan evidente que hasta recurrentes apagones padecen los guayaneses, ¡y eso en la tierra de Guri y el río Caroní!

Lo importante de esta reflexión es que nos oriente en un espíritu de rectificación para concebir proyectos realistas y realizables, donde la regla de oro es el concurso y cooperación entre lo público con lo privado. 

El desarrollo del Eje Orinoco-Apure pudo ser posible; y sin duda es necesario pensar en como reeditar experiencias exitosas de desarrollo regional. Y algo muy importante, debemos evitar que la mediocridad y la corrupción terminen por destruir lo que si fue un éxito de referencia para Venezuela y el mundo en Guayana.